Cuando la ciencia despreciaba a las mujeres: «Una ama de casa de Oxford gana un Nobel»

La brecha de género subsiste en la investigación, pero las científicas pioneras se llevaron la peor parte


Ada Lovelace. Puede que algunos identifiquen asocien su nombre como la hija del poeta Lord Byron, pero probablemente muy pocos sepan que sentó las bases de la programación informática. El mérito se lo llevó Charles Babbage, al que se conoce como precursor del ordenador, pero ella fue la primera. Es solo un ejemplo de las mujeres científicas que han permanecido en el olvido o cuyo nombre ha quedado relegado al de sus compañeros masculinos, cuando fue realmente el trabajo de ellas lo que permitió que se realizaran grandes descubrimientos.

Quizás el caso más conocido sea el de la bioquímica Rosalind Franklin, sin cuya foto por difracción de rayos x que demostraba la estructura helicoidal del ADN no sería posible que Watson y Crick realizasen uno de los hallazgos más importantes de la historia. Los dos, junto a Maurice Wilkins, se llevaron el Nobel. Y ninguno hizo la más leve mención al trabajo de Franklin. Pero no es, ni mucho menos, el único.

Otro de los ejemplos paradigmáticos es el de la austríaca Lisa Meitner, cuya labor fue fundamental para el hallazgo de la fisión nuclear, el fundamento de la bomba atómica, pero también de las plantas nucleares para generación de electricidad y de innumerables aplicaciones médicas. Pero el químico Otto Hahn publicó la investigación sin incluir el nombre de Meitner como coautora. Recibió por ello el reconocimiento de la Academia Sueca, pero obvió tan siquiera referirse a la aportación vital de su colaboradora.

Algo parecido le ocurrió a Jocelyn Bell, que cuando apenas era estudiante de doctorado descubrió el púlsar, un hallazgo que le valió el Nobel a su director de tesis, Antony Hewish, y a Martin Ryle. Pero fue ella la que detectó la señal. Su maestro dijo entonces que incluirla en el galardón sería una forma de devaluarlo.

La micribiólogoa Esther Lederberg condujo investigaciones pioneras en el campo de la genética que ayudaron a entender cómo funcionan los genes. Sin su trabajo, su marido Joshua Lederberg no hubiera ganado el Nobel en 1958. Y tampoco nadie la mencionó.

Henrietta Swan Leavitt, que encontró un elemento clave para determinar la distancia entre las estrellas, un hallazgo fundamental en cosmología que sirvió para descubrir que el universo se expande, tampoco logró un Nobel. Hay muchos más ejemplos, pero también a la inversa. Dorothy Hodgkin obtuvo el premio en 1964 por revelar la estructura de la penicilina. Pero los diarios británicos titularon así la noticia en 1964: «Ama de casa de Oxford gana un Nobel».

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