Julián Casanova: «A Juan Carlos I se le dio una aureola de santidad y de sacralización, se le permitía todo»

«En el 23F hizo lo que tenía que hacer, incluso por supervivencia familiar y de la propia monarquía», dice este catedrático de Historia Contemporánea


Madrid

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, Julián Casanova (Valdealgorfa, Teruel, 1956) es autor de libros como República y guerra civil, Historia de España en el siglo XX (junto a Carlos Gil Andrés) o España partida en dos. En septiembre se publicará Una violencia indómita. El siglo XX europeo.

—¿Tuvo Juan Carlos I un papel tan extraordinario en la Transición?

—Al margen de las opiniones políticas, es un rey que lo establece como legado la dictadura, eso no hay que ocultarlo nunca. Viene de la dictadura y transita hacia la democracia. Tiene un papel importante en la Transición, no extraordinario, sino el que se le pide a un rey que quiere ser demócrata, y que todo lo que hace es porque va acompañado de dos élites, una que viene del franquismo y otra de la oposición, que deciden llegar a una sociedad democrática, y con un sector importante de la sociedad civil que la ha reclamado a través de conflictos y luchas. No es el piloto del cambio, como se le ha llamado, pero desempeña un papel importantísimo en una sociedad que sale de una dictadura con unas élites del franquismo que quieren transitar, y unas élites de la oposición que no quieren la revolución, sino llegar a una sociedad democrática.

—Pero también hubo una fuerte oposición a la democratización de sectores militares, de lo que se llamó «búnker» franquista y de una administración que provenía del franquismo.

—Sí, hubo fuertes obstáculos que provienen del ejército y de las élites franquistas, que nunca se depuraron en la justicia y la administración. Pero a partir de ahí se construye una imagen de que, en realidad, él ya venía preparando la democracia antes de la muerte de Franco.

—El hecho es que España pasó de una dictadura a una monarquía constitucional.

—Fue algo extraordinario en Europa. A la altura de los años 70 ninguna sociedad europea restauró la monarquía. Al contrario, la griega desaparece. Es tan extraordinario que hubiera una monarquía nueva que necesitaba el elogio.

—¿Se exageraron los elogios por su papel en la Transición y en el golpe del 23F?

—A partir de ahí, el rey entra en una dinámica en la que solo recibe elogios. Se le permite todo y se oculta que fue designado por Franco, en una operación de lavado del pasado que se mantuvo durante al menos 30 años de democracia. Había que protegerlo y se le da una aureola de santidad y sacralización y se vio impune ante absolutamente todo. Desde ese punto de vista hay una diferencia abismal con otras monarquías democráticas, aunque eso no quiere decir que estas no tengan problemas.

—Cuando paró el golpe del 23F, Juan Carlos I se consolidó definitivamente.

—Como historiador sé que él tiene sobre la mesa dos opciones. La primera, actuar como su cuñado, Constantino de Grecia, que suponía el fin de la monarquía para siempre, porque un apoyo a un golpe de Estado con el capitalismo de entonces y una sociedad abierta como empezaba a ser la española, no habría durado, aunque habría corrido la sangre. Y la segunda, poner firmes a los golpistas y aceptar la democracia. Tuvo esas opciones y escogió la segunda porque, en mi opinión, tuvo el peso de la historia y de la familia muy presentes. ¿Qué hizo? Pues lo que tenía que hacer un rey democrático, como durante la transición de la dictadura a la democracia. No hizo lo que le habría condenado a él y a la monarquía española a un fracaso histórico, porque no habría vuelto nunca. A partir de ahí cada uno tendrá sus opiniones, pero creo que cualquier rey a la altura del año 1981 que quisiera ser democrático habría actuado como lo hizo él. Se dijo que fue extraordinaria su visión, pero hizo lo que tenía que hacer, incluso por supervivencia familiar y de la monarquía, porque de no haber hecho esto, en contra de lo que la gente cree, hubiera desaparecido para siempre.

—Pero fue dilapidando el enorme prestigio ganado en la Transición y con el 23F.

—La fase final, partir del 2010 y de la abdicación, es muy dura, lo que en otros países habría provocado una crisis profunda aquí se solucionó con una transición hacia su hijo, protegido de nuevo por los poderes fácticos y los medios de comunicación.

—¿Cuál es el balance entonces?

—Es una monarquía que cumple un papel muy importante en esa transición de una dictadura larguísima a una democracia. Pero más allá de eso, todo lo demás son elogios desproporcionados que ni son ciertos ni hubieran tenido que producirse. Y fue un rey al que se le permitía todo. Así, por ejemplo, le regalaron un yate, el Fortuna, que costó 3.500 millones de pesetas del año 2000 (unos 21 millones de euros), que pagaron el Gobierno de Baleares y empresarios, y no pasó nada.

—¿Cómo cree que pasará a la historia?

—En contra de lo que la gente cree, la historia no juzga nada, esa frase grandilocuente de que solo la historia le juzgará es falsa. Los historiadores nunca nos planteamos que esto es una sala de un juicio donde se emite un veredicto. La historia lo que tiene que establecer es cómo actuaron los personajes del pasado y por qué. En este caso, valorar por qué extraordinariamente viene una monarquía a España en los años 70, cuando nunca había vuelto una monarquía en Europa después del 1945, por qué desempeñó ese papel tan importante en un país en el que no había habido una depuración, una desfranquización, que es un tema clave para explicar la monarquía, por qué hay una construcción de elogios respecto a la monarquía, en la que participan los políticos, las oligarquías y los medios de comunicación, que sacralizan a una persona al final del siglo XX, cuando lo que hay que hacer es desacralizar todo. Y cuando aquello no sale bien, porque esa sacralización nunca puede salir bien, se derrumba y es un derrumbe también extraordinario. La abdicación no es porque venga el hijo detrás o porque la república venga detrás. Es por una corrupción profunda, que no solo le afecta a él, sino a parte de su familia. Desde ese punto de vista hay que analizar la historia. Lo otro es un uso político.

—Y ahora parece reabrirse el debate monarquía-república.

—También estoy en contra de los que sacralizan la república como una especie de ideal frente a la monarquía, eso es una cosa de los años 30, pero en el siglo XXI lo que hay que hacer es mirar dónde está la democracia. Hay monarquías democráticas y repúblicas menos democráticas. Lo que hay que valorar es lo que nos pasó a nosotros y no decir es que en las repúblicas también hay corrupción.

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