Trump desconcierta a EE.UU. con una propuesta para controlar más las armas

Pide al Congreso medidas basadas en un plan que los republicanos tumbaron en el 2013


redacción / la voz

Donald Trump aprovechó un mitin de Carolina del Norte en el 2016 para realizar uno de los comentarios más incendiarios de su verborrea. Atacó a Hillary Clinton sugiriendo que los partidarios del derecho a llevar pistola podían frenar su entrada a la Casa Blanca. En aquel momento se podía permitir estos excesos. Contaba con las de ganar gracias al férreo apoyo de la entonces todopoderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA) y a sus seguidores, que aplaudían su sinceridad en un país donde hay más armas que habitantes. Pero ahora Trump tiene la soga al cuello. Por eso volvió a jugar al despiste el miércoles y dejó atónitos a republicanos y demócratas al pedir medidas más estrictas para tener acceso a las armas. Pocos creen que lleve a cabo las medidas que le propuso a varios legisladores bipartidistas, a pesar de que la presión social tras el tiroteo de Parkland, que dejó 17 muertos, gana cada día más fuerza.

Tras dos semanas entre las cuerdas, Trump utilizó este encuentro en la Casa Blanca como bombona de oxígeno. En un giro dentro de su ideario, pidió un mayor control de antecedentes para los compradores de armas y aumentar la edad legal para comprar rifles de 18 a 21 años. Además, el neoyorquino dejó caer que las autoridades encargadas de hacer cumplir la ley deberían tener el poder de decomisar armas de personas mentalmente enfermas o que puedan representar un peligro para la sociedad. Pero fue un poco más allá y también sugirió prohibir los dispositivos que permiten modificar un arma semiautomática para que dispare como una automática. Estas medidas parten de un proyecto presentado en el 2013 por el demócrata Joe Manchin III y el republicano Patrick J. Toomey que entonces fue tumbado por los conservadores y al que la NRA se opuso de plano.

Republicanos en contra

«El sentido de la reunión es terminar con la violencia armada, tenemos que actuar», dijo Trump al llegar al encuentro. No obstante, las sugerencias del neoyorquino generaron algo más que controversia. En la bancada republicana, el senador de Nebraska, Ben Sasse, puso en duda la capacidad del presidente para soportar la presión. «Los líderes fuertes no están automáticamente de acuerdo con lo último que se les dice», comentó en alusión a la cambiante postura de Trump, que hace escasos días propuso armar a los profesores con pistolas para evitar matanzas en institutos. Y que el mismo miércoles reconoció que es una idea que «nunca pasará a aprobación». Además, el magnate incurrió en constantes inexactitudes al hablar sobre el control de armas, como cuando puso de ejemplo Texas como modelo de estado que no había sufrido el problema de los tiroteos cuando, sin ir más lejos, hubo uno a finales de noviembre.

Esta fue la razón que llevó a la demócrata Amy Klobuchar, senadora de Minnesota, a presionar a Trump con que cumpla su palabra, afirmando que había dicho «hasta diez veces que quería ver un proyecto de ley universal de verificación de antecedentes»,

Otra baja en la Casa Blanca: dimite la directora de Comunicación

«El papel más importante de Hope es que conecta con Trump, le entiende totalmente». Releer esta frase casi dos años después de haber sido pronunciada por Paul Manafort cobra especial relevancia. En primer lugar porque salió de la boca del exjefe de campaña del actual presidente de Estados Unidos, uno de tantos miembros de la Administración Trump que está bajo la lupa de la Justicia. Y segundo, porque Hope Hicks, la hasta ayer directora de Comunicación de la Casa Blanca, e «hija adoptiva» del presidente, le ha abandonado a mejor suerte tras haber declarado por la trama rusa ante el fiscal especial, Robert Mueller.

Hicks, que el martes se sentó durante ocho horas ante el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, comunicó ayer su renuncia al cargo que ocupaba desde el pasado septiembre (aunque asesoraba al magnate desde que en el 2015 se planteó su carrera presidencial). La relaciones públicas, de 29 años, admitió el martes haber contado «mentiras piadosas» desde su puesto, pero negó haber engañado en nada relacionado con el Rusiagate. De hecho, aseguró, su marcha de la Casa Blanca se debe a que es «un buen momento para explorar oportunidades fuera».

El presidente se queda sin una de sus mayores aliadas en un momento en el que hasta sus más próximos asesores hacen bromas con tenerlo cerca. Fue el caso de John Kelly, que ayer dijo: «Dios me castigó al hacerme jefe de gabinete de la Casa Blanca». Kelly, que ha visto cómo su relación con Trump se debilitaba al decir que el presidente «no estaba completamente informado» cuando hizo algunas promesas durante su campaña, tampoco está ahora en su mejor momento con el yernísimo Jared Kushner, al que lleva meses intentando expulsar del ala oeste.

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