El peor camino posible


El Gobierno de Rajoy tenía tres caminos. El primero, quizás el más inteligente, habría sido ponerse de perfil y dejar que se repitiera el Sant Jordi de hace dos años. Desde primera hora de la mañana, cuando la Generalitat se vio obligada a reconocer que formalmente el referéndum iba a ser un fraude, sin censo, ni sobres ni ninguna garantía democrática, era la única solución honrosa. Habría abocado al frente secesionista a hacer el ridículo declarando una independencia que nadie se habría tomado en serio, como recoge la ley del Parlamento, o a destrozarse entre ellos. Anoche quedó claro que ni Junqueras ni Puigdemont ni mucho menos la CUP tienen la misma hoja de ruta. Por eso no proclamaron la victoria e que intentaron ganar tiempo, antes de activar el botón nuclear.

La segunda opción, más contundente, era culminar el impopular camino iniciado hace dos semanas: descabezar el Gobierno de la Generalitat, aplicar el artículo 155, tomar el control de los mossos y aguantar el chaparrón hasta que escampara.

Como no era difícil de pronosticar, el Gobierno de Rajoy ha optado por una tercera vía, mantener la política del avestruz hasta el último minuto del último día. Y cuando se ha constatado que los mossos eran los encargados de llevar el desayuno (quién lo podía imaginar), echar a los leones a la Policía y la Guardia Civil, y luego retirarlos, en una estrategia inexplicable. Es decir, pagar el precio de unas imágenes que han dado la vuelta al mundo, sin evitar con ello que por la noche se haya podido hacer la pantomima del recuento.

Parapetado detrás de la legalidad y la diplomacia internacional, el Gobierno ha tirado definitivamente la toalla en la batalla del relato. Solo así se explica que un proyecto construido sobre las mismas bases que han llevado al Reino Unido al Brexit se haya conseguido enmascarar detrás de la revolución de la sonrisa y la fiesta del pijama.

El independentismo catalán lleva años recibiendo regalos por parte de Madrid: la sentencia del Constitucional, la ausencia de réplica a los falsos argumentos económicos que han movido al independentismo a miles de catalanes que no lo eran hace cuatro años…

Ayer, Puigdemont y Junqueras recibieron dos regalos nuevos, que serán dinamita para la manipulación de las generaciones futuras: el primero, la ansiada foto de los policías cargando en colegios y centros de salud, y requisando urnas. Y el segundo, la imagen de guardias civiles corriendo delante de la gente, arrinconados por multitudes que los desbordaban, medio zarandeados por los mossos. Es decir, la constatación de que Cataluña ya casi se ha independizado y el Estado allí no pinta nada.

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