Un mitin político plagado de falsedades argumentales

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño MADRID / LA VOZ

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El exvicepresidente solo contestó a las preguntas de su abogado y en un relato muy preparado intentó pasar de acusado a víctima

15 feb 2019 . Actualizado a las 11:51 h.

Sabía que era su día. Oriol Junqueras hizo una excepción en su habitual desaliño indumentario y se puso el traje de los domingos, corbata incluida, para prestar declaración. Y, ya de paso, para comenzar la campaña electoral. Los halagos previos de sus compañeros de partido, que aseguraban que estaba perfectamente preparado y tenía los miles de folios del sumario en la cabeza, hacían presagiar un vibrante combate con el fiscal. Pero no. El líder de ERC, acostumbrado a envolver sus posiciones radicales en discursos casi místicos, comprendió que ese recurso es fructífero en el debate político, pero inútil frente a un acusador inmune a semejantes argucias dialécticas y que actúa como una apisonadora limitándose a citar folios del sumario uno tras otro.

De forma que Junqueras rechazó contestar a la Fiscalía y trató de pasar de acusado a víctima convirtiendo su declaración en un mitin político cuyos destinatarios no estaban en la sala, sino en las pantallas de televisión y en el tribunal de Estrasburgo que en un futuro tendrá que revisar el juicio y la sentencia. Para ese número, contó con la colaboración de su abogado, Andreu Van den Eynde, que se limitó a darle pie con cada una de sus preguntas para que colocara su estudiada diatriba. Pero, al fin y al cabo fiel a sí mismo, Junqueras no pudo sustraerse a sus tópicos curiles sobre la necesidad del amor al prójimo y los «valores humanistas». «Amo a España y a todas sus gentes», proclamó, como un turista que dice que le gusta el sushi y la cultura japonesa, pero siendo perfectamente consciente de que dejaba ahí el titular de la jornada.

Semejantes arrebatos de pasión no impidieron que trufara su declaración de desafíos al Estado de derecho y al tribunal -«lo seguiremos intentando, sea cual sea el resultado de este proceso», advirtió- y de obvias falsedades argumentales, como cuando se declaró como un «preso político». «Estamos ante una situación de persecución de las ideas, de la disidencia política», afirmó, obviando que hay cientos de miles de personas que defienden sus mismas ideas sin que nadie les procese, y que si está sentado en el banquillo es por cometer un presunto delito de rebelión, no por defender la independencia. Su otro reiterativo argumento fue el de que siempre han estado dispuestos al diálogo pero «siempre está vacía la silla de enfrente», cuando lo cierto es que jamás han aceptado ningún diálogo que no pasara por que se acepte el derecho de autodeterminación.

Su grado máximo de burla a la verdad llegó cuando, en referencia al asedio a la Guardia Civil en la Consejería de Economía, en el que se destrozaron coches policiales, aseguró que fue un acto pacífico en el «se repartían claveles» y «se cantaba el Virolai, un himno religioso, dedicado a la madre de Dios», por lo que «seguro que no es susceptible de ninguna interpretación tumultuaria». Y su última falsedad fue decir que «a los contribuyentes no les costó nada la celebración del referendo» cuando, al margen del coste del despliegue de seguridad que requirió una consulta que era ilegal, existen informes que detectan desvío de fondos públicos y, por tanto, malversación.

Concluido el mitin de Junqueras, el reverso de la moneda fue la declaración del exconsejero de Interior Joaquim Forn, que trató de escapar de sus responsabilidades solo con argumentos jurídicos y contestando obedientemente al fiscal. Pero también Forn lo tenía difícil, porque fue él quien pronunció una de las frases más graves de este proceso. «Si hay buena voluntad y se acepta la nueva realidad política, no habrá colisión entre policías», advirtió pocos días después el referendo, en una clara amenaza de utilizar el cuerpo armado de los Mossos si no se aceptaba la república catalana.