La tierra prometida se le escapa a Daniel Ortega

El canal entre el Pacífico y el Atlántico que iba a ser la panacea de Nicaragua se desvanece como un espejismo


managua / e. la voz

Iba a ser la obra más grande de la historia de la humanidad. Un corredor de 278 kilómetros que conectaría los océanos Atlántico y Pacífico a través de Nicaragua. Más de 40.000 millones de euros de presupuesto. Miles de empleos. «Tanto tiempo nuestro pueblo yendo por el desierto. Buscando la tierra prometida. ¡Y llegó el día! ¡Llegó la hora de alcanzar la tierra prometida!», proclamó exultante el comandante y presidente, Daniel Ortega, en el 2013, cuando presentó el proyecto del canal interoceánico nicaragüense.

El proyecto, tal y como fue anunciado, sería la panacea para todos los problemas de Nicaragua, el segundo país más pobre de América después de Haití. Duplicaría el PIB y sacaría de la miseria a 335.000 personas, el 7 % de la población. Pero, transcurridos casi cinco años del anuncio, el canal parece un espejismo. Las obras deberían haber comenzado, tras varios retrasos, en el primer semestre del año pasado. Pero hasta el momento solo se ha abierto una carretera.

«Ya casi no se habla en Nicaragua de ese megaproyecto. Lo único que supimos es que Hong Kong Nicaragua Canal Development Investment, la empresa fantasma creada para el manejo de la obra, cerró sus oficinas en Hong Kong a mediados del pasado abril. En Nicaragua las autoridades sostienen que se sigue trabajando en los «estudios» requeridos para dar inicio a las obras, pero muchos creemos que no tiene ningún futuro», comenta Carlos Pérez Zeledón, coordinador de la oenegé Propuesta Ciudadana.

El socio de Ortega para su gran apuesta es Wang Jing, un misterioso empresario chino, que aseguró poder reunir el dinero necesario para la obra. Pero las cosas no parecen ir bien para el multimillonario, conocido en su país como «el loco del canal». Sufrió un fuerte varapalo en octubre del 2015, cuando perdió el 85 % de su fortuna, según la agencia Bloomberg, y pasó de tener unos 8.500 millones de euros a poco más de 900 millones, debido al desplome de las acciones de su empresa de telecomunicaciones, Xinwei.

No parece, además, que cuente con el apoyo de su Gobierno para realizar el proyecto. Nicaragua reconoce oficialmente a Taiwán, lo que, según la lógica de Pekín de considerar la existencia de una sola China, impide a Managua mantener relaciones diplomáticas formales con el gigante asiático. El Gobierno chino, además, consiguió hace poco el reconocimiento de la vecina Panamá, que rompió una relación de décadas con Taiwán. Su flamante nuevo socio tiene su propio canal, en el que China invertiría, haciendo difícil el apoyo al proyecto nicaragüense.

No ha sido este el único megaproyecto de Ortega fracasado. «Entre otras muchas promesas podemos destacar la compra de un satélite a China, la construcción de puertos de aguas profundas en la costa Caribe, el establecimiento de una refinería de petróleo y, más recientemente, la instalación de un laboratorio de vacunas en conjunto con Rusia. Este último proyecto es el único que tuvo un impulso inicial que lo hacía creíble y factible, pero desde la inauguración de las instalaciones han transcurrido casi dos años sin que se produzca una sola vacuna», explica Pérez Zeledón.

Pese a su carácter fantasmal hasta el momento, la idea del canal cosechó la animadversión de parte de la población, en especial de las comunidades campesinas por donde iba a pasar y cuyos terrenos iban a ser expropiados. Miles protestaron contra la obra durante años y ahora se han unido a las manifestaciones masivas contra el Gobierno, que han dejado más de 50 muertos desde el 17 de abril. «La persistencia del Movimiento Campesino ha sido un ejemplo de lucha que los estudiantes y ciudadanos actualmente retoman y reconocen», apunta Pérez Zeledón. Por ahora, no hay atisbo ninguno de que el proyecto del megacanal pueda recuperarse a corto plazo.

El país se encomienda a la Iglesia

Al menos una decena de jóvenes encapuchados protegen la catedral de Managua, uno de los símbolos de las protestas que explotaron a mediados de abril. El clero abrió las puertas del templo para proteger a quienes querían refugiarse, y ha ido adquiriendo poco a poco un papel cada vez más relevante en la crisis.

«Por supuesto que la Iglesia como madre y maestra no tuvo más que abrir las puertas para dar protección a los jóvenes y estudiantes que estaban siendo agredidos por las fuerzas del orden, de la policía», comenta el padre Toñito Castro. Es uno de los sacerdotes que estos días ayuda a coordinar el equipo eclesial que supervisará el diálogo acordado entre el Gobierno y la oposición. Ambas partes han elegido a la Iglesia católica como mediadora.

El cardenal Leopoldo Brenes, que se sentará en la mesa de debate, tiene claro que el papel de la delegación de sacerdotes no va a ser meramente decorativo. «De los diez obispos que formamos la conferencia episcopal, cinco vamos a estar en el diálogo. Nosotros vamos a notar cuando nos estén manipulando. Ya hemos quedado en que, en un momento determinado, vamos a reunirnos entre nosotros para saber si hay voluntad o no de que las cosas puedan cambiar», apunta.

La Iglesia ha acordado dar un plazo de 30 días al Gobierno, desde el inicio del diálogo, para que muestre buena voluntad en la resolución del conflicto. En caso contrario, se levantarán de la mesa. La Conferencia Episcopal señaló, además, que el objetivo de los debates debe ser «revisar el sistema político de Nicaragua desde su raíz para lograr una verdadera democracia».

«El papel de la Iglesia para nosotros es muy importante. Si nos hubiéramos refugiado en otro lugar, habría llegado la policía y no tendríamos la ayuda que tenemos aquí. Si se les ocurre entrar a este lugar, vamos a tener el apoyo no solo de Nicaragua, sino de todo el mundo», apunta una de las estudiantes que estas semanas estuvo atendiendo heridos en la catedral. El Gobierno dijo el jueves que las conversaciones se abrirían cuando la Iglesia considerase oportuno, pero el diálogo se producirá en un clima de profunda desconfianza.

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