Quejas de que Yes We Help dejó a su suerte a jóvenes gallegas en Ghana

mateo casal / m.c. REDACCIÓN / LA VOZ

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Aseguran que un día antes de volver sufrieron el acoso de hombres armados

28 jul 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

«Nos vendían alcohol a los menores. Era como estar en un campamento, fiesta tras fiesta. Estábamos desprotegidos». «Llegamos a otro continente y el primer día no nos dieron comida ni bebida». Este es el testimonio de dos jóvenes gallegas (una de ellas, menor de edad) voluntarias de la organización, como se presenta Yes We Help en su página web, con la que viajaron a Ghana para ayudar en uno de los supuestos proyectos promovidos por la entidad.

Luisa y Ana -nombres supuestos de las dos gallegas entrevistadas-, como han hecho también otros voluntarios, se quejan de que la organización no cumplió lo que les había prometido cuando se apuntaron a un viaje solidario del que habían tenido noticia por las redes sociales. Pagaron lo estipulado, viajaron a Ghana, pero al llegar se llevaron una sorpresa. Este periódico trató ayer por la tarde de ponerse en contacto con la organización, pero no tuvo éxito. Únicamente tuvo acceso a un comunicado firmado por la entidad, y que esta había remitido supuestamente a los voluntarios, en el que desmentía las declaraciones realizadas a lo largo de los últimos días por varios de los jóvenes participantes en el programa. Entre otras cosas, pedían disculpas por «los desajustes a nivel organizativo» y aclaraban que «en ningún momento ningún voluntario fue desatendido y su seguridad no ha estado en peligro».

Tras conocer las quejas, la Embajada de España en Ghana, explican desde el Ministerio de Asuntos Exteriores, hizo un llamamiento a los afectados para que les comunicaran sus planes de viaje. Personal diplomático se desplazó a la residencia donde están los chicos para conocer en qué estado se encontraban. Algunos han optado por regresar a España antes de tiempo. Como informa La Vanguardia, entre ellos estaría Cayetana Rivera, la hija de Eugenia Martínez de Irujo y Francisco Rivera.

Luisa, en cambio, permanece en el país. Dice que los peores momentos los pasó al aterrizar. Ahora está bien: «Comemos arroz y pasta, pero eso ya lo sabíamos. Esto es África», pero está «harta de la organización», recalca. Su experiencia durante los primeros días no se la desea a nadie. Cuenta que llegó a Accra el viernes pasado, hace una semana, a las 2.30 horas de la madrugada. Era un grupo de unos cincuenta, «la mayoría tenían entre 15 y 17 años». Según su relato, esperándolos, estaba Nana, un operario local que los recibió en nombre de la entidad. «No hablaba nuestro idioma, le comentábamos las dudas y no tenía ni idea», cuenta Luisa. El hombre no entendía lo que pasaba pero decía sentirse muy orgulloso de ayudar a su país. 

El coste

Ana, que ya está de vuelta en Galicia, explica que en total tuvo que desembolsar en torno a unos 2.000 euros. Un total de 250 euros de esa cantidad, como explica la organización en su página web, están destinados a «la gestión del voluntariado»; otros 600 «al coste del voluntariado» durante un mes, cantidad que se eleva a 900 euros en el caso de estar en el terreno durante dos meses. Esa tarifa incluye, entre otras cosas, «tres comidas al día: desayuno, comida y cena», «alojamiento en una casa de voluntarios», «la organización de actividades los fines de semana» y «una donación al proyecto en el que participen». Otros gastos como vuelos, vacunas o visados corrían por cuenta de cada participante en el viaje.

Luisa, que había llegado el viernes a Accra, cuenta: «Habíamos pagado y no nos querían dar comida hasta el domingo». Dice que estuvieron un día entero sin comer porque no sabían dónde comprar comida y, tras las numerosas quejas que presentaron, lograron que les dieran algo. Ese descontrol inicial del que habla hizo que tres o cuatro chicos emprendiesen un camino de vuelta anticipado. «Un menor cogió un taxi hasta la capital y luego un avión de vuelta. Al parecer, la organización se enteró días después de que faltaba esa gente», relata Luisa, que no logra dar crédito a tanto descontrol.

El proyecto de la organización está en Winneba, una ciudad costera a 65 kilómetros de distancia y dos horas de coche de la capital. Cuando llegaron, explican que tampoco encontraron miembros del staff . Luisa dice: «Cuatro chicas de unos 20 años se están haciendo cargo de los 150 voluntarios». Supone que empezaron como voluntarias el primer mes de verano y ahora, como las veteranas, han pasado a formar parte de la organización. «Nos cuidamos entre nosotros», dice.

Ana, la menor de edad, había elegido cooperar en un proyecto de deportes, pero nunca se llevó a cabo. Cuenta que descubrió la entidad, al igual que la mayor parte de sus compañeros, por las redes sociales. Le sorprende que en lugar del día de orientación prometido en la web, el recibimiento fue una charla en la que uno de los organizadores se limitó a decir, apunta Ana, que «nos etiquetásemos con #YesWeHelp las fotos en Instagram para que así más gente pudiese vivir la experiencia». Esa misma persona, asegura, «nos dijo textualmente a los menores de edad: ‘‘Yo no soy responsable de nadie’’». Y, dice Ana, salía de fiesta con ellos: «La organización nos vendía alcohol y participaban activamente en las fiestas. Una botella de vodka costaba 3,14 cedis (moneda nacional), pero nos la vendían por 5».

Ante estos sucesos algunos voluntarios decidieron protestar. Incluso colocaron una pancarta con la palabra estafa impresa junto al nombre de la entidad. Ana, cuenta que para ella, el último día antes de volver a casa fue el peor: «Aparecieron tres hombres con esposas diciendo que nos quedaríamos en la cárcel de Ghana y que la embajada no tenía poder sobre nosotros. A día de hoy no sabemos a quien pertenecían estos hombres», cuenta. Ni Ana ni Luisa no han denunciado, pero ambas se plantean hacerlo.