La novia de Pablo Ráez: «Me costó comprender que me apartara de su vida los últimos días»

Tenía 26 años cuando se enfrentó a uno de los palos más duros de su vida. Su novio, su alma gemela, su compañero, Pablo Ráez, fallecía a los 19 años después de una larga lucha contra la leucemia. Ahora ella ha querido continuar su legado relatando su emotiva historia de amor.


Tenía 19 años, amaba el deporte y unos meses antes le habían diagnosticado leucemia. Su historia dio la vuelta al mundo, le plantó cara a la enfermedad, por sus ganas de vivir cada día como si fuera el último, pero también por la campaña que abanderó por la donación de médula. Se batieron todos los récords consiguiendo un número histórico de donantes a través de sus llamamientos en las redes, contando su experiencia. Miró de frente a la muerte, no le tenía miedo, y supo sacarle lo mejor a la vida. Dos años después, Andrea Rodríguez, su compañera, aquella joven de 26 años que vivió junto a él los últimos meses de su vida, escribe lo que no pudo contar, una emotiva historia que perdurará para siempre, como el legado de Pablo.

-¿Quién te animó a dar el paso?

-Cuando ocurrió todo yo empecé a leer todas las cartas que había escrito, los textos de sus redes, las entrevistas... y me animaba mucho a continuar. Encontré un libro de instrucciones de cómo seguir hacia delante. Comencé diciendo: ‘Me encantaría tener esto en papel por si algún día las redes se cerraran o se perdieran sus entrevistas’. Así empecé a escribir, y fue como una terapia de escritura.

-¿Fue duro?

-Sí.

-¿Reviviste muchas cosas?

-Al principio trataba de usar lo que a mí me ayudaba, cogía lo que me apetecía. Al año de todo esto me llamó Planeta, que me habían escuchado en una entrevista, y de alguna manera vieron que era una historia muy bonita para contarle a la gente. Ahí ya me puse en serio a contar una historia con principio y con fin, y algunas partes sí que me ha costado mucho escribirlas, pero he tenido mucha ayuda, también he visto cosas que no quería ver y me ha servido para enfrentarme a ellas y poder seguir hacia delante.

-Eres muy de energías, ¿verdad? Te dejas llevar por las sensaciones.

-Soy muy intuitiva, me pasan cosas que siento que son obvias. Cuento en el libro que una vez una vidente me dijo que siguiera escribiendo cuando estaba con esa idea de tenerlo todo en papel, y entonces para mí fue como obvio, y pensé: ‘Es que la vida me está diciendo que tengo que escribir este libro’, una señal. Igual si esa vidente no me lo hubiese dicho, no hubiera creído tanto en este proyecto.

-Y cómo cuentas cuando sientes que las cosas van a cambiar, o esa angustia que describes en el pecho de que no hay tiempo que perder... ¿Es como que sientes antes los cambios de que se produzcan?

-Me ocurre a veces, a ver no soy vidente, pero a veces me dejo llevar. Pero es físico, son sensaciones muy grandes que me invaden y luego ocurren cosas, como la muerte de mi tía, que lo presentí, la enfermedad de Pablo; también me ha pasado con mis abuelos, que antes de marcharse también me pasaron cosas, no las he escrito en el libro porque ha sido después. Es como una premonición.

-Dices en el libro que lo primero que aprendiste de Pablo fue a no dejar los besos de hoy para mañana. ¿Cuál fue la lección más importante?

-A mí me ha quedado marcado a fuego sus ganas de vivir, el día a día, y que cada día tuviera un sentido. De acostarte por la noche y decir: ‘He hecho lo que tenía que hacer, lo que tenía que decir, he hablado con tal persona...’. No se dejaba nada que estuviese en sus manos para el día siguiente, y ver eso todos los días, me ha hecho a mí vivir así.

-¿Has cambiado mucho con todo lo que ha pasado?

-Yo creo que mi vida ha cambiado 180 grados, sigo siendo la misma, sigo siendo profesora de yoga, siendo teniendo la misma vida, pero es verdad que vivo con más intensidad y estoy queriendo vivir sueños y darle sentido a mi vida, quiero que mi trabajo ayude a los demás, y yo creo que en ese aspecto ha cambiado muchísimo.

-La vuestra ha sido corta pero intensa, hay relaciones de 20 o 30 años que no tienen tanto fondo como la vuestra, ¿no?

-Hay muchas historias, y con mi trabajo escucho muchas, pero es verdad que hay muchísima gente identificada con nuestra historia, porque me escribe, y porque estas cosas ocurren. La verdad es que esta historia fue muy especial, no comienza en una discoteca ni nada así, sino que comienza de una manera... de reconocimiento de almas. Estas cosas ocurren en nuestras vidas, y a veces no le hacemos caso a estas señales.

-Tú misma al principio también eras un poco reacia.

-Al principio sí, como que parecía todo demasiado rápido, una locura, meterme en una relación así, estar como a la espera de saber si está recuperado del cáncer, a mucha gente de mi entorno también le daba miedo, y a él mismo... Pero luchamos por vivir y por el sueño de estar juntos. Y quiero poner mi historia de ejemplo para que la gente se atreva.

 

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Marbella despide a Pablo Ráez El funeral ha tenido lugar a las 17 horas en la iglesia marbellí de La Encarnación. Familiares y amigos han dado el último adiós al joven deportista, que golpeado por una leucemia, multiplicó las donaciones de médula con una activa campaña

-Das muchísimo ejemplo en el libro. También cuando dices que la actitud del que está al lado tiene que ser positiva. Y es que es así, pero a veces cuesta.

-Es que no hay otra. Es como ahora cuando me preguntan cómo llevas este tiempo, cómo has hecho para salir adelante. Es que no hay otra, no está y la vida continúa, y tengo que apechugar con ello. La vida es así de dura. Hay que seguir porque merece la pena.

-¿Te permites muchos bajones?

-Sí, los bajones son importantes.

-Decías que procurabas llorar lo mínimo.

-Era como que no me quería adelantar a vivir los miedos que me venían, y me decía a mí misma: ‘Si sale mal, voy a tener un montón de tiempo para llorar y vivirlo, pero ahora mismo está aquí, tengo que disfrutarlo como sea’.

-A día de hoy, ¿cómo estás?

-Ahora mismo, en este mismo momento, siento como que estoy recibiendo una compensación por lo vivido, siento que la vida te devuelve tus actos buenos, y siento que me están devolviendo en amor, en gente, tanto apoyo y cariño. Estoy volviendo a viajar, compartiendo mi filosofía de vida, y creo que después de dos años me está devolviendo momentos muy mágicos.

-Cuando acabas el libro y lo tienes listo, ¿se lo enseñas a alguien?

-Sí, en el momento que tengo el borrador en mis manos, yo se lo envío al padre de Pablo y a mi madre. Fue una respuesta más grande de la que yo me esperaba, estaban muy orgullosos, y la frase que me dijo su padre fue: ‘No sobra ni falta una palabra y lo has contado todo perfectamente, me has hecho descubrir aspectos de mi hijo que no conocía’. Se lo ha leído dos o tres veces ya. Pero es verdad que tanto su familia como yo necesitamos cerrar con estos actos una etapa. Ofreces esto, has dicho lo que tenías que decir, pero también es una manera de decir: ‘Ya está’. No voy a seguir hablando de esto, porque ya está todo dicho y el legado queda por siempre.

-¿Te hace daño hablar de ello?

-Bueno, no me hace daño, pero es verdad que en algunas entrevistas me ponen sus fotos, o su voz, o me hacen revivir situaciones... Es como tocar la herida; aunque tenga la cicatriz, tocarla también puede doler. Lo hago porque tengo que ser agradecida, pero hasta un punto, y habrá un momento en que se cierre y también será bonito para mí.

-¿Tú llegaste a creer en el milagro?

-Sí, yo no perdí la esperanza hasta el día que ocurrió.

-Sorprenden muchas cosas que relatas en el libro, pero lo que más, ese final, cómo él te aparta de su vida para protegerte.

-Me costó comprenderlo. Es un gesto de amor muy grande y al final lo comprendí, pero lo cuento porque a mucha gente le ha pasado, el paciente quiere evitar a toda costa hacer daño a su familia hasta el punto de querer estar solo y vivirlo así. Me parece muy valiente, no cualquiera sería capaz de hacerlo.

-Dices que te costó entenderlo, ¿cuándo lo hiciste?

-Fue durante el proceso, lo fui comprendiendo. Al principio me negaba a ello, luego me recomendaron escribirle cartas y pude quitarle peso al asunto, y decirle que comprendía, aunque no lo comprendiera, su decisión, y que estábamos juntos a pesar de no estarlo físicamente. De alguna manera, ese proceso de quitarle cualquier cosilla que se le quedara por esa decisión también me ayudó a mí a comprenderlo a él.

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