Un médico de urgencias del Chuac confeccionó un colaje con las miradas de sus compañeros
17 may 2020 . Actualizado a las 14:00 h.Tras las mascarillas no siempre se les reconoce. Pero sus ojos, hoy más empañados que antes de que todo se volviera increíble, quizá son los últimos en los que se vieron muchos de los que un enemigo invisible arrancó de nuestro lado. Podrían trabajar en cualquier hospital de un mundo secuestrado por el coronavirus, pero lo hacen en A Coruña. Reflejo de una vocación sin la que la vida se rendiría al desamparo, en medio de esta incierta batalla ante lo desconocido se les robó un minuto más de sus días sin tregua para tratar de saber algo más de lo que solo ellos, frente a frente, han vivido.
¿Qué no olvidará de lo que ha visto? ¿Qué tendríamos que ver los que no estamos en primera línea? Fotografiados o no por uno de los médicos de urgencias del Chuac, sus miradas en la lucha, y también de esperanza, traspasan las palabras de una veintena de compañeros de fatiga y ahogos. Quizá, casi seguro, es el sentir de miles de ojos anónimos ante la implacable realidad.
Para el autor del póster, Benito Castro, la «preocupación en calma tensa» del personal y «la soledad y el miedo en silencio de los pacientes» sintetizan lo imborrable. Que debería serlo también para los que vemos la pandemia con el filtro de la distancia.
«Nunca olvidaré el miedo en los ojos de la gente», dice Beatriz García. «Y verlos morir solos», añade. Enfermera, resume las imágenes para un álbum de lo que a nadie le gustaría presenciar y, sin embargo, le ha quedado grabado. Son instantes a compartir, como los de los muchos capaces de sobreponerse a sus propios miedos «para acercarse a consolar y cuidar».
El silencio
«El hospital con pasillos, consultas, cafeterías vacías y un silencio que rompe el corazón», describe la neumóloga Carmen Montero de una atmósfera cruzada por personas «que no dan crédito» a lo que está pasando. Eso recordará. Lo cuenta para quienes, desde fuera, tampoco hemos visto la crudeza de un final sin los de uno: «Los profesionales se acercan con el rostro tapado y le dan una mano cubierta con un guante. Al teléfono, una familia que espera, que no deja de agradecer el esfuerzo y que nos cuenta la muerte de otro ser querido...». «No olvidaré la sensación de vulnerabilidad», agrega la trabajadora social Luz Campello, para quien esta crisis debería mostrar «la necesidad de sentirnos acompañados cuando nos vamos de esta vida».
Miedo, sin duda, es la palabra. «Pánico en algunos casos», incide Chus Rodríguez, médica de primaria. «En las miradas de la gente mayor y en los compañeros», añade su colega, Susana Santos. Un flash que Fernando Lamelo, de hospitalización a domicilio, centra en «el primer día que entramos en una residencia con muchos positivos». Allí, tembló con la fragilidad en el semblante emocionado «de los abuelos al vernos con los equipos de protección», y también con el esfuerzo de los cuidadores.
Lo confirma Manu Porteiro, que sondeó al batallón de enfermería de Reanimación: «La mitad no olvidarán el miedo, del personal y sobre todo de los ingresados». Como tampoco el impacto de «ver a todos los pacientes en decúbito prono» (boca abajo) o el saludo con el codo, icónico gesto del compañerismo frente a la amenaza. Y eso mismo les gustaría que se viese, junto a la pelea por cada enfermo y las dificultades. «Sangre sudor y gloria», dijo uno de los pegados a los que peor están.
Pacientes que mueren solos
Todo el mundo tendría que sentir «el miedo en la mirada de las personas, y me refiero a pacientes y personal», insiste José Manuel Fandiño desde urgencias. Él siempre tendrá presente «la unión de la sociedad» ante la emergencia. «Todos éramos uno, el hombre vuelve a ser miembro de su tribu», valora este médico sobre «el orgullo, bien entendido, de ser lo que somos».
En la planta de infecciosos, la doctora Pilar Vázquez recordará la angustia de tener que «abrir una planta para covid al día», y compartiría con todos «la crueldad de la enfermedad: pacientes que mueren solos, el desconocimiento con el que nos enfrentamos y la sensación de vivir en una pesadilla».
Tampoco al ucista David Freire le sale de la cabeza «como llegaban pacientes tan graves de forma continua y la sensación de que no podíamos hacer nada para pararlo». Habla de la amargura de no poder cambiarlo, no contar con una cura efectiva y, de nuevo, de la soledad confinada y «saber que una vez que un paciente ingresa en la uci, puede ser la última vez que lo vea su familia».
Comparte el infectólogo Enrique Míguez esa impotencia, el adiós sin despedidas y el aislamiento como vivencias instaladas, pero también ve memorable «la velocidad» de la ciencia para buscar respuestas. «La capacidad de adaptación del ser humano en su lucha por la vida» ha marcado a Montserrat Cendán, enfermera de primaria, y cree que nadie debería perderse el «respeto y confianza en los que saben» y la capacidad para «asumir con humildad el desconocimiento».
«Nunca olvidaré el amor a la profesión de mis colegas, su entrega por la salud de la comunidad», recalca Belén Iglesias, médica de la Casa del Mar. Quisiera que se viese «el espíritu de equipo sin barreras, estamentos ni niveles... y la solidaridad» que respira ahora desde el albergue para sintecho en Riazor. Al internista Fernando de la Iglesia también le quedará grabado en la memoria «la generosidad, entrega y profesionalidad» del colectivo, y cree que debería trascender «la fuerza de los ojos de un paciente mostrando confianza y agradecimiento».
Todas y cada una de las altas
Que todos disfrutasen de «todas y cada una de las altas» es el deseo del enfermero Enrique González, que también reivindica para el recuerdo «la solidaridad y responsabilidad» de los sanitarios. De un escenario de «extraordinaria incertidumbre», la anestesista Marta López se queda con la «extraordinaria profesionalidad» y reparte blanco y negro sobre lo que no debería quedarse solo en el frente: «El pánico en los ojos del paciente que ingresa y la alegría en los ojos de todos cuando se va de alta». De igual forma, será difícil para la preventivista María José Pereira borrar la imagen «del desconsuelo ante las pérdidas», pero también la de «la emoción colectiva ante la curación». En justicia, cree que debe visibilizarse la suma de días sin descanso «ni físico ni psíquico» de un personal capaz de adaptarse «al cambio continuo».
«La cercanía y el cariño con el que tratan a los enfermos» es una de las cosas que, en opinión de Esther Gago, enfermera de la uci, debería verse en el exterior junto a «la valentía y el compromiso» de los trabajadores. Lo sabe bien Mónica Pérez, enfermera de Oncología, que ha visto a gente «ofreciéndose a cubrir turnos o dejar sus propias casas a compañeros con familiares de riesgo» Ella no lo olvidará, como tampoco «la emoción de los pacientes cuando reciben una carta o un dibujo» o las mil gracias que escucha cuando alguien puede regresar al calor de los suyos. Con todo eso y más, y entre tanto dolor colectivo, una promesa: «Vamos a salir reforzados como profesionales, como equipo y como personas».
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