La estrategia de Teherán


El vídeo divulgado ayer por los norteamericanos, y en el que se ve a una unidad naval de la Guardia Revolucionaria iraní retirando una mina del casco de uno de los petroleros atacados el pasado jueves cerca del golfo pérsico, no deja mucho lugar a las dudas. No, no sería lógico pensar que el vídeo sea falso o que se trata de una operación de «falsa bandera» para iniciar una guerra con Irán. Primero, porque no se ha iniciado ninguna guerra. Y, de hecho, la Casa Blanca se ha asustado y no está elevando la tensión más allá de alguna declaración. Segundo, porque el riesgo de verse sorprendidos en una manipulación como esta no compensa a los norteamericanos.

En realidad, la acción de sabotaje sufrida por dos petroleros esta semana, similar a la de hace menos de un mes, tiene lógica dentro de la estrategia iraní. En Teherán están desesperados por las sanciones norteamericanas y el Gobierno cree que su única baza en el conflicto es desestabilizar el tráfico de petróleo en el golfo pérsico para que la comunidad internacional frene a Donald Trump. Es lo que ya hizo hace cuarenta años, durante su conflicto con el Irak de Sadam Huseín, entonces apoyado por los principales países de Occidente.

Si Irán cumpliese su amenaza de cerrar el estrecho de Ormuz, la cosa se pondría, efectivamente, muy fea para las economías occidentales, muy dependientes del petróleo. Hay oleoductos que podrían aliviar las consecuencias del bloqueo, pero su capacidad no supera los 10,5 millones de barriles diarios (por el estrecho de Ormuz cruzan diariamente 60 millones de barriles). Pero, además, esos oleoductos pasan por Irak, el mar Rojo y otros puntos no menos sensibles a las tensiones. El cierre del estrecho, muy probablemente, acabaría conduciendo a una guerra a gran escala.

Pero es altamente improbable que se llegue a ese desenlace. Sería suicida para Irán. E innecesario. La estrategia lógica, y la que parece que está siguiendo Teherán, es otra: pequeños golpes de mano espaciados en el tiempo que no provoquen una guerra ni un colapso del comercio del petróleo, algo que no conviene tampoco a los iraníes, pero que hacen subir el precio del crudo, como ya está ocurriendo (un 4 % en pocas horas). Irán puede, en último extremo, incluso arriesgarse a cerrar el estrecho de Ormuz sin que la economía internacional sufra enormemente, siempre y cuando lo haga tan solo por unos días. Pero lo más probable son acciones puntuales cerca del golfo pérsico, no dentro de él sino en el golfo de Omán y el mar Arábigo.

Esto les permitiría ser más selectivos y acosar únicamente a los petroleros de los países que adopten el programa de sanciones norteamericano. Es, de hecho, lo que da sentido a los extraños ejercicios navales que lleva un tiempo realizando la Marina iraní, y que no son maniobras de bloqueo sino de dispersión en el océano Índico. Los iraníes ya han llevado a sus submarinos Kilo fuera del Estrecho, al golfo de Omán, para que los norteamericanos no puedan detectarlos tan fácilmente,. Y también han empezado a establecer tres nuevas bases en la costa de Makran, una de los cuales, la de Pasabandar, cerca de la frontera de Pakistán, se completó en el año 2017.

Naturalmente, esta concentración de fuerzas hostiles en un entorno reducido puede conducir al desastre en cualquier momento. Pero baste decir que esa no es, por ahora, la intención de ninguno de los bandos.

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