«Suburra»: Esto ya no lo salva ni el mismísimo Spadino

Traiciones, alianzas imposibles, asesinatos y unas elecciones confluyen en la segunda temporada de la serie italiana de Netflix


La crisis migratoria, las fake news y el auge del populismo. Eran los ingredientes que le faltaban al cóctel perfecto de Suburra. Teníamos droga, clanes familiares enfrentados, el Vaticano, intereses inmobiliarios, políticos corruptos y unos jóvenes dispuestos a romper con todo. La serie lo tenía todo para triunfar. Supieron encajar con maestría los nuevos elementos en la trama. En tiempos de Salvini y con la imagen de Lampedusa en la memoria, esa Roma que no sale en las películas y que no visitan los turistas no podía quedarse al margen. En Ostia, mientras las siguen batiendo contra su costa, la droga sigue campando a sus anchas. Todo sigue igual. Solo cambian los que se lo llevan crudo y los que quieren su parte del pastel. Ahí es donde la serie explota al máximo sus grandes personajes, Aureliano y Spadino, el todopoderoso Samurai, la ambiciosa Sara Monaschi y Cinaglia, ese político que de idealista ya no tiene nada. 

Traiciones, alianzas imposibles, asesinatos y unas elecciones en las que todos quieren intervenir. Todo pasa en la segunda temporada. El ritmo es frenético desde el primer capítulo. Aún con lagunas de la primera temporada es inevitable sumarse al carro y dejarse llevar. Pero al acabar el último capítulo la pregunta es inevitable: ¿otra vez aquí? Estirar tramas como el chicle kilométrico de Boomer, esa es la gran lacra de la época dorada de las series.

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