La mejor médico de familia del mundo: «Si tengo 8 minutos por paciente, y necesito 20, serán 20»

Verónica Casado es la primera española en hacerse con este premio que la reconoce como la mejor médico de familia del mundo. El galardón valora, entre otras cosas, su lucha por ver personas detrás de enfermedades, aunque sea una labor muy «callada»


Verónica es una mujer cinco estrellas. El premio Five-Star, que ha recogido recientemente en Seúl, se suma al que ya recibió en Praga (República Checa) en el 2017 como mejor médica de familia de Europa y en la primavera del 2018 en Cali (Colombia) como mejor médica de familia de Iberoamérica. Mientras, ella sigue ejerciendo en su consulta del centro de salud Parquesol en Valladolid, aunque cuenta con una dilatada experiencia en el ámbito de la docencia, la investigación, la edición de libros especializados y la colaboración internacional.

-Habrá lista de espera en esa consulta de Parquesol...

-Efectivamente, todo el mundo se quiere cambiar a mi cupo. ¡Dios mío!

-Con 1.600 tarjetas, ¿está difícil no?

-Está cerrado, está muy difícil.

-¿Qué crees que tiene que tener un buen médico de familia?

-Tiene que tener las 12 competencias básicas que se le piden, que engloban conocimientos (tanto de Medicina, que conozcas tus límites, que seas autónomo, resolutivo...), habilidades (técnicas, reflexivas, organizativas, para trabajar en equipo...) y luego hay cuatro que me parecen fundamentales: humanismo, profesionalidad, ética y las habilidades comunicativas. Lo que buscaban en Womca (Organización Mundial de la Medicina de Familia) era un perfil de alguien que desde un punto de vista asistencial cumpla esas características, pero además pedían liderazgo, y sobre todo que hubieras trabajado en otras cosas que mejoren la asistencia, es decir, en formación e investigación. Mis pares consideraron que yo cumplía el perfil y presentaron mi candidatura. Yo no lo sabía hasta que un día me pidieron el currículo. Y me eligieron.

-Un buen médico de familia te puede salvar la vida.

-Completamente. El problema que tenemos es que nuestra labor es muy callada. Si tú haces un trasplante tiene mucho brillo, mucha historia, pero si yo consigo que dejes de fumar y evito un probable cáncer de pulmón o que dejes de beber y evito un probable hepatocarcinoma, o si tengo bien controlada tu diabetes o hipertensión y evito que tengas un infarto... Eso no se acaba de ver, pero lo que sí se ve es que cuando analizamos los indicadores de morbimortalidad imputable a la atención primaria han mejorado de manera extraordinaria en los últimos años, y eso nos lo reconocen otros especialistas. Los cardiólogos nos dicen: ‘Ya no vemos esos infartos masivos que veíamos antes’. Lo nuestro es trabajar por la salud, evitar la enfermedad, y eso a veces tiene menos brillo, pero es absolutamente clave.

-El premio también valora esa lucha tuya por ver personas detrás de esas enfermedades.

-Exacto. Yo siempre defendí, y todavía está en el programa vigente de la especialidad porque fue un empeño personal, incorporar los compromisos y los valores de los médicos de familia. A mí me interesa lo que le pasa a cada una de las partes de tu cuerpo, pero me interesa verte de manera global: cómo te afecta psicológicamente a ti, cómo afecta a tu familia, a tu entorno social y laboral lo que a ti te está pasando. Tenemos que ser muy competentes, estar muy bien preparados, científicamente y técnicamente muy potentes para ser resolutivos, pero con eso que tenía el antiguo médico de cabecera, la cercanía con las personas.

-Dices que es interesante ver a los pacientes en su entorno. ¿Es bueno que una familia comparta médico?

-En general sí, puede haber excepciones, si hay problemas intrafamiliares, de agresiones... pero a mí me da muchísima perspectiva ser el médico de toda la familia. Un paciente puede decirme que le duele el pecho, y a los dos segundos estoy haciendo un electro, pero otro me dice lo mismo y le pregunto: ‘¿Qué está pasando con tu hija? ¿Están las cosas bien?’. Esa clave solo la tienes si lo ves en conjunto.

-Si hay algo que odiamos los pacientes es cuando llegamos a la consulta y vemos una cara distinta a la habitual. ¿Esa rotación acentúa el malestar del paciente?

-Completamente. Gregorio Marañón decía que lo más importante que hay es la relación médico-paciente y es curativa. No quiere decir que cures a los pacientes, pero la relación tranquiliza mucho. Muchas veces curamos, pero sobre todo aliviamos y consolamos. Si esa relación la rompemos, falta algo. Muchas veces he dicho que: ‘Un médico de familia es a un cupo, lo que un cirujano a un quirófano’. Si un cirujano no tiene quirófano, pierde competencias, y si un médico de familia no tiene un grupo de pacientes a los que seguir de manera longitudinal a lo largo del tiempo, no cumple ninguna función. Es una relación clave, casi Patrimonio de la Humanidad.

-¿Te cuesta ejercer tu profesión con los estándares de hoy en día?

-Me cuesta un montón, y es absolutamente loca la situación. En Suecia tienen medias de 30 minutos por paciente, que probablemente no los necesites, pero lo que está claro es que el perfil sanitario y sociodemográfico va orientado a la cronicidad, a la pluripatología, y se necesita más tiempo. Si vienes a verme y tienes un catarro lo puedo resolver en 7 minutos, pero si tienes diabetes, eres hipertensa, tienes una cardiopatía isquémica, acabas de perder tu trabajo y resulta que tu hijo está mal también, con 8 minutos no hacemos nada. Por eso reivindicamos más médicos en Atención Primaria, todos los estándares dicen que tiene que haber un 50% de médicos en el primer nivel y estamos en un 30 %. Necesitamos tiempo, y además es que ese tiempo es muy valioso, porque si yo consigo con medidas de prevención primarias alterar el curso de una enfermedad eso es más valioso que cualquier otra cosa. Ahora mismo hay que tener 40-50 pacientes diarios, y los atiendes, pero hay fatiga. No estamos haciendo clavos, estamos viendo a personas que tienen problemas.

-¿Cuánto echas de media con tus pacientes? ¿Miras el reloj?

-Lo que necesito. Hay días que las cosas se tuercen y genero lista de espera y sufro como un auténtico perrillo, porque no me gusta que esperen, pero cada uno tiene el tiempo que necesita, eso lo tengo clarísimo. Si en la agenda tiene 8 minutos, pero necesito 15 o 20, pues serán 15 o 20. Si estoy con una madre que está preocupada por su hijo, porque le está pasando algo gordo, no miro el reloj y le digo: ‘Esto se ha acabado’. Ni lo hago, ni lo haré nunca. Eso sí que me quemaría, si empezara a trabajar mal...

-Hay que darle gracias a tu padre de que estés aquí ¿no?

-Mi padre siempre quiso que fuera médica, decía que desde bien pequeña si a alguien le pasaba algo, ahí estaba para ayudar la primera. Pero a mí enseñar me vuelve loca, yo quería dedicarme a la docencia, hasta que un día me dijo: ‘¿Quién le enseña medicina a los futuros médicos? Los médicos también. Vas a poder enseñar... ’. Ah, pues si es así... Me alegro de haberle hecho caso, igual que de haber hecho la especialidad más bonita del mundo, que es esta.

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