Bolsonaro pone el punto de mira en el trabajo de las oenegés

Asegura que dificultará la labor de los movimientos sociales


BRASILIA / CORRESPONSAL

Las últimas horas de la campaña electoral no han limado las aristas autoritarias de Jair Bolsonaro, el candidato de ultraderecha que, salvo giro de 180 grados inesperado, se proclamará nuevo presidente de Brasil tras el segundo turno del próximo domingo 28. «A los opositores les espera la cárcel o el exilio», declaró desde su casa de Río de Janeiro el militar en la reserva. Bolsonaro no quiere que el miedo que azuzó su campaña hacia «los comunistas» (encarnados en el PT de Fernando Haddad) flaquee en la hora de la verdad. Pero ese miedo ya pesa desde hace meses sobre oenegés que trabajan por los derechos civiles en el país, así como las medioambientales, cuya actuación está en el punto de mira de Bolsonaro.

«Con nosotros no habrá ese politiqueo de derechos humanos, ese grupo de bandidos morirá porque no vamos a darles recursos. No hacen ningún servicio a Brasil», dijo hace unos meses el ultra sobre las asociaciones no gubernamentales que trabajan dando amparo a muchos de los grupos sociales en el foco de la discusión si Bolsonaro llega al poder: homosexuales, mujeres que buscan abortar en condiciones seguras, población en situación de exclusión... Muchas veces, todos esos grupos con el nexo común de ser negros.

Cientos de afectados

Existen centenares de oenegés que luchan por los derechos civiles en Brasil, muchas de ellas incluso de raíz católica. La mayoría ve con preocupación el ascenso al poder de Bolsonaro, que, amparándose en su lema de campaña («Deus acima de tudo»), critica a quienes trabajan en temas como la diversidad sexual o el aborto. «Pedimos unirnos en una pauta común: el enfrentamiento contra el fascismo, canalizado en este momento en una candidatura muy concreta», piden desde el Centro Feminista de Estudos de Brasilia, que lleva casi tres décadas trabajando por los derechos de la mujer y la comunidad LGTB.

Peor aún pinta para aquellas asociaciones que velan por los derechos de los encarcelados, una población abrumadoramente negra y joven que tiende a superpoblar las prisiones brasileñas. «El Estatuto del Preso da ganas de ser delincuente. Esas garantías de visitar a familiares enfermos o de tener una celda individual... Cortaría todos los recursos para las oenegés de derechos humanos porque viven de la violencia», dijo Bolsonaro en una de sus contadas intervenciones parlamentarias en el pasado febrero.

Más concretas aún, en forma de políticas de su programa de gobierno, se plantean las amenazas a grupos ecologistas. «En Brasil, el activismo chií medioambiental tiene que acabar», dijo en más de una ocasión Bolsonaro, usando chií como sinónimo de radical. Los activistas verdes tampoco gustan al candidato ultraderechista, que considera que muchas oenegés operan en el país sirviendo a intereses extranjeros. Una empleada de una de esas entidades con sede en Brasilia asegura tener miedo de perder su empleo. «Uno de sus planes es fusionar el Ministerio de Medio Ambiente con el de Agricultura. Eso favorece los intereses de cultivos extensivos como la soja», expresó a este periódico.

Bolsonaro dice que no se plantea tocar la Amazonia, pero apunta a un grave problema, según él: «las enormes reservas de indígenas». «La situación en zonas sensibles donde siempre hay peligro para los activistas empeorará, porque si ya estamos amenazados por grandes terratenientes, ahora se sentirán más fortalecidos», teme otra empleada de la misma organización. Un temor que crece con la prometida liberación del porte de armas si Bolsonaro certifica su victoria. 

Su rival, Haddad, no tira la toalla y, a partir de una mejora en las encuestas, aún cree en una posible victoria: «este domingo vamos a ganar las elecciones. Desde ayer estoy sintiendo en el aire un giro. Él (Bolsonaro) va a temblar».

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