Putin y Lukashenko se reúnen el  lunes a orillas del mar Negro para redefinir sus relaciones

Los dos líderes celebran su encuentro mientras la revuelta en Bielorrusia sigue adelante

Decenas de miles de manifestantes avanzaron pacíficamente este domingo hacia el centro de Minsk en una nueva marcha de protesta contra Lukashenko
Decenas de miles de manifestantes avanzaron pacíficamente este domingo hacia el centro de Minsk en una nueva marcha de protesta contra Lukashenko

Moscú / Colpisa

Tras un nuevo domingo de multitudinarias movilizaciones en Bielorrusia contra Alexánder Lukashenko, durante las que se han vuelto a practicar centenares de arrestos, el presidente bielorruso será este lunes recibido en la ciudad balneario de Sochi, a orillas del mar Negro, por su homólogo ruso, Vladimir Putin. Ambos dirigentes pretenden redefinir un nuevo marco de relaciones entre su respectivos países sobre el fondo de unas inéditas protestas que duran ya más de un mes.

La idea de este acercamiento partió de Lukashenko, que, desde el comienzo de la crisis ha hablado por teléfono con Putin media docena de veces. Hasta antes de las elecciones presidenciales del pasado 9 de agosto, tachadas de «fraudulentas» por la oposición bielorrusa, las relaciones entre Moscú y Minsk no eran tan buenas. Lukashenko denunció un intento de conspiración orquestado por el Kremlin, que empleó, según él, un contingente de 33 combatientes del grupo mercenario ruso Wagner enviado a Bielorrusia para «desestabilizar» la situación en el país en la víspera de los comicios. Pero cuando en la misma noche del 9 de agosto la gente salió indignada a la calle para protestar por el pucherazo y Occidente recriminó de forma general y unánime la actitud del déspota bielorruso, este decidió echarse en brazos de Putin como único recurso para garantizarse un apoyo que impida su derrocamiento.

El líder ruso, que lleva años tratando de conseguir un mayor control sobre el país vecino, tanto en lo político como lo económico, detectó enseguida su gran oportunidad. Lo primero que hizo fue prometerle a Lukashenko el envío de un contingente de fuerzas policiales a Bielorrusia, «si la situación se descontrola». Después, el pasado día 2 de septiembre, se reunieron en Moscú los ministros de Exteriores de ambos países, Serguéi Lavrov y Vladimir Makéi, y, al día siguiente, viajó a Minsk el jefe del Gobierno ruso, Mijaíl Mishustin, con varios ministros para hablar de los asuntos pendientes, empezando por la vieja idea de materializar el inconcluso «Estado unitario», siguiendo con las cuestiones no resueltas de ámbito energético y terminando con la refinanciación de la deuda que Minsk tiene contraída con Moscú.

El resultado del encuentro de este lunes entre Putin y Lukashenko, que coincide con el comienzo de unas maniobras conjuntas en Bielorrusia de los dos países, denominadas Fraternidad eslava contra el terrorismo y que durarán hasta el día 25, es una incógnita y pocos se han aventurado a hacer vaticinios. Podrían anunciar una serie de medidas concretas hacia la integración de ambos países, limitarse a avanzar en los problemas irresueltos y postergados sucesivamente o presentar la reunión como un intercambio de puntos de vista y un paso intermedio hacia un proceso negociador más amplio y dilatado en el tiempo.

Aunque ahora está más contra las cuerdas que nunca, Lukashenko ya ha demostrado en el pasado que sabe maniobrar ante la potencia avasalladora de su gran vecino eslavo. La última vez que estuvo en Sochi, el pasado mes de febrero, Lukashenko hizo fracasar las negociaciones con Putin para el establecimiento de una unión estatal porque dijo no estar dispuesto a entregar la soberanía de su país. Ahora las cosas han cambiado mucho, pero sigue siendo el viejo zorro que le tiene cogida la medida al zar.

Los expertos destacan además el hecho de que la desconfianza entre ellos es absoluta. Lukashenko se ha atrevido a no reconocer Crimea como territorio ruso y tampoco a Abjasia y Osetia del Sur como estados independientes. Se ha permitido coquetear con la Unión Europea y Estados Unidos y lanzar críticas veladas por el papel de Rusia en el levantamiento armado separatista en el este de Ucrania.

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