Cirujanos del Teresa Herrera le corrigieron una dolorosa deformidad facial. «Me reconstruyeron la boca y me cambiaron la vida», agradece la joven
24 oct 2020 . Actualizado a las 05:00 h.Cuando el covid nos deje desenmascararnos, quienes la conocían ocultando el rostro tras su melena se asombrarán con su risa abierta. Más que lo harían si supiesen lo que hay tras la radiografía de su boca. Se la ha tatuado en el brazo, como si fuese a olvidar las siete placas metálicas e incontables tornillos que le han devuelto la alegría. Hace un año que Kali recuperó la sonrisa, en el sentido más literal de la expresión.
Con apenas 20 años, sabe ya lo que es esperar y desesperar. Cuando solo tenía 12, Kali Busto Meirás empezó su carrera de fondo por el sufrimiento, el emocional y el físico. «Era insoportable», define esta joven coruñesa que insiste en centrar la atención «no en mí, sino en ellos, en su trabajo, que es lo importante». Ellos son los profesionales que «convirtieron mi mayor complejo y dolor en mi mejor virtud», resume. Se refiere al equipo de cirugía maxilofacial del Hospital Teresa Herrera, que le ha abierto de par en par el balcón de la felicidad.
Tenía una malformación dentofacial «importante», sintetiza sobre un desplazamiento progresivo de la mandíbula que crecía con ella «y que no me permitía llevar una vida normal». En el materno del Chuac se encontró a Nicolás Carral Roura. «Lo vi tan joven... pero me llevé una gran sorpresa, nunca me he cruzado con un profesional que se esfuerce tanto, en relación con el paciente y con la técnica», valora. A él, y a David Neagu, que le acompañó en el quirófano, y a todos los que estuvieron a su lado, quiere Kali brindar su personal agradecimiento haciendo pública su historia. «Para que la gente que le pase lo que a mí se atreva; a pesar de la larga recuperación, volvería a operarme mil y una veces, el cambio que esto genera en tu vida merece la pena sin duda alguna», resume.
Su «deformidad» como dice ella, hacía avanzar su mandíbula hacia la izquierda, cada vez más y sin parar. De niña nada se podía hacer porque «hasta que fuera mayor de edad no me iba a dejar de crecer». En esa espera, pasó por mucha, mucha ortodoncia. «Se me notaba una barbaridad», cuenta ahora. En tiempos de Instagram, no es difícil imaginar a una adolescente sintiéndose mirada o huyendo de las fotografías.
Ocho años de espera
La primera cirugía, de preparación, fue a los 17, una condilectomía. Y cuando se acercaban los 18, la meta para liberarse tras tanto tiempo de tormento, un nuevo jarro de agua fría: había que esperar un año más y seguir, entre tanto, con los aparatos y la congoja. «Mi único pensamiento era operarme porque tenía muchísimo dolor, me dolía desde la mandíbula hasta las cervicales e incluso la columna, lo único que pensaba era ‘por Dios que me quiten este dolor'».
Pero el tiempo pasó y, aún «superasustada», llegó el día y Kali se enfrentó a siete horas de quirófano y a medio año más de recuperación. Sabía que antes de la cuenta atrás su cirujano había milimetrado cada paso, simulando decenas de veces la operación con escáneres 3D. Y salió.
Al principio, «había gente que se mareaba al verme, tenía mucha hinchazón», cuenta. Nadie lo diría mirando un rostro de piel limpia, sin cicatriz alguna. «Va por dentro», explica. En el interior de su boca, el zurcido de puntos lo ocupaba prácticamente todo.
«Aún viéndome la cara como una pelota, me sentía de otra manera, fue despertarme y era otra persona», dice. No le importó no poder hablar ni pasar mes y medio tomando solo líquidos antes de que, con una jeringuilla, pudiese alimentarse con purés. Los días cayeron, el dolor remitió y, a los seis meses, bajó la hinchazón.
«Recalca, por favor, que desde que pisé el hospital hasta que me recuperé, impresionante cómo me trataron todos, el equipo de maxilofacial, la enfermería, anestesistas... Sí, es su trabajo, pero no todo el mundo lo hace así, tan cercanos, son casi más psicólogos que médicos», valora la veinteañera que difícilmente olvidará a Ana, que no se despegó de su cama en la uci.
En lenguaje médico, cirugía ortognática bimaxilar segmentada con mentoplastia es el nombre técnico de una operación que Kali resume de forma sencilla como nadie: «Me reconstruyeron la boca y con ello me cambiaron la vida».
«Casi tienes que aprender de nuevo a hablar, a comer... como un bebé»
Casos quizá no tan acusados pero sí parecidos pasan por el Chuac unos 25 al año. Son intervenciones «complejas pero sobre todo tienen una alta carga emocional», explican desde el centro
Pese a la lenta y nada fácil recuperación, a los tres meses y aún con el rostro inflamado, Kali volvió a trabajar. «Estaba tan positiva que lo que más me molestaba era no poder hacer vida normal», explica. «Me ha cambiado la vida, puede parecer exagerado, pero a mí me cambió la vida», repite una y otra vez. Al margen de que «me vi guapa por primera vez», reflexiona ahora sobre lo que ve más allá del espejo: «Aprendí que los problemas se pueden solucionar». Aún consciente de que «hay cosas mil veces peor», vivir sin dolor cambia toda perspectiva. «Estoy más feliz que en toda mi vida, soy una persona nueva», insiste sin dejar agradecer al equipo sanitario y a su fisioterapeuta, María Raso, que la ayudó a pronunciar bien las palabras porque «casi tienes que aprender de nuevo a hablar, a comer, a todo... como un bebé».
Ya ha podido notar que a los cercanos la mirada se les va hacia sus dientes. Quizás porque «no puedo dejar de sonreír», dice. Confiesa que antes «casi no me atrevía». Por eso no dudó en operarse, pese a que «siempre me advirtieron de que era un caso muy complejo y no me aseguraban resultados perfectos».
Al final «resultó ser un éxito absoluto». Reír, el más exclusivo de los gestos humanos, mereció para Kali todas las penas y un reconocimiento superlativo a los «increíbles profesionales» que lo hicieron posible. «Nunca sabré cómo agradecérselo lo suficiente. No puedo explicar la suerte que he tenido de caer en manos de esta sanidad y de estas personas... tan grandes que se han ganado un lugar enorme en mi corazón».