Cuatro meses de juicio han dejado un ramillete de momentos estelares, protagonizados por los acusados -difícil olvidar la oda pacifista de Oriol Junqueras- y por alguno de los 500 testigos. A continuación, los más memorables: 

acusados

Soflamas políticas y pacifismo. «Votar en un referendo no es delito, tratar de impedirlo por la fuerza sí que lo es». El exvicepresidente Junqueras, que se enfrenta a la pena más elevada (25 años de cárcel), convirtió el interrogatorio de su abogado en un alegato en defensa de la autodeterminación, eso sí, pacífica. Negó haber instigado violencia o la comisión de delitos, obviando, por supuesto, que desoyó el mandato del Constitucional prohibiendo el referendo ilegal. Se negó a responder a las acusaciones y aseguró estar preso por sus ideas. Coincidentes en el fondo -no en la forma- fueron las estrategias de los demás acusados, que sí se sometieron a los interrogatorios de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado, insistiendo en el «derecho» a votar la independencia, para seguidamente -porque nadie quiere pasarse años en prisión, si puede evitarlo- descafeinar la validez de una declaración unilateral. También rechazaron la acusación de malversación, asegurando que el control del Estado había hecho de la Generalitat «una gestoría». ¡Imposible distraer un euro! 

políticos

Del olvido de Rajoy a la precisión de Urkullu. Una de las comparecencias más esperadas era la del expresidente Rajoy. Sin embargo, la de su número dos, Sáenz de Santamaría, fue más contundente para apuntalar la tesis de rebelión, al hablar de «actos violentos» en torno al 1-O. Rajoy negó negociaciones o que el lendakari Urkullu hubiera mediado. Frente a su escasa concreción -dijo no recordar siquiera si había hablado ni por qué vía con Urkullu- el vasco dio todo lujo de detalles y dijo deducir de sus conversaciones que Rajoy no quería aplicar el 155, ni dar pasos que se interpretaran como traspasar «los límites de la Constitución», mientras que Puigdemont tampoco quería declarar unilateralmente la independencia. Y todo falló. 

MOssos

Trapero, cuestionado. El jefe de los Mossos, Josep Lluís Trapero, que también será juzgado en la Audiencia Nacional por rebelión, defendió en el Supremo la actuación de su cuerpo policial, negando pasividad o haber facilitado el 1-O. Aunque admitió la mala relación con el coordinador del operativo de seguridad, insistió en que se habían cumplido los mandatos judiciales y desveló, además de que había alertado a Puigdemont del riesgo de una «desgracia importante» en las calles de seguir adelante con el 1-O, que los Mossos tenían un plan para detener al presidente. 

defensas

Un mando de los Mossos fulmina la coartada de Sánchez. «¿Es testigo de la defensa o de cargo?». Eso se preguntaban los periodistas tras escuchar la declaración de un mando de los Mossos -entonces responsable de la brigada antidisturbios-, propuesto por la defensa y que, sin embargo, reventó la coartada de Jordi Sánchez sobre su papel en la concentración «pacífica» del 20 de septiembre frente a la Consejería de Economía. Aseguró que el líder de la ANC le exigió, «altivo» y «prepotente» que «se largara» y que hizo una llamada (no sabe si al consejero Forn) en la que calificó de «loco» a Trapero -«ha perdido la chaveta»- por enviar a los antidisturbios, exigiendo que fueran retirados. 

tribunal

La paciencia de Marchena. El presidente del tribunal ha reconducido todo tipo de situaciones tensas con puño de hierro en guante de seda: desde intentos de declarar en catalán a emitir opiniones, pasando por tratar de ponerse en la sala una nariz de payaso. «Así vamos mal...», soltó.

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Los momentos estelares del juicio: del renegado Trapero a la paciencia de Marchena