El Eurogrupo ofrece medidas paliativas para la peor crisis de su historia

El veto alemán a compartir la carga económica abre la puerta a una UE con países de primera y de segunda


redacción / la voz

Nunca antes la Unión Europea había tenido que hacer frente a una crisis de esta envergadura. Se ha llevado por delante más de 900.000 empleos solo en España. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que en el conjunto del bloque podrían destruirse 12 millones de puestos de trabajo. Cientos de miles de empresas ya han tenido que bajar la persiana y, lo que es peor, la pandemia se ha cobrado la vida de más de 22.000 europeos. A pesar del drama humano y del coste económico que se avecina, algunos países del euro todavía se aferran al mantra del «riesgo moral» para vetar cualquier esfuerzo colectivo. La consigna de Alemania es clara: que cada país rescate la porción que pueda de su economía. No habrá una factura única. El rechazo a endeudarse bajo el mismo paraguas que sus socios obligó ayer al Eurogrupo a trazar un desdibujado plan de apoyo financiero basado en préstamos y promesas de liquidez más bien escasas. Medidas paliativas para el esfuerzo inmenso que supondrá relanzar de nuevo las economías más afectadas, como la española y la italiana.

¿En qué consiste el plan de rescate?

La ayuda que el Eurogrupo está dispuesto a ofrecer es de ida y vuelta: préstamos. Para poder canalizarlos se podrían abrir tres grifos. El primero es el del Banco Europeo de Inversiones (BEI), que se ofrece a movilizar hasta 200.000 millones de euros si los Estados aportan 25.000 millones en garantías. El segundo grifo es el de la Comisión Europea con su programa SURE contra el desempleo, una línea de préstamos con capacidad para respaldar hasta 100.000 millones de euros. El tercero y controvertido instrumento es el del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), un fondo al que podrán acudir individualmente los países para pedir dinero prestado a cambio de aceptar «unas pocas condiciones», en palabras de la canciller alemana, Angela Merkel.

Su ministro de Finanzas, Olaf Scholz, defendió ayer esta vía para sufragar parte del gasto en el que tendrán que incurrir países como España e Italia para evitar que sus economías se gangrenen. Su munición: 240.000 millones de euros. Una cantidad «insuficiente» para muchas cancillerías, economistas y hasta cargos políticos de la UE. Solo Italia viene de anunciar el mayor plan de estímulos de la historia desembolsando o avalando facturas por 750.000 millones de euros.

¿Por qué ha suscitado tanta polémica?

El resto de socios plantearon ayer alternativas a la simple liquidez y solo obtuvieron portazos como respuesta. España, Francia e Italia capitanean al grupo de países que exigen una mutualización de la deuda como cuarto pilar del plan para sufragar el coste de la reconstrucción. El bautizado como Plan Marshall europeo. Cada uno a su manera. Roma propone eurobonos. París opta por alumbrar un nuevo fondo «extraordinario y temporal» con capacidad para acudir a los mercados en busca de financiación europea más barata. La ministra española de Economía, Nadia Calviño, prefiere una vía intermedia más rápida para sortear las reticencias de Berlín: echar mano del presupuesto europeo como avalista para pedir financiación ilimitada a bajo coste. Todos coinciden en que esta es una crisis no inducida, de la que ningún Gobierno es responsable, así que sobran las «condiciones» que quieren imponer los Países Bajos y se necesita aunar esfuerzos para repartir la carga y evitar hundimientos. «No es aceptable que cada país tenga que hacer frente solo a costes de esta emergencia», señaló ayer la coruñesa, quien se resiste a caer en la trampa del MEDE. La urgencia por colectivizar la deuda es máxima porque cuanto más se postergue la decisión, más cara y lenta será la recuperación.

Para algunos países podría ser una carga imposible de digerir y los elevados costes de la deuda hipotecaría su futuro, abriendo una brecha irreversible en la UE entre países ricos y pobres. Potencias de primera y potencias de segunda. Insostenible para el proyecto europeo. «Lo que nos preocupa es cómo vamos a gestionar la montaña de deuda pública en la que nos vamos a sentar cuando acabe esta crisis, y eso es válido para España, Italia, Alemania, Holanda o Francia», sostuvo ayer Calviño. Los académicos le dan la razón.

¿Por qué Alemania se resiste?

Como ya ocurrió en las crisis del 2008 y 2010, el veto alemán vuelve a ser la gran amenaza. En esta ocasión, Berlín defiende el uso de instrumentos ya disponibles para sufragar las facturas nacionales. Y lo hace argumentando que son igual de efectivos y que necesitaría modificar su Constitución para emitir deuda conjunta. La realidad es que su invocación provoca urticaria en Merkel, quien llegó a asegurar que «no habrá eurobonos mientras yo viva». Berlín no quiere arriesgar su privilegiada calificación crediticia por ayudar a otros socios en problemas. Otra de las razones que están motivando la resistencia de los alemanes es la magnitud de la factura. Berlín prefiere que sean los Gobiernos nacionales los que salgan al rescate de sus economías y reservar todo el colchón fiscal disponible para salvar del incendio a sus sectores estratégicos, que podrán sobrevivir y tomar posiciones para ganar el terreno quemado que dejen sus competidoras europeas.Las razones de los holandeses son similares. Conservan una visión prototípica de los países afectados como derrochadores e improductivos. Obviando el enorme agujero fiscal que han provocado en las Haciendas de sus vecinos con su laxa fiscalidad empresarial y la enorme dependencia que tienen sus exportaciones del mercado interior y de un euro fuerte, el parlamento holandés respaldó el «no» de su ministro de Finanzas, Wepke Hoekstra, a los eurobonos, insistiendo en que es «imprudente e injusto» que todos los países de la UE garanticen «préstamos sin condiciones» a los países del sur, los más afectados por el coronavirus. Una posición criticada incluso por quienes otrora fueron detractores.

La situación es tan crítica, que el Banco Central Europeo (BCE) tuvo que mover filas ayer y aceptar activos de alto riesgo como garantías para bombear más liquidez a empresas y familias. También ha vuelto a aceptar deuda griega en sus balances, dejando claro que la prioridad no es extender pliegos de condiciones sino mantener primero el euro a flote.

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cristina porteiro

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Hace casi una semana que sopló las velas por su sexagésimo tercer cumpleaños con el poco aliento de vida que aún conserva. El contagio la ha dejado postrada en la UCI. Apenas se mantiene en pie. Como muchos otros enfermos, arrastra patologías previas y aunque ha sobrevivido a muchos avatares, los expertos empiezan a dudar de que pueda salir adelante: «Debemos organizar un mecanismo de solidaridad a nivel europeo. Si se falla, la eurozona estará en peligro», alertó la semana pasada el economista belga de la London School of Economics, Paul De Grouwe, quien considera «aterrador» el discurso que están blandiendo las autoridades holandesas, empeñadas en invocar los «riesgos morales» para no compartir el coste de la reconstrucción. El desprecio y la inhumanidad con la que han despachado a sus socios italianos y españoles han sembrado una semilla de rencor y euroescepticismo que será difícil de extirpar si no se toman medidas audaces y rápidas. Hay tiempo para enmendar el daño, pero no está claro que haya voluntad.

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