«Tengo 20 años y durante 15 no he sentido dolor»

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Luda Merino fue adoptada en un orfanato de Rusia cuando iba a cumplir 3 años. Allí sufrió un proceso de disociación por el cual su cerebro bloqueó el dolor. «He estado toda la vida sin quejarme y sin llorar»

11 mar 2022 . Actualizado a las 21:24 h.

Hay muy pocas personas como Luda Merino, pero las hay. Personas que han sufrido a lo largo de la vida un bloqueo en su cerebro que les impide sentir dolor y ese proceso, que podría parecer en principio ventajoso, lejos de serlo, se convierte en una herida que sangra por dentro. Luda vive en Madrid, tiene 20 años y fue adoptada por su madre en un orfanato de Rusia cuando todavía no tenía 3. «Yo nací el 27 de marzo del 2001 y llegué aquí el 3 de enero del 2004, así que aún no los había cumplido», relata Luda, que desde hace unos meses ha visto cómo sus seguidores en Twitter han aumentando después de que decidiera abrir un hilo en esa red social contando su historia. Los tres años en el orfanato fueron suficientes para que Luda acostumbrase a su cerebro a no sentir ese dolor.

«Yo no tengo ningún recuerdo del orfanato, toda mi memoria es posterior, ya con mi madre adoptiva aquí, cuando tenía 4 años», apunta esta apasionada de la historia, que asegura que tardó mucho en darse cuenta de lo que le sucedía. «La disociación es un mecanismo del cerebro que surge cuando eres bebé. Si eres un recién nacido, lloras para que alguien venga a atenderte y a partir de ahí como bebé te sientes mejor. Lloras cuando te duele la barriga, cuando tienes gases, hambre... En los orfanatos, en los que hay muchísimos niños que atender, pasan de darte esos cuidados, y no porque no te quieran, sino porque no hay personal suficiente para esa labor. Así que a base de repetirte que cuando algo te duele, nadie viene a atenderte, los niños dejan de llorar. Es una cuestión de falta de atención, tu reclamo no importa. De hecho, lo primero que sorprende cuando entras en cualquier orfanato es el silencio sepulcral que hay, a pesar de que estén en las cunas muchísimos bebés. Eso es muy llamativo», expresa Luda. «Si eso se prolonga en el tiempo, cuando, por ejemplo, tienes una otitis o te duelen los dientes, y nadie lo calma, el cerebro puede llegar a bloquear el dolor. Es un mecanismo psicológico. Dejas de sentirlo y eso se queda en la psique», concluye.

«Necesitaba cariño»

Cuando Luda era pequeña todos los que la conocieron en ese tiempo la describen como una niña impulsiva, que reclamaba constantemente cariño. «Yo no sabía lo que era una madre, yo lo que quería era cariño y lo buscaba en quien fuera. Poco a poco y a base de estar con mi madre, fui formando un vínculo afectivo, y ahora mi relación con ella es excelente. Eso no quita para que mi madre no se asustase porque yo iba por la calle y me abrazaba a cualquiera, yo lo que quería era amor, pero mi manera de exponerme era un tanto peligrosa», se ríe ahora Luda. Ella tiene cientos de anécdotas que, puestas una detrás de la otra, hacen que cualquiera se eche las manos a la cabeza. «Mi madre se dio cuenta de que yo no lloraba por nada. Ante cualquier golpe normal, yo aguantaba, así que enseguida me colgaron la etiqueta de niña fuerte porque daba la impresión de que resistía cualquier cosa».

«Sin embargo, un día que salimos a la calle, mi madre se alertó, porque cuando llegamos a casa y me fui a duchar, al quitarme los zapatos, mi madre me vio unas ampollas enormes en los pies y yo había estado todo el día sin dar una queja. Eso ya le extrañó. Ahí se dio cuenta de que no era normal, pero con todo, siempre piensas en la capacidad de aguante, no en que alguien no sienta dolor». «Porque ese aguante —bromea Luda— ya tenía que ser a nivel de un spetsnaz ruso, ja, ja, ja. Si ya les cuesta a los soldados rusos interiorizar eso de no sentir dolor, imagínate, yo tenía que ser de otro planeta. Pero no era aguante, era que yo lo tenía bloqueado y no lo sentía».

«En otra ocasión, cuanto yo tenía 6 años —continúa—, estaba haciendo el tonto en un polideportivo, me colgué de una cuerda como Tarzán, y en una de estas, me pegué un tremendo golpe contra una esquina y me hice una brecha. Me dieron cuatro puntos y nada. Ni una lágrima. Aunque tenía un instinto muy curioso, porque cuando me pasaba algo así, mi cuerpo lo que hacía era tensarse por completo». «Imagínate la escena, yo enganchada en la cuerda, sangrando, y ni una queja. Tampoco lloré otra vez en que me abrí la ceja porque estaba jugando en el sofá y me comí una silla. Me cosieron y ya», dice.

De esas historias a lo largo de su vida Luda tiene muchísimas para contar, aunque todas se ciñen a un dolor físico. ¿Pero el dolor emocional? ¿No sentías ganas de llorar por algo que te hiciese otro tipo de daño?, le digo. «No, no», responde Luda. «Ese es otro melón que hay que abrir, yo no me emocionaba por nada, no lloraba ni por alegría ni por pena, se moría Simba, en El rey León, y a mí me daba igual. Lo único que sí me pasaba es que me cabreaba. Era lo que manifestaba. En realidad, había que conocerme muy bien e ir viendo, por detalles, lo que me podía estar pasando».

Todo eso empezó a cambiar cerca de los 14 años, de pronto Luda se sorprendió a sí misma llorando, después de ver una película sobre niños adoptados: «Era muy mala, estaba mal tratado el tema, pero se ve que me tocó la fibra y algo en mí hizo clic, ahí lloré por primera vez, y claro, me sentí muy rara. De repente lloraba por una película y pensé que me estaba debilitando». Luda indica que entonces «se sintió tonta», pero desde ese momento, lejos de abrirse al dolor, decidió que iba a usar sus «poderes» para seguir bloqueándolo. «Es cierto que el mecanismo tardaba más en aparecer. Me daba tiempo a que asomara un poquito de dolor y luego ya se bloqueaba. Estuve así una temporada, pero luego yo lo hacía adrede, me dolía algo y lo bloqueaba a propósito. Instintivamente, yo era capaz de dominarlo. Estuve así un par de años, me quedaba como mirando a la nada, cuando estaba en ese proceso de disociación, que también me provocaba un estado de hipervigilancia. Parecía como si estuviera mareada, con la mirada perdida, pero lo que estaba haciendo era bloqueando el dolor».

Así estuvo un tiempo hasta que sin más desapareció por sí solo. «Creo que se fue por desuso, al ser instintivo desapareció como surgió, y de alguna manera yo empezaba a decirme: ¿para qué bloquearlo? Pero, claro, tuve que aprender a quejarme», se ríe Luda otra vez, que relata con gracia parte de ese proceso. «Al principio me quejaba con retardo, si me daba un golpe, era muy curioso, porque pasaban unos cinco segundos hasta que yo decía: ‘Ay'. Además, cuando empecé a sentir dolor, mi madre me decía siempre: ‘Hija, te puedes quejar', porque yo tenía la manía de aguantarme».

«Me parecían débiles»

Ahora Luda echa la vista atrás y se recuerda como una niña que miraba por encima del hombro a los demás: «A mí me parecían todos débiles, yo pensaba que los demás estaban rotos, pero la que estaba rota en realidad era yo».

A ella no le resulta nada positivo no haber sentido dolor porque detrás de todo, dice ella, lo que había era «una cosa mala». A entenderse a sí misma le ayudaron distintas psicólogas y si tiene que recomendar un artículo, propone el de Montse Lapastora, que habla de la disociación en los niños que han sido adoptados de un orfanato. «Se titula Ángel o demonio y creo que podrá serle muy útil a aquellos padres que estén ante un niño como yo», afirma.

«En casa me tenían por una niña fuerte, pero no era normal: me hacía brechas, me daban puntos y nada, no me inmutaba; y si moría Simba, de ‘El rey León', ni una lágrima»

En su caso, uno de los inconvenientes para no descubrirle su problema fue haberle dado normalidad, asumir en el día a día que se trataba de una pequeñaja fuerte que era capaz de soportarlo todo cuando en realidad se ocultaba un desamparo. «Yo no solo bloqueé el dolor, sino también el frío y la fatiga. Creo que son sensaciones parecidas, de incomodidad, cuando tienes frío te suelen doler partes del cuerpo y cuando estás con fatiga también. A mí, si estaba cansada, me daba sueño, pero la fatiga tiene que ver con otra cosa, es mucho más. Lo bueno es que todas esas no sensaciones fueron desapareciendo del mismo modo que aparecieron, sin más».

La fatiga a la que se refiere Luda tiene que ver con la sensación de agotamiento extremo que tenemos después de hacer ejercicio. Ella, por esa disociación, en el momento en que empezaba a correr, cogía un ritmo y era capaz de ponerse en unos límites que pocos alcanzan. «Estaba como ida y en ese proceso podía continuar corriendo y corriendo sin que nada me parase». ¡Eras como Forrest Gump!, le digo. Y Luda asiente riéndose: «Sí, sí, si no me decías nada, yo seguía corriendo».

«El cuerpo tiene ese límite, te da la señal de que pares porque estás cansado, pero en realidad puedes seguir un poco más. El cuerpo es impresionante en eso, y yo no tenía ese límite», asegura Luda, que igual que entraba en ese estado, era capaz de salir: «En este tiempo tenía como una varita mágica».

«Lo importante de esto, más allá de las anécdotas, —continúa— es que había una cosa mala, un problema grave. Aunque también me he encontrado con personas que de broma me han dicho: ¡Luda, no se lo digas al Ejército!»

¿Lloras mucho ahora? «Sí, sí. Mi madre dice que lloro lo que no he llorado antes. Soy muy sensible, a poco que haya algo emotivo, me brotan las lágrimas con mucha facilidad y sobre todo siento el dolor emocional, porque a medida que una va cumpliendo años es verdad que es más difícil llorar por un dolor físico. Lo que sí me sucede es que tengo un resquicio de la disociación y que aguanto muy bien el dolor físico, aprendí a controlarlo poco a poco y es muy raro que me queje».

Claro que si Luda cuenta ahora todo esto es para alertar de que puede haber niños o incluso adultos a los que les suceda lo mismo. «Mi madre se iba dando cuenta por detalles de lo que me sucedía, me vigilaba muchísimo cada vez que me desnudaba, miraba todo mi cuerpo por si me había golpeado, porque al no quejarte, puede haber una fractura, una infección grave o cualquier enfermedad de fondo que tú no manifiestas. De hecho, mi madre se daba cuenta de que estaba mala cuando yo no quería desayunar o cuando de pronto tenía mucho sueño, que era un síntoma claro en mí de cansancio. Aunque sí se me manifestaba la fiebre», aclara.

«Pero hay que tener cuidado con todos esos niños que no se quejan o no lloran, imagínate lo que puede ser que tengas algo de gravedad, una apendicitis o una fractura de una pierna, y que continúes como si nada. Esto existe y no es ninguna broma, porque hay niños que nunca dicen: ‘Me encuentro mal'. Yo sé de madres que han visto a hijos sangrando por un oído por una otitis o que han seguido caminando después de darse un golpe enorme, eso es lo que hay que vigilar bien», insiste.

En esa parte anecdótica hay quien le ha planteado si su caso tenía límites. ¿Qué hubiera pasado si en ese bloqueo del dolor te hubieran disparado, por ejemplo? ¿Lo habrías sentido? «No lo sé, no puedo responder a eso, no sé qué límites habría tenido, pero lo que me parece importante ahora es que la gente entienda que no sentir dolor no es nada agradable ni nada bonito. Sentir dolor es humano, lo extraño es lo que me ha sucedido a mí».