El jurado declara por unanimidad a Ana Julia culpable del asesinato del pequeño Gabriel

Considera probado que la acusada mató al niño de 8 años de forma intencionada y con alevosía, lo que se ajusta al relato de la fiscal, que pide prisión permanente revisable


Almería | Colpisa

Culpable del asesinato de Gabriel Cruz. Ayer, al filo de las 18.30 horas, el portavoz del jurado popular dio a conocer el veredicto contra Ana Julia Quezada y detalló paso por paso el relato de hechos probados que estas siete mujeres y dos hombres consideran como más probable y verosímil sobre lo que ocurrió la tarde del 27 de febrero del 2018 en la finca de Rodalquilar (Almería).

El jurado considera que «de forma intencionada, súbita y repentina», Ana Julia lanzó al niño de ocho años contra «el suelo o pared de la habitación, y tras el impacto, procedió con sus propias manos a taparle la boca y la nariz con fuerza, hasta vencer su resistencia y provocar su fallecimiento».

Asimismo, los testimonios de los psicólogos y de los agentes de la Guardia Civil que participaron en la búsqueda consideran a Ana Julia culpable de un delito de lesiones psíquicas a los padres dado que «quiso y fue consciente de que aumentaba el sufrimiento y menoscababa su salud psíquica».

Por todo ello, la fiscal y la acusación particular reclaman prisión permanente revisable por el delito de asesinato con alevosía, mientras que para las lesiones psíquicas el Ministerio Público pide tres años de prisión en las relativas a Ángel y dos años y nueve meses en el de Patricia, mientras que el letrado de éstos pide tres años por cada uno.

Aunque Quezada confesó la autoría del crimen al ser detenida once días después de la desaparición del niño, el jurado necesitó casi 30 horas de deliberación para poder fundamentar por qué estimaron que, como pedían fiscalía y acusación particular, la muerte de Gabriel Cruz fue un asesinato y no un homicidio imprudente tras un golpe de ira, como reclamó la defensa durante toda la vista oral. «¿Quién puede matar a un niño?», llegó a preguntarse la fiscal en sus conclusiones finales el último día de la vista oral, cuando resaltó la inquina y aversión de la acusada contra Gabriel, el elemento que distorsionaba su relación sentimental porque, tocado tras el divorcio de sus padres, reclamaba pasar más tiempo con su progenitor.

Pillado de improviso

El testimonio de los forenses del Instituto de Medicina Legal (IML) que analizaron el cadáver del menor ha sido fundamental para establecer que el pequeño fue pillado de improviso y sin capacidad de defenderse o reaccionar, y que la mujer empleó una fuerza desproporcionada. El jurado además ha tenido en cuenta como circunstancia agravante la relación de parentesco, ya que Gabriel no podría esperarse un ataque de una persona de su entorno más cercano, la mujer con la que convivía varios días a la semana y que le atendía cuando el padre estaba trabajando.

No habrá aún sentencia, algo que queda de la mano de la presidenta del tribunal, la magistrada Alejandra Dodero, en próximas jornadas.

La Audiencia de Almería abrió el pasado 8 de septiembre el juicio por uno de los crímenes que más conmoción social ha provocado en los últimos tiempos. El proceso se desarrolló durante ocho sesiones hasta el 18 de septiembre en la Sección Segunda de la Audiencia de Almería

Según el escrito de acusación de la fiscala, sobre las 15:30 horas del 27 de febrero del 2018 Gabriel le dijo a su abuela, con la que se encontraba en una casa en Las Hortichuelas mientras Quezada estaba a cargo de sus movimientos, que iba a jugar a casa de sus primos. Solo cien metros separaban ambas viviendas. Pero Quezada interceptó al niño y le pidió que la ayudara a pintar en una finca del padre de Gabriel en Rodalquilar, también perteneciente a Níjar.

Una vez allí, con el niño «totalmente ajeno a la intencionalidad criminal» de su presunta asesina, esta, de forma «súbita y repentina» y con intención de matarlo, lo empujó violentamente contra una pared y después le tapó con las manos la boca y la nariz hasta que lo asfixió y después enterró su cadáver en una alberca. Antes, como el brazo de Gabriel no entraba en el agujero excavado, tomó «un hacha de 70 centímetros y le dio varios golpes», tratando infructuosamente de seccionar el miembro, aunque provocó la fractura del cúbito y radio.

Luego, durante los doce días que duró la búsqueda del pequeño, Quezada se presentó siempre como una mujer compungida por lo sucedido, participó en las labores de rastreo y llegó a colocar una camiseta del niño en una de las zonas que ya habían sido batidas para tratar de despistar a los investigadores.

Sintiéndose vigilada, el 11 de marzo fue a recuperar el cadáver en la finca de Rodalquilar para tratar de hacerlo desaparecer. Lo metió en el maletero de su coche y se dirigió hacia la localidad de Vícar, donde el padre de Gabriel tiene otra vivienda. Pero la Guardia Civil le seguía los pasos y la detuvo, comprobando después que el cuerpo sin vida del niño se encontraba en el maletero del vehículo. Tras negarse a declarar en un principio, Quezada acabó derrumbándose y admitiendo que había causado la muerte del menor.

¿Fue el egoísmo el único móvil de Ana Julia para matar al niño Gabriel?

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«Me llamaba negra, me insultaba». «Venía con un hacha hacia mí. Quiso golpearme, porque siempre me trataba mal. Me defendí y lo ahogué por accidente». «Yo solo quería que se callase. No quería matarlo». Esas frases son algunas de las que formaban parte del relato con el que Ana Julia Quezada intentaba convencer al jurado popular de la Audiencia de Almería formado por siete mujeres y dos hombres de que la muerte del pequeño Gabriel fue «sin querer» y esquivar así la prisión permanente revisable.

Ana Julia llegó pronto a los juzgados. Poco después de las ocho de la mañana del pasado lunes descendía del furgón policial que la trasladaba desde la cárcel. Su imagen era muy distinta a la que se recordaba de los días en los que la búsqueda del niño Gabriel por el entorno del domicilio de su entonces pareja, Ángel. Presentaba el pelo liso, tras ser peinada por otra presa, y aparentaba una serenidad que solo rompía a ratos para soltar unas lágrimas.

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