Sonia Rama, 40 años: «Salía a pasear con mi hija, andaba 500 metros y tenía que volver para casa»

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Ana García

Varios años después de ser diagnosticada de psoriasis, comenzó con fuertes dolores en las extremidades inferiores que la incapacitaban hasta que dio con un tratamiento biológico con el que ha experimentado una notable mejoría

24 abr 2022 . Actualizado a las 10:05 h.

Si en algo coinciden los pacientes con enfermedades reumatológicas es el trajín de médicos por los que pasan y las pruebas a las que se tienen que someter antes de dar con un diagnóstico definitivo, que permita acertar con la medicación. A Sonia le pasó algo parecido, por eso recomienda a la gente joven que se mire al primer síntoma, «porque muchas veces pensamos que son tonterías y no lo son». «También es muy importante que el médico de cabecera te derive al especialista adecuado, a veces tiramos hacia el lado que no es el correcto, y la enfermedad va avanzando y te k.o. Te paraliza aunque seas muy activa, como lo era yo, a mí me gusta trabajar y estar al cien por cien, incluso al dos mil, pero esto te hace frenar en seco», explica.

 Ella empezó con psoriasis a los 25 años. Con 29, hace ahora 11, dio a luz a su hija, y pocos meses después le empezó un dolor muy fuerte en un pie, que le impedía, incluso, caminar. Sin embargo, no le dio importancia, pensó que podría ser cualquier cosa. Pero el dolor enseguida se extendió al otro pie, al talón de Aquiles, a la rodilla... «Yo veía que iba a más, fui al médico de cabecera —señala— y me enviaron al traumatólogo, después de ir a varios, y que cada uno me diera una opinión diferente, incluso que la solución pasaba por ponerme plantillas para que me moviera más y desapareciera el dolor, también fui al podólogo, pero nada».

Cuando su médico del centro de salud se convenció de que no estaban dando con la tecla correcta, decidió remitirla a Reumatología. «Piensas en algo asociado a la gente mayor, desde luego a mí me sonaba de acompañar a mi abuela, nunca pensé que lo que me pasaba podía ser algo así», apunta. En cuanto entró en la consulta del especialista y la vieron caminar, se empezaron a despejar los interrogantes. «Me preguntaron los síntomas, y yo les dije que tenía mucha rigidez por las mañanas, que me costaba caminar, que era una persona joven, pero que me veía atrapada en el cuerpo de una mayor. No tenía obesidad, pero me tenía que agarrar porque mi cuerpo no sostenía mi peso... ». Esta breve explicación, más una serie de pruebas, fue más que suficiente para dictar un veredicto: artritis psoriásica. «A pesar de que en ese momento la psoriasis la tenía más o menos controlada. Alguna vez tenía algún brote, pero bien. Mi sorpresa fue cuando me dijeron que iba asociado a un problema en las articulaciones, no tenía ni idea de que esto podía pasar», apunta.

Con cuatro pastillas semanales de metotrexato —un agente inmunosupresor utilizado para el tratamiento de diversas patologías de tipo oncológico y también de tipo inflamatorio y autoinmune—, su salud mejoró notablemente. «Estuve bastante bien, iba a las revisiones, y me iban ajustando la medicación en función de lo que iba necesitando, pero durante ocho años, desde los 31 a los 39, estuve muy bien», relata. Y sí, la enfermedad se mantuvo estable hasta que hace año y medio, se volvió a encontrar mal. Esta vez era el otro pie. Un dolor muy fuerte en la planta, que de nuevo le impedía moverse. «Siempre quieres pensar que es otra cosa», dice Sonia, que intentó aguantar unos meses sin acudir al médico, hasta que en septiembre del año pasado la situación se hizo insostenible. Decidieron cambiarle la medicación, en vez de pastillas seguiría con la misma, pero en inyecciones, «porque el cuerpo lo absorbe mejor y es más efectiva».

El primer mes con el tratamiento biológico ya noté mejoría, y poco a poco fui dando un cambio importante. Ahora casi no tengo dolor

Le costó pincharse, le tiene pánico a las agujas, a pesar de que estas medicaciones vienen en una especie de boli en el que el paciente no ve la punta. Seis semanas después el dolor no remitía, y le empezó también en las manos: no podía comer, ni atarse los cordones, ni abrir botes, «cosas que se hacen en una vida normal». Cuando regresó a la consulta, le comentó al médico que la medicación no le estaba haciendo nada, y fue entonces cuando la derivaron al Chuac para que le pusieran un tratamiento biológico. «A mí me sonaba a algo experimental, como si fueras el ratoncito que va a probar el veneno», apunta. El primer mes ya notó mejoría, y poco a poco fue dando un cambio importante. «Ahora que ya han pasado tres meses, puedo moverme y hacer una vida normal dentro de lo que es esta enfermedad. Puedo caminar, comer, atarme los cordones... Sigo de baja, pero porque mi trabajo tiene mucha exigencia física, y hay que ir al cien por cien, pero espero reincorporarme dentro de poco».

 Con un bebé en casa

A Sonia le detectaron esta enfermedad con apenas 30 años, justo cuando acababa de tener a su pequeña, lo que complicaba bastante la situación, aunque confiesa que contaba con el apoyo incondicional de su familia, y principalmente de su marido. «Fue duro, yo quería levantarme muchas veces y no podía, ni cogerla, ni pasearla... Salía con ella, andaba 500 metros y tenía que venir para casa. Yo lo que quería era salir y hacer una vida normal. Era frustrante porque quería una solución ya, veía que mi cuerpo se estaba parando, agarrotando y no tenía respuesta. Cuando dieron con lo que era tuve sentimientos encontrados. Era una enfermedad chunga, pero al mismo tiempo sé lo que tengo, y de esta manera me podían frenar el dolor», explica. «A nivel psicológico es muy duro, te sientes inútil —continúa—. Yo intento ser positiva, soy un poco payasa, y esto ayuda, aunque a veces estás sola, y te derrumbas, necesitas tu espacio para recuperarte un poco». O mucho. Ella, aunque ahora mismo tiene una tendinitis en la cadera, producida por pisar mal durante tanto tiempo, confiesa estar al 80 %. «He llegado a estar al 40 %, o al 20 %, así que estoy muy recuperada, casi no tengo dolor».