Huawei, tercer fabricante mundial de «smartphones», abandera la transformación de la ciudad china de Shenzhen de pueblo de pescadores a capital tecnológica
20 nov 2025 . Actualizado a las 20:26 h.En 1977 Shenzhen era un pueblo de pescadores situado en la provincia de Cantón (al sur de China), junto a la bahía de Hong Kong. Tenía alrededor de 30.000 habitantes, aproximadamente el tamaño de Carballo o de Redondela. Cuatro décadas después se ha convertido en una megápolis en la que viven y trabajan más de 10,3 millones de personas, que posee la mayor densidad de población del país y cuya producción económica solo es superada por Pekín, Shanghái y la propia Cantón. ¿Qué ha pasado? En 1980 el Gobierno chino designó Shenzhen como la primera Zona Económica Especial (SEZ, por sus siglas en inglés), con el objetivo de competir con la vecina colonia británica. La fiscalidad ventajosa, junto al bajo precio del suelo y de la mano de obra, atrajo a numerosas empresas. Y las zanjas de arrozales se convirtieron en rascacielos.
Todo en Shenzhen es nuevo. El aeropuerto se inauguró en 1991, aunque hace cuatro años estrenó una nueva y futurista terminal proyectada por el arquitecto italiano Massimiliano Fuksas. El metro data del año 2004. Y este mismo año se acaba de terminar el edificio más elevado, el Ping An Finance Center, que con 599 metros es el cuarto más alto del mundo. La urbe tiene ya uno de los skylines más espectaculares del planeta, con decenas de torres de acero y cristal que albergan la sede de las pujantes compañías tecnológicas que han transformado Shenzhen en el Silicon Valley de Asia.
España, mercado clave
La punta de lanza de esta nueva economía es Huawei, una de esas empresas que fueron creadas al calor de la SEZ (fue fundada en 1987) y que ha pasado de producir centralitas telefónicas a ocupar el tercer puesto mundial en la venta de smartphones. En el primer semestre de este año la empresa creció un 36 % y distribuyó un total de 73 millones de terminales.
España es para la firma uno de sus mercados clave en Europa, como reconoce Pablo Wang, mánager de la marca en nuestro país: «Somos muy simples, sencillos, directos, venimos de una empresa de ingeniería. Hoy el foco está en los consumidores y la experiencia número uno es la calidad. Ese es el primer paso, a partir de ahí viene lo demás».
Calidad, innovación y diseño. «Huawei fue el primero [dentro del universo Android] en ofrecer cuerpo de metal en sus móviles -explica Wang-. O los colores, todo el mundo compraba un teléfono negro o blanco, y este tipo de cosas es importante».
Pero los cambios de hábitos de los consumidores no se producen del día a la noche. «Tenemos equipos que los predicen, si estamos preparados pueden liderar la próxima tendencia. Ahora es el momento del uso de la Inteligencia Artificial y estamos a la vanguardia», indica Li Changzhu, director global de Ventas de la multinacional china.
El campus de Huawei
El campus de Huawei, situado en el distrito de Longgang, en Shenzhen, ocupa una superficie de 2 kilómetros cuadrados y da trabajo a 35.000 personas. Rodeados por la exuberante vegetación tropical hay un rosario de edificios que albergan no solo la sede central de la compañía (un edificio discreto para una urbe en la que están catalogados más de 300 rascacielos), sino también las oficinas de los distintos departamentos y todo tipo de servicios.
En esta mini ciudad están las residencias para los jóvenes ingenieros que se desplazan desde toda China para trabajar en uno de los líderes tecnológicos mundiales, y que pueden alquilar un apartamento de 30 metros cuadrados por alrededor de 150 euros al mes. Tienen a su disposición dos clínicas, polideportivos, centros sociales, tiendas y restaurantes (algunos pertenecen a cadenas estadounidenses como KFC o Seven Eleven), paseos y hasta un lago artificial. Pero la joya de la corona son dos edificios separados que albergan, respectivamente, los laboratorios de redes de telecomunicaciones y de dispositivos móviles. Entrar en ellos exige numerosos permisos y pasar un control de seguridad que graba en vídeo en todo momento a los visitantes autorizados y les hace una foto cuando abandonan el centro. Ataviados con batas blancas o azules, guantes y tapones para los oídos (hay unos dispensadores similares a los de agua), los especialistas ponen a prueba los terminales y simulan todo tipo de condiciones a las que se pueden enfrentar los equipos electrónicos.
Una cámara somete a los smartphones a condiciones ambientales extremas de humedad y temperatura: de 50 bajo cero a 200 grados. En áreas específicas como el desierto hay mucha radiación solar y puede afectar a los móviles, que en zonas tropicales deben aguantar lluvias de 10 milímetros/minuto. Pasan un test de corrosión, otro de hielo y nieve, otro de estrés en operaciones que implican alto voltaje como la recarga, otro de golpes y vibraciones (incluidos terremotos). Los meten en tratamientos de nitrógeno líquido para enfriarlos rápidamente, ensayan qué pasa cuando se usan en regiones próximas al mar como Galicia y, en el caso de equipos que deben trabajar en inmersión, se aseguran que pueden operar con tifones de categoría 12.
En cada máquina hay un panel con las fotos del jefe de la unidad que la solicitó y el operario encargado de mantenerla, además de los nombres de todos los trabajadores autorizados a usarla. Pero Huawei no solo son teléfonos móviles, desarrolla soluciones tecnológicas para todos los sectores: seguridad, educación, transporte, reciclaje, salud, centros de datos, energía solar, exploración de yacimientos de gas y petróleo, Big Data financiero, servicios en la nube para el sector de la comunicación... Sin I+D, todo esto no sería posible.
El Laboratorio 2012 estudia nuevas formas de uso de terminales y tecnologías interactivas», señala Li Changzhu, que se atreve a dibujar un panorama a pocos años vista: «Podremos usar los auriculares o las gafas para hacer llamadas, las imágenes se proyectarán ante nuestros ojos y no necesitaremos pantallas. Quizá haya que buscar otro nombre a lo móviles: agregador de funciones, hub, interfaz…».
«Una batería de 4.000 mAh es una bomba pequeña y si no podemos garantizar la seguridad no las producimos»
Cada año, la velocidad del acceso a Internet aumenta dos veces y la capacidad de las baterías solo mejora un 20 %. Es el santo grial de la tecnología móvil, conseguir un sistema de alimentación de los dispositivos que sea rápido, limpio y que aumente exponencialmente el tiempo entre recarga y recarga. El último avance en esta materia es el cátodo con tratamiento de grafeno.
Cuando una batería se está descargando, los iones de litio se trasladan desde el ánodo, a través del electrólito, hasta el cátodo. Cuando la batería se recarga, el movimiento se produce a la inversa. La capacidad y la velocidad de carga dependen de la cantidad de átomos de litio que pueden ser almacenados en el ánodo, y de la rapidez con que pasan a este desde el cátodo. Los expertos han conseguido multiplicar por diez ambos procesos mediante la utilización de grafeno para recubrir el polo positivo de la batería. Pero esta tecnología está todavía en fase de desarrollo. «Colaboramos con muchos institutos de investigación y universidades, pero en el mundo no hay ninguna batería de este tipo con producción masiva», explica Li Changzhu.
Hay otro aspecto sensible, tras los problemas que el año pasado obligaron a retirar el Samsung Galaxy Note 7 del mercado. Los fabricantes de smartphones no se arriesgan a que se repita un episodio similar, como reconoce el ejecutivo de Huawei: «4.000 mAh [miliamperios/hora] es una bomba pequeña en caso de accidente y si no podemos garantizar la seguridad no las producimos».
Una última incógnita: ¿habrá suficiente litio para los móviles cuando los coches eléctricos se generalicen? Changzhu cree que «las baterías cada vez requerirán menos consumo. Y siempre hay otras tecnologías y recursos, como la energía fotovoltaica».