Los gestos más feos de Mónica Naranjo en «OT 2017»

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Después de la gala de este lunes, ya no hay ninguna duda: la pantera de Figueras es la mala malísima de esta edición

19 dic 2017 . Actualizado a las 14:27 h.

Ni sus opiniones, ni sus formas. Al público de OT 2017 no le gusta nada de nada el jurado de este año. Y eso que el arranque del concurso fue alentador: parecía que esta vez el formato había decidido prescindir en su tribunal de la figura del malvado, un papel destinado a ajustar tuercas que durante años desempeñó un sobreactuado Risto Mejide y que acabó por hartar a la audiencia. Cansada de los ninguneos y las faltas de respeto del publicista, recibió con entusiasmo el nuevo reparto, especialmente a Manuel Martos y a Mónica Naranjo; a Joe Pérez-Orive, demasiado parecido al del Chéster, con un poco más de recelo. Las primeras galas fueron conciliadoras; las palabras de los tres, reconfortantes, estimulantes. Y entonces, con el nivel cada vez más alto y la academia en caída libre demográfica, los jueces se avinagraron, obligados a tomar decisiones más complejas cada lunes

Los espectadores de OT 2017 intentaron comprenderlo, asumir la dinámica del concurso, asimilar que tarde o temprano sus favoritos acabarían abandonando el 24 horas. Hacer incluso el esfuerzo de ponerse en la incómoda posición de Naranjo, Martos y Pérez-Olive. Hasta que las constructivas valoraciones mutaron -considera la voz del pueblo- en argumentaciones básicas y planas, juicios construidos desde el favoritismo y, en ocasiones, incluso en faltas de respeto. No han sido pocas tampoco las ocasiones en las que los profesores de la academia han discrepado con contundencia de las evaluaciones del jurado, al que a menudo recriminan que solamente tenga en cuenta el momento de la actuación y no el trabajo realizado durante toda la semana. 

Y si Joe no acaba de ser santo de la devoción del público, hay un nombre al que las redes señalan claramente con el dedo firme: Mónica Naranjo. Si algo le reprocha la audiencia a la pantera de Figueras son sus gestos feos, sus faltas de respeto y el teatrillo que cada lunes monta en su particular estrado. Critica tanto el papel del claustro de profesores, como al público que acude al plató y, con sus insolentes consideraciones, también a la audiencia que se deja su tiempo y sus ganas en votar, en sentarse cada semana frente al televisor y, en definitiva, en darle de comer al comité de expertos.