Rusia justifica desde el 2020 el uso de su fuerza nuclear para poner fin a guerras convencionales

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa REDACCIÓN / LA VOZ

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Lanzamiento de un misil intercontinental Yars durante los ejercicios que las fuerzas nucleares rusas realizaron en febrero.
Lanzamiento de un misil intercontinental Yars durante los ejercicios que las fuerzas nucleares rusas realizaron en febrero. RUSSIAN DEFENCE MINISTRY | REUTERS

Más allá de la disuasión entre potencias, la doctrina de Moscú defiende ataques limitados con armas atómicas para terminar conflictos bélicos o para frenar la escalada de hostilidades

02 oct 2022 . Actualizado a las 19:26 h.

La amenaza más o menos velada de Vladimir Putin de que está dispuesto a recurrir al arsenal nuclear para responder a una hipotética intervención de las potencias de la OTAN en la guerra de Ucrania ha abierto en Occidente el debate de hasta qué punto hay que tomarse en serio la bravuconería atómica del presidente ruso. ¿Cuándo, cómo y por qué apretaría el mandamás del Kremlin el botón nuclear?

Si olvidamos por un instante que estamos ante un líder imprevisible desde las premisas lógicas occidentales, la respuesta a esta peliaguda cuestión la avanzaba Moscú en junio del 2020. En un ejercicio de transparencia insólito hasta la fecha —la anterior versión del mismo documento, del 2010, todavía hoy es material clasificado—, el Kremlin publicaba hace dos años sus Principios básicos de la política de Estado de la Federación Rusa sobre la disuasión nuclear. El texto, rebautizado en corto entre los expertos como la «doctrina nuclear rusa», describe los hipotéticos escenarios en los que Rusia podría echar mano de parte de sus 6.000 ojivas para lograr determinados objetivos militares. 

Según el documento, Moscú utilizaría sus bombas atómicas en cuatro casos extremos: de forma anticipada si detectase señales de un ataque inminente con misiles balísticos contra territorio ruso; en caso de una agresión nuclear o con armas de destrucción masiva a Rusia o a sus aliados; si un ataque convencional a sus infraestructuras críticas pudiese mermar su capacidad de respuesta nuclear; o si se produjese una agresión con fuerzas militares convencionales que pusiese en riesgo la existencia misma del Estado ruso.

Destrucción mutua asegurada

Hasta ahí, el guion ofrece respuestas desproporcionadas a hipótesis desproporcionadas, dentro de una lógica que durante la Guerra Fría se resumió en las siglas MAD. En inglés, además de reproducir en mayúsculas la palabra loco, corresponden a Destrucción Mutua Asegurada, que es el final previsible del intercambio de misiles con el que Occidente y la URSS fijaron en su día los términos de la disuasión atómica y establecieron un tenebroso equilibrio de capacidades autodestructivas.

Pero la «doctrina nuclear rusa» incluye un planteamiento que desde el 2020 ha encendido las alarmas de los analistas occidentales. Un informe del Instituto Internacional para la Investigación de la Paz de Estocolmo (Sipri, por sus siglas en inglés) señalaba ya entonces que del texto se desprende que «Rusia se reserva el derecho a usar armas nucleares para poner fin a una guerra convencional». La clave está en el artículo 4 del documento, que recoge que en caso de conflicto militar —no necesariamente con armas atómicas, ni de destrucción masiva—, el Kremlin contempla el uso de la fuerza nuclear «para prevenir una escalada de hostilidades y para su terminación en condiciones aceptables para la Federación Rusa y/o sus aliados».

El párrafo es considerado por las potencias occidentales como una advertencia de que Putin no descarta reinterpretar en términos atómicos la fórmula «escalar para desescalar»: lanzar un ataque nuclear limitado sobre una región para frenar o acabar con una guerra que hasta ese momento se desarrollaba con armas convencionales.

El foco, en Occidente

Como señalan los investigadores del Sipri, hasta el 2020, Moscú incluía entre las potenciales amenazas atómicas a su territorio a países de su entorno como China, Corea del Norte, la India, Pakistán, Israel e incluso a Irán por los avances de su programa de centrifugadoras nucleares. Pero el nuevo documento retiró el foco de Oriente y Oriente Medio para centrarse sin rodeos en Occidente, encarnado en los 30 miembros de la Alianza Atlántica.

A la OTAN va dedicado un párrafo en el que subraya que Rusia «desarrolla su capacidad de disuasión nuclear frente a Estados individuales o coaliciones militares (bloques, alianzas) que consideran a la Federación Rusa como un adversario potencial y que poseen armas nucleares y/o otros tipos de armas de destrucción masiva o un potencial de combate significativo con sus fuerzas convencionales».

La Universidad de Princeton ha realizado una simulación en la que detalla cómo serían las primeras horas de un ataque cruzado con bombas atómicas entre Rusia y la OTAN, en la que estima que en esa fase inicial habría al menos 91 millones de víctimas (34 millones de muertos y 57 millones de heridos) causadas directamente por los misiles, sin contar las que se producirían durante los días siguientes por la radiación. Entre los objetivos de Rusia que señalan los técnicos de Princeton en su modelo, en España estaría la base naval de Rota (Cádiz).

Los analistas occidentales por ahora descartan un escenario de confrontación total como el de la simulación, pero consideran que Putin sí podría contemplar un ataque a pequeña escala en una región de Ucrania con un nuevo tipo de armas nucleares de menor rango y de alcance limitado. Las bombas atómicas más potentes que poseen Rusia y Estados Unidos tienen entre 1.000 y 3.000 veces más capacidad destructiva que las empleadas en Hiroshima y Nagasaki, por lo que siempre se ha dado por hecho que son meramente disuasorias y que su utilización es inconcebible.

Paradójicamente, el desarrollo de cabezas nucleares con mucha menor potencia ha cambiado por completo las hipótesis que manejan los expertos, que estiman que Moscú dispone de unas mil bombas de esta clase, con una capacidad destructiva de aproximadamente el 30 % de las que el Ejército norteamericano detonó sobre Japón al final de la Segunda Guerra Mundial.

Algunos especialistas en armamento atómico no descartan que el Kremlin recurra a este tipo de ojivas para lanzar un ataque contra una zona despoblada de Ucrania. Lo haría a modo de advertencia extrema de una escalada definitiva del conflicto para forzar la rendición inmediata de Kiev. La Fundación Carnegie para la Paz Internacional había publicado en el 2018 un estudio donde ya planteaba un escenario similar, en el que Putin hacía explotar una bomba nuclear de alcance limitado sobre un punto remoto del mar del Norte durante un hipotético conflicto entre Rusia y la OTAN en el Báltico.  

Con el fin de la URSS, Ucrania entregó a Rusia sus ojivas nucleares en 1996

Tras la desaparición de la URSS, antiguas repúblicas soviéticas como Ucrania, Bielorrusia o Kazajistán suscribieron el llamado memorando de Budapest junto a Rusia, Estados Unidos y el Reino Unido. Según el acuerdo, las potencias firmantes se comprometían a respetar las fronteras de Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán y a no usar la fuerza —específicamente se mencionaba su arsenal nuclear— ni la presión económica contra los países que entonces dejaban oficialmente la órbita de Moscú.

A cambio, Kiev se sumó al tratado de no proliferación nuclear, por lo que en 1996 Ucrania entregó a Rusia todo su arsenal nuclear para su eliminación. Bielorrusia, que desde entonces mantenía también un estatus de país sin armas atómicas, aprobó el pasado 27 de febrero una reforma de su Constitución por la que en el futuro sí podrá albergar en su territorio armamento nuclear del vecino ruso.

La OTAN no descarta nada y se prepara contra ataques químicos o nucleares

Los líderes de la Alianza acordaron suministrar a los ucranianos equipos para protegerse ante estos posibles riesgos

 

La OTAN no descarta ningún escenario con Rusia a raíz de su invasión de Ucrania y va a preparar sus defensas ante riesgos químicos, biológicos y nucleares, un paso que es significativo y que evoca los momentos de mayor tensión durante la Guerra Fría.

Los líderes de la Alianza celebraron el jueves en Bruselas una cumbre extraordinaria para mostrar su unidad frente a la guerra iniciada por el presidente ruso, Vladímir Putin, en Ucrania; ver cómo pueden seguir apoyando los aliados a ese país y, además, impulsar un refuerzo militar en el este ante la amenaza de Moscú

Pero en la sesión del Consejo del Atlántico Norte planeaba una preocupación concreta: la posibilidad de que Rusia pueda recurrir a armas químicas en Ucrania tras haber acusado, «falsamente» según la OTAN, a los aliados de preparar ese tipo de armamento. A su juicio, Moscú estaría así buscando un «pretexto» para poder emplear ese rango de armas durante su agresión a Ucrania.

Ante esa amenaza, los líderes aliados acordaron suministrar a los ucranianos, además de armas, equipos para ayudarles a protegerse contra riesgos químicos, biológicos, radiológicos y hasta nucleares.

Y al mismo tiempo, han acordado preparar mejor sus propias defensas ante esos riesgos, tal y como plasmaron en la declaración de la cumbre: «Mejoraremos nuestra preparación y disposición ante las amenazas químicas, biológicas, radiológicas y nucleares», señala el documento, en el que añadieron que tomarán «nuevas decisiones» en su próxima cumbre, que se celebrará en Madrid a finales de junio.

Alerta ya activada

En la rueda de prensa tras la cumbre, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, fue más allá al anunciar que el máximo comandante militar de la Alianza, el general estadounidense Tod D. Wolters, ya «ha activado los elementos de defensa química, biológica, radiológica y nuclear de la OTAN». Fuentes aliadas indicaron a Efe que la OTAN ya cuenta con una unidad específica dentro de su Fuerza de Respuesta para hacer frente a ese tipo de amenazas, y su control operativo recae en Wolters.

Se trata de una fuerza del tamaño de un batallón, de unos 400 soldados, que «no está desplegada en este momento», pero que tras la decisión de Wolters de activarla «se pondrá en alerta máxima», precisaron.

Este batallón de defensa química, biológica, radiológica y nuclear es en efecto una fuerza multinacional de alta disponibilidad que proporciona a las misiones de la OTAN y a las fuerzas conjuntas de la Alianza desplegadas una capacidad creíble en materia nuclear, biológica y química, y su objetivo es garantizar la libertad de acción de la organización en un entorno con esas amenazas.

Fue creado en el 2003 como una iniciativa más para mejorar las capacidades de la OTAN contra las armas de destrucción masiva, y puede desplegarse en un plazo de 5 a 20 días, en conjunto o como parte de una fuerza específica adaptada a una misión concreta.

Creciente sensación de riesgo

«Se trata de pasos muy significativos. Reflejan la creciente sensación de riesgo dentro de la Alianza ante el posible uso de armas no convencionales por parte de Rusia», reconoció en declaraciones a Efe el vicepresidente del centro de estudios German Marshall Fund de Estados Unidos y director de su oficina en Bruselas, Ian Lesser.

Moscú podría recurrir a esas armas, según este experto, para salvar los resultados militares que se les han escapado en el campo de batalla, como medio para profundizar en sus tácticas de intimidación, o como resultado de «un incidente» entre las fuerzas rusas y las de la OTAN, «con el riesgo muy real de una escalada, en última instancia, hasta el uso de armas nucleares».

«Las posibilidades de que se produzca ese uso son probablemente todavía bajas, pero no son nulas», admitió, si bien otros expertos apuntan a que el Ejército ruso estaría teniendo especial cuidado en evitar roces en la frontera de la Alianza que pudieran llevar a malentendidos.

Lesser señaló que la OTAN, de forma colectiva, tiene una capacidad sustancial para detectar, proteger y responder a incidentes o ataques químicos, biológicos, radiológicos o nucleares, algo que era «una característica estándar de la planificación contra un posible conflicto en Europa» durante los años de la Guerra Fría, mientras que en las últimas décadas esa planificación se había orientado principalmente al riesgo de los grupos terroristas.

En cualquier caso, opinó que las medidas actuales «se remontan a un periodo de planificación muy anterior, pero con una incertidumbre aún mayor sobre las intenciones rusas que la que existía en el momento álgido del enfrentamiento de la Guerra Fría entre la OTAN y el Pacto de Varsovia».