¿Por qué violan las manadas?

El fenómeno de la grupalidad masculina que hace a los hombres sentirse aceptados por el grupo y una educación sexual basada en la pornografía están detrás de los abusos


El porqué que se esconde detrás de las agresiones sexuales en grupo es una enmarañada madeja de razones. El fenómeno de la grupalidad masculina, unido al problema de una educación sexual empañada por la pornografía, están detrás del perfil de los miembros de todas las manadas. Los expertos tienen claro que no tiene nada que ver un violador o agresor sexual que comete un acto en solitario con uno que lo hace en grupo. Y alertan de que el efecto contagio existe.

Manuel Fernández Blanco, psicoanalista y psicólogo clínico en el Chuac, explica que, mientras que en la agresión individual prima más el factor impulsivo, «en fenómenos como el de la manada en primer lugar está el fenómeno de la grupalidad masculina, que se aprecia en su vertiente más radical. En general, a una escala menor, la mayor de las tonterías es irresistible para los hombres si se hace en un contexto grupal. Es como romper todos los retrovisores de los coches de la avenida por esta cuestión de ‘¿te vas a rajar?’ o que ‘¿a que no hay cojones?». El experto explica, sin embargo, que el caso concreto de la Manada, el ser un acto planificado le confiere un estatuto diferente.

«Sabemos que hay reiteración (ya lo habían hecho antes), y planificación. Si hay planificación estamos ante un acto de tipo perverso que exige la construcción de un escenario. Se basa en la anulación y degradación de la víctima, que es el rasgo para el goce sádico de esta gente. Si el abuso si se comete bajo el efecto de drogas supone la anulación de la conciencia, y la degradación. Es la cosificación absoluta».

Lo que hay detrás de esto, asegura Fernández Blanco, es un fantasma masculino típico que es imaginarse que la mujer es masoquista. «Son hombres que cultivan la creencia de que aunque la mujer diga que no en realidad quiere decir que sí -añade-. Creen que este sufrimiento que provocan en la víctima y del que gozan en realidad la víctima lo quiere».

El perfil del agresor en este tipo de actos, que en los últimos tiempos están proliferando, es de un grupo de adolescentes u hombres jóvenes, que muchas veces graban la agresión en vídeo. «Esto forma parte de un síntoma de la modernidad. Nada existe si no pasa por una pantalla, no solo se goza de hacerlo sino de mostrarlo. Es una especie de voyeurismo generalizado: grabo como voy a 250 por hora en el coche, la pelea de adolescentes al lado de la muralla de Lugo... Es un modo de duplicar el goce que tiene su otra cara. En ese mostrarlo hay una autodenuncia, también es una búsqueda inconsciente de castigo».

Fernández Blanco, además, reconoce que es posible que se produzca el efecto contagio, algo que se plantea a juzgar por el aumento de este tipo de agresiones. «Sí que puede haber. La grupalidad masculina es muy tendente a la imitación de lo peor. Y a la anulación de la voluntad individual en cierto sentido. En el grupo se diluye lo individual de cada uno, actúan bajo el influjo de un líder, y el sentido de pertenencia hace que no se pueda salir de la lógica grupal que normalmente comanda un líder». El psicólogo recuerda que este tipo de grupalidad no existe en las mujeres. «Si una mujer propone hacer una barbaridad es mucho más fácil para el resto decir: ‘hazlo tú si te da la gana‘, porque no se juega la falsa identificación viril».

Por último, el experto quiere aclarar la polémica que surge con quienes aseguran que puede haber consentimiento de la víctima cuando no reacciona violentamente, no da patadas o no se defiende claramente. «Eso es ignorar cuestiones fundamentales. En una situación de angustia un sujeto puede entrar en un estado de perplejidad paralizante. El miedo te permite intentar escapar pero la angustia paraliza e impide defenderse. Como si estuvieras bloqueada. Todos podemos tener la experiencia de algo que nos angustió y que nos dejó paralizados incluso impidiéndonos actuar del modo que hubiese sido más conveniente y que nos permitiría escapar del peligro».

«El problema es que ellos creen que eso realmente es sexo»

M. Otero

Sonia Vaccaro, psicóloga experta en violencia machista, aprecia una clara relación directa entre este tipo de comportamientos y el hecho de que «a muchas generaciones les ha educado en la sexualidad la pornografía»

La educación sexual es una gran asignatura pendiente que también está detrás de las agresiones grupales. Sonia Vaccaro, psicóloga experta en violencia machista, aprecia una clara relación directa entre este tipo de comportamientos y el hecho de que «a muchas generaciones les ha educado en la sexualidad la pornografía». «Esto lamentablemente hace que se entienda que este tipo de cosas son sexo. Ellos lo creen así, y así lo practican y lo difunden. Se sienten poderosos y muestran su hazaña».

Para Vaccaro, esta asignatura pendiente necesita una revisión urgente para desterrara la cosificación de las mujeres. «Tendremos también que enseñar -afirma- que en el encuentro sexual hay otra persona del otro lado, no una cosa que se pone y se quita. Que se entienda el sexo como un encuentro en el que el deseo de ambos es respetado. Eso es algo que como adultos tampoco no les hemos transmitido a los jóvenes porque nosotros tampoco lo hemos aprendido así. Los varones, sobre todo, han sido educados con la pornografía». El problema, según la experta, es que esta educación abarca varias generaciones, con lo cual «la mirada que tiene que interpretar estos hechos también está sesgada», y de ahí vienen polémicas como la que plantea que una mujer pueda estar disfrutando si no se defiende o no lo dice de forma explícita. «Lo estamos viendo, que una chica es un objeto que se pasa entre todos se utiliza, es la presa. El nombre de la Manada en sí nos habla ya de este cerebro y estos impulsos que creíamos que estaban controlados».

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