Adriana, víctima de maltrato: «Me pegaba delante de mis hijos y decía: 'hija de puta, te voy a matar'»

Esta gallega lleva viviendo un infierno desde hace 14 años. Su único respiro llegó cuando encarcelaron a su exmarido tras abalanzarse hacia ella en plena calle, armado con una barra de hierro. Adriana denunció, pero señala con el dedo los fallos del sistema


Las lágrimas brotan de los ojos de Adriana incluso antes de empezar el relato. Catorce años de miedo, de amenazas, de empujones, de tirones de pelo. De cuchillos en el cuello y patadas en las piernas. Hasta que un día su exmarido calibró mal y le dio un puñetazo en la cara. Ese fue su primer gran error, hacerlo en una zona visible. «Saben dónde pegar, cómo zarandearte. Yo los brazos los he llevado negros de moratones de agarrarme. Y las piernas, pero no se ven. Ese día, él mismo dijo ‘uy', porque me golpeó en el pómulo y se me empezó a hinchar la cara. Después me dio un empujón y me tiró encima del niño. Mis lesiones eran evidentes de maltrato, pero pusieron en duda las del niño y dijeron que podía haberse hecho daño de otra forma», describe la víctima, que a su vuelta a casa encontró una amenaza escrita con tiza en la pizarra de su otra hija y una nota en una libreta: «Me dijeron que hiciese fotos y que volviese a comisaría por la mañana para contarlo, pero la policía me indicó que habían hecho mal su trabajo, porque tendrían que haberlas hecho ellos mismos».

Esta es la historia de un auténtico infierno, de una obsesión delirante. Ni el calabozo, ni las denuncias, ni la orden de alejamiento lograron frenar a su maltratador a lo largo de los años. Su última irrupción se produjo, afortunadamente, en la calle y a plena luz del día. El pasado verano llegó con su camión al barrio de su exmujer en A Coruña, lo aparcó delante del bar en el que ella tomaba un café y bajó directo a buscarla blandiendo una barra de hierro con la que, por suerte, solo pudo romper una señal de tráfico. La gente que estaba en el bar logró ahuyentarlo y proteger a Adriana, que se enteró de la presencia de su maltratador por la llamada de su hija. La niña, atemorizada, lo había visto pasar con el camión desde el campo de fútbol en el que jugaba.

Tú ves el cartel del 016 en comisaría de Todos somos tú, y piensas: ‘Eso es mentira'

Su madre salió corriendo a buscarla, pero él la alcanzó: «Yo crucé corriendo la mediana, porque el campo estaba justo enfrente de la cafetería, para ir a por la niña. Pero él aceleró, se me puso a la par y me gritó: ‘¡Hija de puta, te voy a matar!'. Dio la vuelta a la glorieta y volvió a subir, pero me agarró la gente y me metieron dentro del bar». Entonces él se bajó del vehículo y rompió la señal con la barra de hierro gritando que la iba a matar. La presencia de más personas hizo que se marchara en el camión. Llegó la policía, Adriana denunció y lo localizaron al día siguiente. Lo detuvieron, trató de agredir a los agentes e incluso a un musulmán al que escupió en el calabozo. Se celebró un juicio rápido al que acudieron varios testigos y lo mandaron directamente a la cárcel de Teixeiro a la espera de la sentencia definitiva, que aún no llegó. Por supuesto, el agresor tenía antecedentes de maltrato y a Adriana no siempre le resultó tan fácil demostrar lo que estaba sufriendo.

DESDE LOS 24 AÑOS

La víctima tiene 38 años y conoció a su maltratador con 24. «Yo me enamoré de él y supuestamente él también de mí. A los ocho o nueve meses de conocerlo, me quedo embarazada de la niña, que ahora tiene 13 años. Me acuerdo perfectamente de que la primera agresión se produce cuando ella tiene dos, porque empezaba a hablar, y les dijo a mi madre y a mi abuela: ‘Papá empujó a mamá'», recuerda Adriana, que apunta que la violencia no era constante en el tiempo: «El maltrato es supercíclico. Empiezas bien, tienes una época muy buena, luego empieza a tratarte mal, a insultarte, te pega un empujón o te agarra del pelo, te empotra contra una pared... Y el mío tampoco era muy de pedir perdón, le daba la vuelta para que tú creyeras que eras la culpable. Los ataques se producían igual cada tres años, así que había una temporada muy larga tranquila, y quise tener otro hijo».

Pero ese segundo embarazo fue terrible. Adriana estaba de siete meses y los problemas se sucedían hasta que un día, de pronto, él desapareció. «Yo creo que conoció a otra mujer y se largó. Le pedí que no volviera, pero me empezó a amenazar por teléfono. Mis padres me acompañaban a casa por miedo, y un día apareció en el portal. Como era camionero, entre semana estaba fuera, y menos mal. Cada vez que nos atábamos más, era peor. Las cosas fueron fatal cuando compramos el piso, porque ya se vio totalmente empoderado. Es muy agresivo y consume», asegura su exmujer, que recuerda nítidamente la primera vez que dijo basta.

Fue un día que fue a buscarla. La hermana de su madre acababa de fallecer de cáncer, y estas fueron las palabras que el agresor le dedicó a su suegra: «Tú eres como ella, hija de puta, ojalá te venga un cáncer como a tu hermana», antes de increpar de nuevo a su mujer para amenazarla de muerte. Ella llamó a la policía. «Dije: ‘No puedo vivir así este embarazo, aterrorizada. Cuando llegaron los agentes me volvió a amenazar de muerte delante de ellos, así que se lo llevaron detenido y se actuó de oficio. Fue la primera denuncia de violencia que hubo, y mis testigos fueron los policías».

El nacimiento de su segundo hijo, que hoy tiene 9 años, y la petición de él de conocerle hicieron que Adriana volviese a caer. «Volví con él. Te dice: ‘Perdóname, es mi hijo'... Te pilla recién parida [llora], y perdoné». Tiempo después ella decide divorciarse de mutuo acuerdo. Adriana se quedaba con los niños, él les pasaría una pensión de 400 euros y la mitad de la hipoteca hasta que fuesen mayores. Tenía derecho a llevarse a la niña cada quince días, pero no al niño, que todavía era muy pequeño y nació con una discapacidad del 42 %. «Fue una mutación genética y no hay antecedentes, yo creo que fue por todo el disgusto y la ansiedad que yo tenía», señala su madre, que a pesar del divorcio, duró poco sin él. «Volvimos de nuevo e intenté tomar otro camino y pensar: ‘Es el padre de mis hijos, solo tengo que aguantarlo dos días a la semana y estar callada'. Pero caí enferma, un día me desmayé. Era una enfermedad de transmisión sexual. Yo sabía que estaba con otra mujer, pero no quería problemas», narra.

Cuando volví a casa de denunciarlo, vi unas notas que me había dejado diciendo que no sabía dónde me había metido

Sin embargo, la espiral de violencia solo fue a más. «Cogía cuchillos, me los ponía al cuello. Nos encerrábamos los niños y yo en mi habitación con el pestillo, pero un día él rompió la puerta», dice Adriana refiriéndose al episodio en el que la golpea en la cara, en junio del 2018. Consiguió huir a Francia, pero al volver a A Coruña lo localizaron, lo detuvieron y se dictaron unas medidas provisionales que incluían la orden de alejamiento. Lo único que él pidió fue bajar la pensión de 400 a 300 euros: «La relación se rompe ahí, cuando mi hija le pregunta a una amiga: «‘Esta vez mamá lo va a dejar, ¿verdad? No quiero seguir viviendo con papá'».

Pasaron dos años hasta que se celebró el juicio. Dos años en los que su agresor fue a Viveiro, su lugar de veraneo, a buscarla y a amenazarla. Mandó mensajes a su familia. Contrató un detective para seguirla cuando ella conoció a su actual pareja e intentó presentar el dosier como prueba, aunque se lo denegaron. Hechos que Adriana quiso denunciar, sin éxito. «La policía me decía que estas cosas no tenían solidez jurídica. Y tú ves el cartel del 016 en comisaría de Todos somos tú, y piensas: ‘Eso es mentira'». Fue su juez de violencia de género en A Coruña quien le dio la clave: «Me dijo que no volviera a irme de comisaría sin que me recogiesen una denuncia, que su trabajo como juez es aceptarla a trámite o desestimarla. Y el de la policía, recogerla siempre. Imponerte ante un agente en un momento así es muy duro. Una vez tuve que hacerlo en la Unidad de Atención a la Familia y a la Mujer (UFAM), y hasta me mandaron al jefe, pero conseguí que me la recogieran».

Tampoco su experiencia con los abogados de oficio fue buena. El primero, asegura, intentó ligar con ella y presentó una reclamación: «Me dijeron que había más mujeres a las que les había pasado». El segundo, cuando le narró destrozada su historia, recuerda que le dijo: «‘Mire, señora, usted porque me llore no la voy a creer más'». A ese tormento se le unió el de sus hijos. Las medidas incluían que su padre debía ver al niño en un punto de encuentro —a su hija ya no, dado que se oponía frontalmente—. Sin embargo, a los tres meses consiguió que se lo dejasen llevar y el pequeño volvía atemorizado. «No me hicieron caso hasta que se lo llevó a derrapar con su coche y el niño vino llorando. Antes a él ya le había dicho que yo era una puta y que cuando tuviese un novio no le iba a querer. Insistí en el punto de encuentro y le dieron un toque de atención. Entonces él se volvió loco, les montó un follón y suspendieron las visitas. Pero hasta que no lo vieron por ellos mismos, nada», señala.

Actualmente Adriana tiene pendientes varias denuncias, incluida una por los gastos extraordinarios que le ocasiona la terapia a la que acude su hijo por la discapacidad. Ante la falta de actividad por el covid solo trabaja los sábados en un centro comercial, y a su mala situación económica se le suma un abogado de pago sin el que, señala, no habría logrado nada, y el pánico a quedarse en la calle. «La hipoteca del piso está a medias y él no paga. Ya le dije al banco que está en la cárcel, que no va a pagar, que le van a embargar en la empresa y que me voy a quedar sin casa con dos hijos, pero no me dejan quitarlo a él de la hipoteca y ya no sé qué hacer», añade desesperada.

Pero lo que más teme, sin ninguna duda, es a él. «Me da miedo cómo va a salir de la cárcel», indica una mujer que con su testimonio quiere dar un toque de atención al sistema. «Después de lo del camión ingresó en prisión, y al cabo de unos días hubo un juicio rápido. Para ellos tienen prisa, pero para nosotras no. Yo entiendo que no quieran tener inocentes en la cárcel. Pero tú puedes vivir atemorizada un año hasta que hay un juicio, mientras ellos no pueden pasar unos meses esperando entre rejas», señala.

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