La UE suma con las vacunas su tercer gran fracaso pandémico

La estrategia de compra centralizada muestra todas sus grietas

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen

redacción / la voz

Para ahorrar unas cuantas decenas de millones de euros y evitar que en estos momentos Alemania y Francia se estén pegando por conseguir dosis con Malta y Luxemburgo. Para eso y poco más ha servido la compra centralizada de vacunas contra el covid-19 por parte de la Unión Europea, que ni siquiera se puede llamar estrategia, ya que cada país decide cómo las administra y la marca que en un país vale para determinadas edades, en otro no.

El 27 de diciembre, cuando Araceli Hidalgo recibió la primera inyección en España, el Reino Unido llevaba 19 días vacunando con una fórmula inventada en Alemania. Ayer, mientras Israel llegaba al 56,7 % de su población, en Letonia iban por el 2,9 %. Hasta el director ejecutivo de AstraZeneca, la farmacéutica con la que la UE ha mantenido el enfrentamiento más abierto, se atrevió a preguntarse cómo Bruselas esperaba recibir dosis al tiempo que el Reino Unido cuando los británicos habían firmado tres meses antes.

Los Veintisiete no tienen un problema de vacunas, porque lleva firmadas hasta 2.600 millones de dosis de seis fabricantes, suficientes para inmunizar tres veces a cada uno de sus 448 millones de habitantes. Tampoco han negociado mal en lo económico, porque algunas de las dosis las paga bastante más baratas que el resto. Lo que le ocurre a la UE es que ha transmitido ya la sensación de que va a remolque en todo, y mientras otros países ya ven a tiro de piedra la reapertura de sus economías, sigue pensando en llegar al 70 % de vacunados en verano, ha dejado entrever la fragilidad de algunas costuras internas y minado -quizás de forma irreversible ya- la confianza de Francia, sobre todo, en Ursula Von der Leyen.

La presidenta de la Comisión Europea encarna todos los males de un club, el del mayor bienestar y las libertades del mundo, que no fue capaz de ayudar a Italia cuando más lo necesitaba, se mostró inútil a la hora de fijar unos criterios comunes de respuesta a la pandemia y de regulación de la movilidad, y ahora se queda a la cola del mundo desarrollado en la que tiene que ser la principal (si no la única) solución económica y sanitaria contra el coronavirus.

El Reino Unido tenía que demostrar las bondades del brexit y apostó primero por una estrategia de compra agresiva y luego por inocularle una dosis al mayor número de personas posible. En Israel, el presidente se juega la reelección y, aparte del dinero, ofreció un país pequeño con un gran sistema sanitario y el control de datos propio de un estado policial como el mejor laboratorio que podía esperarse Pfizer. Estados Unidos aprovechó que tiene radicados allí dos gigantes como Pfizer y Moderna para garantizarse una buena parte de las primeras remesas que fueron saliendo de los laboratorios.

Rusia directamente rozó la temeridad y aprobó para usar en el país su Sputnik V antes siquiera de acabar los ensayos clínicos. Incluso China se está valiendo de sus vacunas para abrirse camino en la geopolítica. Y entretanto, Europa tiene el dinero, algunos de los principales laboratorios y muchos de los mejores sistemas sanitarios, pero aún así aprueba las fórmulas más tarde, recibe menos dosis e incluso abre puertas a que los sanitarios alemanes digan que no quieren inmunizarse con AstraZeneca y a que los antivacunas franceses pongan la superchería por delante de la ciencia.

Con el primer ministro húngaro inyectándose la vacuna china de Sinopharm, Eslovaquia y la propia Hungría comprando la Sputnik V; Austria y Dinamarca negociando con Israel, y cada día más países poniendo en duda la apuesta unitaria capitaneada por Von der Leyen, el panorama no puede ser más desolador. Tanto, que incluso ahora se valora la aprobación de la fórmula rusa pese a que no hay intención de comprarla ni Rusia tiene capacidad de producirla en las cantidades y tiempos necesarios, porque apenas está inmunizando a su propia población.

La cuestión va más allá de la propia vacuna, porque, como siga acumulando fracasos, a la UE prácticamente solo le queda el gigantesco plan de rescate económico mediante el endeudamiento común para justificar su razón de ser. Incluso el presidente francés y la canciller alemana tuvieron que ofrecer entrevistas de urgencia y por sorpresa en sus países para defender la estrategia europea. Y todo, o gran parte, porque la Agencia Europea del Medicamento apostó por la aprobación condicional, mucho más garantista y lenta que la de urgencia que utilizan en otros países.

El panorama tiene que cambiar el mes que viene y aún se puede llegar al 70 % de vacunados en verano, pero el daño a la construcción comunitaria y hasta al orgullo europeo ya está hecho.

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