La retórica oficial somete a los rusos a vivir en una realidad paralela
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Lo que ocurre se comprende mejor mediante las omisiones que mediante la información de las grandes cabeceras
25 oct 2022 . Actualizado a las 17:38 h.En la memoria de cualquier adulto ruso todavía persiste la imagen de cómo las televisiones reproducían en bucle el ballet de El lago de los cisnes mientras los tanques avanzaban por Moscú el 19 de agosto de 1991, en el golpe fallido contra Mijaíl Gorbachov. Una imagen que muchos recuerdan especialmente estos días, tanto por la incertidumbre política como por los intentos descarados de enmascarar lo que ocurre tras la frontera sur de Rusia. En un país cuyo universo mediático se concentra en grandes conglomerados estatales, la realidad se comprende mejor mediante las omisiones que mediante la información de las grandes cabeceras.
Con una simple alusión del Ministerio de Defensa a las «lamentables pérdidas», a muchos medios les basta para no cuestionar una cifra de muertos que los ataques dejan en ambos bandos. Apenas Novaya Gazeta o Meduza (la primera bajo amenazas de ser tachada como agente extranjero y la segunda, ya sancionada como tal) se atreven a mostrar imágenes bélicas, con cadáveres o edificios bombardeados. Si son las únicas que ilustran la tragedia, también son las únicas que la llaman por su nombre, desafiando la prohibición de utilizar la palabra «guerra» y exponiéndose a multas de decenas de miles de euros y el bloqueo de su web.
Otras portadas, como las de la agencia Ria Novosti o el diario Kommersant, y televisiones como Pervii Kanal se conforman con el lenguaje oficialista de «operación especial militar», como el presidente Vladimir Putin denominó el ataque en su mensaje televisado a la nación.
Pero ya desde antes de esa madrugada del 24 de febrero, el Kremlin venía advirtiendo de la necesidad de acometer un acto de liberación para desnazificar y desmilitarizar Ucrania. Es esa la retórica predominante en los medios, que se limitan a replicar los mensajes oficiales, corean ruedas de prensa de altos cargos militares y los rodean de analistas y expertos que les aplauden.
La teoría insiste en un genocidio cometido contra los ciudadanos de Ucrania étnicamente rusos y contra su cultura, especialmente en la región oriental del Dombás. Desde este punto de vista, el Kremlin no crea una guerra, sino que le pone fin mediante ataques de alta precisión que no causan muertos civiles, según dicen.
Pero es más: el negociador ruso, asesor presidencial y exministro de Cultura, Vladimir Medinsky, lleva a las conversaciones con Ucrania la pasión de Putin por la historia y, en concreto, sus teorías por la identidad del país invadido. Ambos insisten en la creación soviética de Ucrania, a la que deslegitiman como estado soberano y a cuyos habitantes atan a los rusos con vínculos de sangre inalienables.
Herencia soviética
En resumen: la nación antifascista por excelencia, que derrotó a la Alemania nazi, pone en valor la herencia soviética y también su papel de salvaguardar a sus ciudadanos en todo el mundo (así lo exige la Constitución rusa), empezando por los «nazis drogadictos» del Gobierno de Zelenski. Lo que los medios repiten hasta la saciedad.
Precisamente, la visión fundamentalmente ideológica y étnica que arroja Moscú es tan irracional que exige una de las armas más peligrosas: un acto de fe. E incluso argumentos mucho más comprensibles, como la hostilidad de la OTAN y su presión hacia el este, se tuercen también hacia el nacionalismo en que se escuda un resentimiento más extendido.
Mediante un nuevo decreto, el Servicio Federal de la Supervisión de las Telecomunicaciones exige a los medios que solo se hagan eco de la versión oficial rusa de los hechos. Y, así, si bien una escasa decena de periódicos y una televisión no llegan a reflejar el rechazo general hacia esta invasión, hace tiempo que los rusos soportan el oficialismo como quien oye llover. Ahora también las plazas públicas de Instagram y Facebook se ven amenazadas y son cada vez más los que se informan a través del anárquico Telegram.
Eso sí, mientras Europa siga bloqueando a los ya debilitados medios moscovitas, como viene haciendo desde el lunes, solo conseguirá rebajarse a unas profundidades que el Kremlin aprovecha para justificar su dureza ante rusos impotentes, que ya leen amenazas de censura a cabeceras extranjeras.