Un desastre inusual en salud mental

Jacob Stern

ACTUALIDAD

María Pedreda

Un tercio de los estadounidenses padecen ansiedad y casi el 25% tienen signos de depresión. El covid-19, a diferencia de un terremoto o incendio, genera más inquietud porque es invisible

19 jul 2020 . Actualizado a las 09:47 h.

 La pandemia del SARS desgarró a Hong Kong como si fuera una tormenta de verano. Llegó de manera abrupta, golpeó fuerte, y luego desapareció. Solo tres meses separaron la primera infección, en marzo del 2003, de la última, en junio del mismo año. Pero el sufrimiento no terminó cuando la cuenta de casos llegó a cero. En los siguientes cuatro años, científicos de la Universidad China de Hong Kong descubrieron algo inquietante. Más del 40% de los supervivientes al SARS tenían una enfermedad psiquiátrica activa, entre las más comunes, el estrés postraumático o la depresión. Algunos sentían frecuentemente dolores psicosomáticos. Otros se habían vuelto obsesivos compulsivos. Unos resultados «alarmantes». 

La devastadora irrupción del nuevo coronavirus en los Estados Unidos y en otros países ha superado por mucho tiempo la marca de los tres meses y, según muestran todos los indicios, no terminará pronto. Si el SARS puede tomarse como ejemplo, los efectos secundarios sobre la salud durarán más que la propia pandemia.

Según Census Bureau, un tercio de los estadounidenses ya está padeciendo ansiedad severa, y cerca de un cuarto muestra signos de depresión. Una encuesta reciente, realizada por la fundación Kaiser Family encontró que la pandemia ha afectado negativamente la salud mental de un 56% de los adultos. En abril, los mensajes que llegaron a una línea de emergencia en salud mental aumentaron un 1.000 % con respecto al año anterior. La situación es particularmente grave para ciertos grupos vulnerables, como los trabajadores de la salud, los pacientes de covid-19 con casos severos, o las personas que han perdido a sus seres queridos, que enfrentan un riesgo significativo de padecer un trastorno de estrés post traumático (TEPT). 

En cierto punto, esto era de esperarse. La depresión, la ansiedad, el estrés post traumático, el abuso de sustancias, el abuso de niños y la violencia doméstica casi siempre aumentan tras los desastres naturales. Y el coronavirus ha sido una catástrofe similar a cualquier incendio o inundación. Pero también una muy diferente. «El tipo de desafíos de salud mental asociados con el covid-19 no son necesariamente los mismos que, por ejemplo, el manejo genérico del estrés o las intervenciones de incendios forestales», asegura Steven Taylor, psiquiatra de la Universidad de Columbia Británica y autor de La psicología de las pandemias. «Es muy diferente en aspectos clave».

La mayoría de las personas presentan una actitud resiliente después de los desastres naturales, y solo un pequeño porcentaje desarrolla enfermedades crónicas. Pero, en países con una gran cantidad de población, pequeños porcentajes se convierten en grandes números cuando se traducen en términos absolutos. En el caso particular de EE.UU., con 328 millones de habitantes, el problema es aún más grande si se tiene en cuenta que, incluso en circunstancias normales, menos de la mitad de los millones de adultos que padecen enfermedades mentales reciben tratamiento. Una ola de estrés psicológico, única en cuanto a su naturaleza y proporciones, está afectando a un sistema de salud mental ya destartalado, y por el momento, según Taylor: «No estamos bien preparados en absoluto».

La mayoría de las catástrofes naturales afectan ciudades o estados, ocasionalmente regiones. Incluso después de un huracán, la normalidad se reanuda a unos cientos de kilómetros de distancia. Pero en una pandemia, eso no sucede, explica Joe Ruzek, un investigador de TEPT de la Universidad de Stanford y la Universidad de Palo Alto: «En esencia, ya no hay zonas seguras».

Como resultado, afirma Ruzek, ciertos principios clave en la respuesta a estos casos, ya no se sostienen. Las personas afectadas no se pueden congregar para obtener ayuda. Los trabajadores psicológicos de primeros auxilios no pueden ir en busca de los afectados. Una pandemia, a diferencia de un terremoto o de un incendio, es invisible, y ello produce aún más ansiedad. «No puedes verla, no puedes probarla, simplemente no sabes nada de ella. Miras afuera, y todo parece estar bien», explica Charles Benight, profesor de psicología en la Universidad de Colorado, especializado en la recuperación post-desastres naturales. 

De la incertidumbre espacial proviene la incertidumbre temporal. Si no podemos saber dónde podemos estar seguros, tampoco podemos saber cuándo estaremos seguros. Cuando termina un incendio forestal, las llamas disminuyen y el humo desaparece. «Tienes un evento y luego tienes un proceso de reconstrucción que está demarcado», dijo Benight. Pero las pandemias no respetan límites claros: aparecen en oleadas, menguando y fluyendo, desdibujando la crisis hacia la recuperación. 

Esa ambigüedad podría dificultar que las personas sean resilientes. «Es como correr por un campo para anotar un gol, y que a cada 10 yardas muevan la meta», explica Benight. «No sabes cuál es tu objetivo». En este sentido, alguien que lucha con los efectos psicológicos de una pandemia se parece más a una víctima de violencia doméstica que todavía vive con su abusador, o a un soldado traumatizado que todavía está desplegado en el extranjero, agregó Ruzek. Los profesionales de la salud mental no pueden asegurarles que el peligro ha pasado porque el peligro no ha pasado. Esto lleva a entender por qué, en una encuesta realizada en mayo por investigadores de la Universidad de Chicago, el 42% de los encuestados informó haberse sentido desesperado al menos un día en la última semana.

Buena parte de esta incertidumbre es inevitable. Las pandemias, después de todo, son confusas. Pero los mensajes coordinados, sensatos y honestos tanto de funcionarios gubernamentales como de los expertos en salud pública, habrían ayudado a calmar la ansiedad indebida.

Pese a todo lo bien que ha actuado la OMS para intentar contener el virus, sus comunicaciones sobre la crisis han sido un tanto enredadas. El mes pasado, un funcionario de la OMS afirmó que la propagación asintomática del virus era «muy rara», solo para aclarar al día siguiente, después de un aluvión de críticas de expertos externos de salud pública, que ese dato aún era desconocido. En febrero, los funcionarios de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades dijeron a los ciudadanos que debían prepararse para «una grave interrupción de la vida cotidiana». Solo unos días después, afirmaron que «las personas necesitaban continuar con sus vidas normales», y durante los siguientes tres meses, se llamaron a silencio. Los expertos en salud tampoco están exentos de culpa: sus primeros consejos sobre las mascarillas fueron «un estudio de caso sobre cómo no comunicarse con el público», escribió Zeynep Tufekci, profesor de ciencias de la información en la Universidad de Carolina del Norte.

«La marginación política y social puede exacerbar los impactos psicológicos de la pandemia», afirma por su parte Monica Schoch-Spana, antropóloga médica del Centro Johns Hopkins. Schoch-Spana ha escrito anteriormente sobre la pandemia de gripe de 1918 y, últimamente, la gente le pregunta cómo se compara con el coronavirus. Siempre se apresura a señalar una diferencia crucial: cuando la gripe surgió en EE.UU. al final de un brutal invierno, la nación se estaba movilizando para la guerra. Entonces la unidad relativa prevaleció, y había en el aire un espíritu de autosacrificio colectivo. En ese momento, Estados Unidos debía lidiar con sus enemigos. Ahora lidiamos con nosotros mismos.

Una cosa que es segura sobre la pandemia actual es que no se está haciendo lo suficiente para abordar sus efectos sobre la salud mental. Por lo general, afirma Joshua Morganstein, de la Asociación Americana de Psiquiatría, el daño que un desastre causa a la salud mental termina costando más que el daño a la salud física. Sin embargo, actualmente se está destinando a la salud mental una ínfima parte del presupuesto destinado a paliar los efectos del coronavirus.

Sin embargo, sin estudios amplios y sistemáticos para evaluar el alcance del problema, será difícil determinar con precisión la cantidad adecuada de financiamiento o dónde se necesita ese financiamiento. «Los gobiernos están arrojando dinero a este problema en este momento sin saber realmente qué tan grande será el problema», indicó Taylor. Aun así, los principios básicos serán los mismos. Los especialistas en salud mental en caso de desastres a menudo hablan de cinco elementos centrales en la intervención: calma, autoeficacia, conexión, esperanza y sensación de seguridad, y estos se aplican ahora tanto como siempre. 

«Hay ciertas acciones que podemos tomar, basadas en lo que hemos aprendido sobre qué ayuda a las personas con trastorno de estrés post traumático, con depresión o ansiedad, pero habrá que hacer ajustes», asegura Patricia Watson, psicóloga en el Centro Nacional para TEPT. «Es una danza diferente a la que hemos aplicado a otros tipos de desastres».

En cualquier caso, el alcance total de las consecuencias no se conocerá hasta dentro de algún tiempo. Los trastornos psicológicos pueden desarrollarse lentamente y, como resultado, la demanda de atención de salud mental puede aumentar incluso cuando la pandemia disminuye. «Si la historia es un indicador», asegura Morganstein en relación con el covid-19, «deberíamos esperar una cola significativa de efectos sobre la salud mental, y estos podrían ser extraordinarios». A Taylor le preocupa que el virus cause aumentos significativos en el trastorno obsesivo compulsivo, la agorafobia y la germafobia, sin mencionar los posibles efectos neuropsiquiátricos, como el síndrome de fatiga crónica.

El coronavirus también puede cambiar la forma en que pensamos sobre la salud mental en general. Tal vez, dice Schoch-Spana, la prevalencia de afecciones psicológicas relacionadas con la pandemia tendrá un efecto desestigmatizador. O, por el contrario, puede que arraigue aún más ese estigma: todos sufrimos, así que, ¿no podemos simplemente superarlo? Quizás la crisis actual provocará un replanteamiento del sistema de atención de salud mental. O tal vez simplemente lo diezme.

En 2013, reflexionando sobre el décimo aniversario de la pandemia del SARS, los periódicos en Hong Kong describieron una ciudad marcada por la peste. Cuando el covid-19 llegó allí siete años después, lo hicieron nuevamente. El SARS había traumatizado a la ciudad, pero también la había preparado. Las mascarillas se habían convertido en algo común. La gente usaba pañuelos para presionar los botones del ascensor. Los espacios públicos fueron desinfectados una y otra vez. En Nueva York, el covid-19 ha matado a más de 22.600 personas; en Hong Kong, una metrópoli de casi el mismo tamaño, ha matado a siete. La ciudad ha aprendido de sus cicatrices.

Este artículo fue publicado originalmente en Theatlantic.com. © 2020. Todos los derechos reservados. Distribuido por Tribune Content Agency. Traducción, Lorena Maya