Paul Preston: «La marcha de España de Juan Carlos I ayuda más que daña a la monarquía»

Catedrático de Historia Contemporánea Británica y autor de la biografía de referencia sobre el rey emérito, Preston cree que en la Transición, Juan Carlos de Borbón «hizo lo que tenía que hacer para asegurar el trono, y eso benefició al pueblo español»


Madrid

«La excusa formal es que lo hace en bien de la monarquía, porque las investigaciones en curso y su presencia en España la están dañando. Yo supongo que lo hace por eso», asegura Paul Preston desde su casa de Londres sobre la decisión del rey emérito de abandonar el país. «Al punto al que ha llegado la situación, su decisión de marcharse ayuda más que perjudica a la monarquía», concluye. Especialista en la Segunda República, la Guerra Civil, el franquismo y la Transición, Preston (Liverpool, 1946) es autor de la biografía de referencia de Juan Carlos I, que no abarca el período posterior a su abdicación. En el capítulo final de su último libro, Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días. Corrupción, incompetencia política y división social (Debate), completa su visión sobre el rey emérito, que pasó de «héroe nacional» a menoscabar la institución monárquica. Preston es autor además de biografías de Francisco Franco y Santiago Carrillo.

—¿Le ha decepcionado el rey Juan Carlos I?

—Por supuesto que lamento que una persona a quien he admirado tanto haya hecho cosas que desdoran muchísimo su imagen y que son injustificables. Me ha entristecido y defraudado, pero no se puede juzgar retrospectivamente lo bueno que hizo antes. Y sigo pensando que contribuyó de forma muy positiva y loable a la construcción de la democracia en España, ya que jugó un papel absolutamente clave. Luego, las cosas que se han revelado en los últimos años son lamentables. Me ha entristecido mucho y me ha defraudado, pero no cambia mi opinión del inmenso servicio que hizo a la construcción de la democracia. Jugó un papel muy importante tras la muerte de Franco, controlando a las Fuerzas Armadas, que eran contrarias a la Transición a la democracia, y facilitó el entendimiento de las fuerzas aperturistas del franquismo con la izquierda. Tras el 23F y las elecciones de 1982, jugó el papel de jefe de Estado neutral, de rey constitucional y de embajador internacional del país y todo eso lo hizo muy bien. Los escándalos de los últimos años han manchado su imagen.

—¿Qué le parece que la Fiscalía del Tribunal Supremo haya decidido investigar al rey emérito por delito fiscal y blanqueo?

—Si hay indicios de que se han cometido actos ilegales después de su abdicación, se han de investigar. No puedo prejuzgar si las acusaciones tienen fundamento o no, pero por supuesto que se deben investigar los actos supuestamente ilegales, sea quien sea que los haya cometido. Si me hubiera hecho la misma pregunta sobre el príncipe Andrés, al que han acusado de pedofilia, le diría lo mismo.

—¿Cree posible que veamos al rey emérito en el banquillo siendo juzgado?

—No soy experto en jurisprudencia española, pero me extrañaría que no se encontrase alguna forma de evitar eso. Pero quién sabe. Como le he dicho muchas veces, yo bastante tengo con el pasado, no me haga predecir el futuro.

—¿Usted cree que hubo un pacto de silencio para ocultar las actividades sospechosas del Rey?

—Si hubo un pacto, a mí no me incluyeron. Usted es periodista y tendrá mejor información que yo.

—Estos escándalos que están afectando a su padre en los últimos años, ¿pueden salpicar a Felipe VI y a la institución monárquica?

—Es más que posible, porque desdoran la institución monárquica. Depende de su comportamiento y su capacidad de actuar como una persona totalmente limpia y que se dedica a los intereses de todos los españoles. Y con eso me refiero a su actitud hacia el problema catalán, porque es munición para los republicanos. El gran desafío para la Casa Real es mantener su neutralidad política. La única justificación de dejar que la jefatura del Estado la ostente una familia real, y lo digo tanto para mi país, Gran Bretaña, como para Suecia, Dinamarca o España, es ser totalmente neutral.

En Un pueblo traicionado, Paul Preston sitúa la cacería de Juan Carlos I en Botsuana, en abril del 2012, como el momento clave de la caída en picado de su imagen. Fue cuando se destapó su relación con la empresaria Corinna zu Sayn-Wittgenstein y cuando, destapado aquel escándalo, salió en público a disculparse. Aquello pareció un punto de no retorno. «En el contexto de la crisis económica, con un paro superior al 25 % en España, la ausencia del rey de España por estar en un safari y con una relación adúltera causó un tremendo daño a su popularidad», señala este historiador. Para Preston, Juan Carlos I «había dilapidado el enorme capital político que había acumulado entre 1975 y 1982». El caso Urdangarin, con la condena a su hija y a su yerno, debilitó aún más a la monarquía.

—Tras conocer lo que se ha sabido en los últimos años sobre los negocios privados del anterior rey, entre otras cosas las presuntas comisiones que cobró o los 65 millones que dio a Corina, ¿escribiría de la misma forma su biografía, cambiaría algo?

—Toda la primera parte del libro que trata de su formación, su niñez y su adolescencia lo dejaría tal cual. La parte sobre su papel durante la Transición, que a mí me sigue pareciendo muy positiva, también la mantendría. Si yo digo que jugó un papel heroico no es porque piense que tenía vocación de héroe, sino que hizo lo que tenía que hacer para asegurar el futuro de su familia en el trono, pero al hacerlo mostró coraje y eso benefició muchísimo al pueblo español. Evidentemente, la última edición de mi biografía se publicó antes de la abdicación y ya hablaba de sus últimas actuaciones, pero faltaban cosas, En mi último libro, El pueblo traicionado, lo trato con mucho más detalle. Esa última parte de la biografía la cambiaría para añadir mucha información nueva en la línea de lo que expongo en ese libro.

—¿Por qué cree que alguien como Juan Carlos I habría tenido que ir acumulando una gran fortuna?

—Esa pregunta me la hago no solo sobre Juan Carlos, sino también sobre todos los que salen en mi libro El pueblo traicionado. Lo mismo, por ejemplo, que los futbolistas, cuánto dinero puede gastar una persona, cuántos coches puede conducir, cuántas casas necesita. ¿Cuál es la razón de la codicia humana? Esa pregunta hay que hacérsela a un psicólogo y ver caso por caso. Creo que el que tiene esa codicia está intentando compensar alguna deficiencia de su niñez, pero no soy psicólogo.

Las grandes claves de un reinado fecundo

Fernando Ónega
El rey, durante su intervención en TVE que permitió el fin del golpe de estado del 23 de febrero de 1981, el punto clave de su mandato
El rey, durante su intervención en TVE que permitió el fin del golpe de estado del 23 de febrero de 1981, el punto clave de su mandato

La Jefatura del Estado, desde dentro

Está claro que Franco quería que le sucediera un rey en la Jefatura del Estado. Si no lo quisiera, no habría hecho la Ley de Sucesión. Está claro también que siempre quiso seguir la línea dinástica. Si no lo quisiera, no habría convencido al conde de Barcelona de que enviase a su hijo Juan Carlos a formarse en España. Y está claro que tenía que truncar esa línea dinástica, porque a don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, que hacía proclamas democráticas y antifranquistas desde Estoril, no lo podía ver ni en pintura. La solución de Franco fue traer a España al niño Juan Carlos con diez años de edad y aventurarse a dirigir su educación, primero en la finca Las Jarillas de Madrid, más tarde en la Universidad y finalmente en la Academia Militar de Zaragoza. No quería hacer un Franco-bis, porque sabía que era imposible, pero sí quería garantizar la mayor continuidad con un heredero que, cuando menos, no desmontara un régimen que, a su juicio, había sido providencial para España.

Seguir leyendo

Comentarios

Paul Preston: «La marcha de España de Juan Carlos I ayuda más que daña a la monarquía»