El PP europeo se resiste a echar al partido del ultra Viktor Orbán

Se limitó a suspenderlo por 190 votos a favor y tres en contra

El polémico cartel pagado con dinero público en el que se acusa a la Unión Europea de facilitar la llegada de inmigrantes
El polémico cartel pagado con dinero público en el que se acusa a la Unión Europea de facilitar la llegada de inmigrantes

Bruselas / corresponsal

Desafiante y socarrón. Así se presentó ante el público el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, tras esquivar la amenaza de expulsión que pendía ayer sobre su partido, el Fidesz, de la familia popular europea. Los conservadores no se atrevieron, a pesar de que hasta 13 partidos, la mayoría del Benelux y los países nórdicos, habían pedido por carta dar el portazo definitivo al líder magiar y sus acólitos por sus atentados constantes contra la democracia en Hungría.

El miedo a romper las costuras del grupo forzó a su presidente, Joseph Daul, y al jefe de filas en la Eurocámara, Manfred Weber, a buscar una solución intermedia para contentar a todos. Y lo consiguieron. La Asamblea popular, reunida en Bruselas, decidió por 190 votos a favor y solo 3 en contra suspender la participación del Fidesz en las cumbres del PP, su voto y su derecho a proponer candidatos para puestos políticos. Nada más. La puerta del PPE sigue abierta para Orbán.

La abrumadora mayoría incluye forzosamente a los miembros del propio partido húngaro, una muestra de que la coreografía estaba ensayada desde el principio. Con esta pirueta, el PPE evita tener que expulsar definitivamente al segundo partido con mayor peso en la familia, tras los conservadores polacos de Plataforma Cívica. La Asamblea decidió poner bajo vigilancia al partido húngaro. Un comité de tres miembros seguirá de cerca los pasos de Orbán para decidir si revocan la decisión o avanzan hacia una expulsión efectiva que quieren evitar a toda costa antes de las elecciones europeas de mayo.

Orbán encajó ayer la decisión con desdén. No solo se atrevió a invocar, con cierta retranca, la unidad de la familia conservadora, sino que volvió a despreciar a quienes, desde el brazo más moderado y liberal del grupo, le piden que dé marcha atrás a la deriva antidemocrática en su país, ponga fin a la campaña de acoso contra el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, y recupere del destierro a la Universidad Centroeuropea, financiada por su adversario, el multimillonario George Soros. Orbán se resiste. Ayer insistió en echarle un pulso a Bruselas al asegurar que la ofensiva contra Juncker, al que acusó en carteles públicos de promover la inmigración ilegal a Europa, se trató de «una campaña informativa», declaraciones que desencadenaron risas entre el público. «No hemos hecho ninguna campaña contra Juncker. Solo hicimos una campaña informativa sobre sus futuras intenciones», deslizó con cinismo antes de advertir de que lo peor está por llegar: «A principios de abril empezará la campaña fuerte (…) No cambiaré mis políticas. No queremos inmigración, seguiremos protegiendo los valores cristianos», amenazó. También despejó las dudas sobre sus intenciones con la Liga Norte italiana. Orbán no escondió su admiración por Matteo Salvini, pero su intención es tensar la cuerda con el PPE para forzar el giro de su familia hacia la extrema derecha, para dejar de ser los «tontos útiles» de la izquierda en Europa.

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