Soraya Sáenz de Santamaría, la joven resolutiva que acabó controlando los secretos

Algunas voces la acusan de estar detrás de la salida de los continuos casos de corrupción para descabalgar a posibles competidores internos


Madrid / La Voz

La carrera política de Soraya Sáenz de Santamaría (Valladolid, 1971) guarda una estrecha relación con Galicia. La reclutó Paco Villar, un gallego nacido en Madrid y que durante años y hasta su fallecimiento fue uno de los más grandes colaboradores de otro gallego: Mariano Rajoy. Corría el año 1999 y el por entonces jefe de gabinete del expresidente del Gobierno vio en ella a una chica joven, bien preparada y resolutiva. A sus 29 años tenía ganada su plaza como abogada del Estado tras una carrera académica muy similar a la de su jefe, repleta de matrículas y premios extraordinarios, pero más allá de resultar un ratón de biblioteca incapaz de desenvolverse en el mundo real, Villar detectó talento y determinación para solucionar problemas, por lo que pasó a formar parte del equipo del por entonces ministro de Educación, Cultura y Deportes.

Tres años más tarde volvió a cruzarse Galicia en su vida. En esta ocasión con la catástrofe del Prestige que sacudió sus costas. Rajoy era el portavoz del Gobierno liderado por Aznar, y le tocó desempeñar un papel importante en la crisis. Se trasladó a tierras gallegas con un equipo en el que conquistó definitivamente a Rajoy, con el que poco a poco fue ganando puntos hasta convertirse en su persona de máxima confianza para asuntos de Gobierno, algo que quedó patente con su posterior nombramiento como vicepresidenta. A ella le encomendó el gran reto de su última etapa política: apaciguar Cataluña, en donde no dio la talla. 

El hándicap catalán

Como política, Sáenz de Santamaría tiene su gran talón de Aquiles en el partido. Nunca se ha trabajado a las bases y sus apoyos territoriales no van más allá de las personas que ha logrado colocar gracias a su cada vez mayor influencia sobre Rajoy, como Alfonso Alonso en el País Vasco o Moreno Bonilla en Andalucía. Este hándicap puede pasarle una gran factura en su intento de suceder a su maestro, porque aunque no le guste el partido y solo le apasionen los asuntos de Gobierno, es consciente de que para llegar a la Moncloa hace falta el aval de una formación política. Tampoco ha contribuido a aumentar su popularidad entre los afiliados el hecho de que siempre ha evitado dar la cara por las siglas del PP en los continuos casos de corrupción. Bien resguardada. Además, en este apartado incluso existen voces que la acusan de estar detrás de la salida a la luz de alguna de estas polémicas con el fin de descabalgar a posibles competidores internos; una labor para la que sugieren que podría haberse aprovechado de su cargo al frente del CNI. El exministro Margallo es uno de los más críticos con esto.

Con el triunfo de la moción de censura de Pedro Sánchez, la exvicepresidenta se ha quedado como diputada rasa, y es consciente de que tiene que apostar fuerte; si pierde ante Cospedal, su carrera política se antoja más que complicada. Incluso parece difícil esa salida a Bruselas o de candidata en Madrid para las municipales o autonómicas.

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