La China comunista celebra sus 70 años convertida en segunda economía mundial

Xi Jinping, el líder más fuerte desde Mao, presidirá el martes una exhibición de poder. El país deja de ser la fábrica global porque la política del hijo único ha envejecido a la población

Un niño sujeta una bandera en la plaza de Tiananmen en los actos previos al 70 aniversario
Un niño sujeta una bandera en la plaza de Tiananmen en los actos previos al 70 aniversario

Pekín / e. la voz

El 1 de octubre de 1949 Mao Zedong cambiaba la historia de China proclamando la República Popular. 70 años después y desde el mismo lugar, la plaza de Tiananmen, Xi Jinping, el líder más fuerte desde Mao, presidirá la exhibición de poder de la nueva China.

A pesar de los años transcurridos y lo mucho que se ha transformado el país, el retrato de Mao sigue presidiendo la entrada de la Ciudad Prohibida y su cadáver momificado reposa en un mausoleo en la plaza.

Xi Jinping llega al aniversario convertido en un nuevo Mao; ningún líder anterior había reunido tanto poder en sus manos ni se había atrevido a impulsar el culto a su personalidad. Sus pensamientos se han incluido en la constitución y ha eliminado el límite de mandatos que le pueden permitir perpetuarse en el poder. Internacionalmente también es un hombre fuerte, se ha convertido en el defensor del libre comercio y de la globalización.

Se puede decir que la República Popular de China cumple 70 años con los deberes hechos. Se ha convertido en la segunda economía mundial, es una potencia militar y un actor relevante de la comunidad internacional.

A pesar de ello el futuro está lleno de retos y el último año no ha dado muchas alegrías al presidente, que ha visto como la guerra comercial con Estados Unidos, la desaceleración de la economía o la explosión de disturbios en Hong Kong nublan una celebración que se preparaba triunfal. Para este año el objetivo de crecimiento del PIB ronda el 6 % y en el futuro se reducirá. La economía china ya no volverá a crecer al 10 %.

El milagro chino basado en producir barato y atraer inversión extranjera para convertirse en la «fábrica global» ha caducado porque ya no existe esa gran masa laboral que lo hizo posible y porque la política del hijo único ha acelerado el envejecimiento de la población.

El gobierno impulsa la transición hacía un nuevo modelo basado en el consumo interno, los servicios y la apuesta por el desarrollo tecnológico.

Pero la transición no es fácil. La población se tiene que adaptar a que el nivel de vida no mejorará tan rápidamente como en las últimas tres décadas y la movilidad social se estancará. El malestar que puede provocar la ralentización económica es uno de los grandes peligros del futuro. China tiene que afrontar grandes desafíos como la reconversión o el cierre de las empresas estatales deficitarias que traerá consigo millones de despidos. 

Larga batalla con EE.UU.

La guerra comercial desatada por Estados Unidos es un elemento más de desestabilización. Aunque de momento los dos países mantienen abiertas las negociaciones y han congelado algunas subidas de aranceles, el conflicto va camino de convertirse en una larga batalla. Y detrás de los aranceles también hay una guerra por la supremacía tecnológica y un entorno internacional hostil. Un buen ejemplo es el caso de Huawei. Su tecnología 5G es puntera y barata, pero las acusaciones norteamericanas de que se han convertido en un espía para el Gobierno chino son un lastre para su expansión.

Por otra parte, la excesiva contaminación ha sido el costoso peaje que el país asiático ha pagado por el desarrollo, lo cual hipoteca su futuro. Aunque el Gobierno de Xi Jinping es consciente y adopta medidas, el camino será duro. China sigue siendo el principal emisor de CO2 y el carbón tardará en dejar de ser una de sus fuentes de energía.

Las protestas en Hong Kong contra las injerencias de Pekín y a favor de reformas democráticas son otro grave desafío para China, que opta por mostrar firmeza y acabar con las movilizaciones. Pero más represión gubernamental implicará más condena internacional. A todo ello hay que sumar que el conflicto aleja la posibilidad de seducir a Taiwán con una futura reunificación.

Pekín se blinda y engalana para la fiesta del 1 de octubre

Los pekineses se han visto obligados a recurrir a altas dosis de paciencia y mucha ilusión para soportar los preparativos del gran acontecimiento de la fiesta nacional del 1 de octubre. Semanas antes el ritmo de la ciudad ya había cambiado. Los preparativos para organizar un gran acto de masas con sus correspondientes ensayos no son simples ni muy compatibles con las rutinas de una gran ciudad.

Está previsto un día entero de celebraciones. Empezará con una ceremonia en la plaza Tiananmen y un desfile militar por la gran avenida Changan para mostrar el poderío del Ejército chino. Incluirá armas nucleares, misiles balísticos intercontinentales y las últimas novedades, como un dron espía supersónico que ya se ha podido ver en los ensayos. También habrá un desfile con civiles y por la noche fuegos artificiales. En total está previsto la participación de unas 160.000 personas entre soldados y civiles.

Una semana antes del festejo la ciudad ya está preparada. Los edificios en obras se han recubierto con lonas para que nada desentone. Los farolillos rojos y las banderas adornan las principales avenidas. Los jardineros han colocado los arreglos florales con motivos alegóricos del aniversario y frases de Xi Jinping compuestas con macetas en lugares emblemáticos, salidas de metro, centros comerciales o esquinas.

La bandera de la República Popular ondea por todo Pekín, no solo en los edificios gubernamentales, también en las puertas de acceso a los edificios de viviendas. Y por la ciudad se ha desplegado un ejército de voluntarios con brazalete rojo, la mayoría jubilados, para detectar cualquier actividad peligrosa.

La seguridad es una prioridad y desde hace dos semanas se ha prohibido el vuelo de cometas, drones y palomas sobre el centro de la ciudad. Los preparativos para transportar desde carrozas grandes tanques han provocado cortes de calles y el cierre de estaciones de metro por seguridad. También se han cerrado fábricas contaminantes en las provincias colindantes para evitar que un hongo de smog impida que brille el cielo azul sobre el desfile y desluzca los actos.

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