El BCE sorprende con una subida de medio punto de los tipos para poner coto a una inflación asfixiante

Mercedes Mora REDACCIÓN / LA VOZ

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STEPHANIE LECOCQ | EFE

Eleva el precio oficial del dinero por primera vez en once años, presionado por la escalada de los precios y la crisis italiana

21 jul 2022 . Actualizado a las 22:47 h.

Cita crucial la que afrontaba hoy el Banco Central Europeo (BCE). Todas las miradas puestas en la institución que pilota Christine Lagarde, obligada como estaba a mover ficha. La enfermedad: una inflación asfixiante  (un 8,6 % en el club del euro en junio, todo un récord histórico). El remedio: una subida de tipos. La primera en once años y la más abultada en 22. La dosis: medio punto, un cuarto de punto más de lo que había prescrito hace algunas semanas, y que a algunos
—especialmente a los halcones: Alemania, Holanda y Austria— se les hacía poco a la vista de cómo andan de disparados los precios. Los posibles efectos secundarios: otra crisis del euro como la que sacudió los cimientos de la eurozona en el 2012 y que a punto estuvo de hacer saltar por los aires el proyecto de la moneda única.

Un episodio aquel que para muchos se cerró en falso (la soga de una deuda pública galopante sigue luciendo al cuello de las economías del sur por mucho que el BCE haya estado comprándoles bonos todo este tiempo) y que podría ahora volver a la vida si se reproduce aquella fragmentación financiera de hace ahora justo diez años. En román paladino: que las diferencias entre las rentabilidades que tienen que pagar los distintos países que comparten el euro para que los inversores les presten dinero sean estratosféricas. Más claro: que las primas de riesgo de los más débiles se desboquen. 

Para que eso no ocurra, y no acaben los países del sur otra vez a los pies de los caballos, en los despachos del cuartel general del BCE en Fráncfort, han estado trabajando desde hace semanas en un nuevo mecanismo, al que el consejo de gobierno le dio hoy luz verde, que permitirá a la institución salir a escena para auxiliar a las economías más débiles si los mercados de capitales les dan la espalda como ya ocurrió en el 2012. Un mecanismo sin límite de recursos que se centrará en comprar deuda de los países que puedan verse más afectados por la normalización monetaria. El Instrumento para la Protección de la Transmisión (Transmission Protection Instrument, TPI) que así se como se llama, adquirirá toda la deuda que sea necesaria y estará vigente todo el tiempo que dure el ciclo de subidas de tipos del organismo. No será gratis. Nunca lo es. A cambio, los países beneficiarios estarán sujetos a cierta condicionalidad. A saber: no saltarse a la torera las recomendaciones sobre déficit o desequilibrios macroeconómicos, mantener una senda de deuda sostenible y cumplir los objetivos del Plan de Recuperación y las recomendaciones fiscales del semestre europeo.

La última bala

Eso sí, será la última bala que dispare el BCE. La primera línea de defensa seguirá siendo la reinversión «flexible» de bonos soberanos que tiene ahora en cartera. Los 1,7 billones de euros correspondientes al programa extraordinario antipandemia (PEPP), que finalizó en marzo. No se va a gastar el guardián del euro más dinero en comprar deuda salvo que alguno del sur se vea contra las cuerdas, pero sí va a reinvertir el dinero de los vencimientos. Cuando expiren los bonos y los Estados se lo devuelvan. Unos 300.000 millones el año que viene.

Pretende con ello el BCE liberarse del yugo que supone la presión de las primas de riesgo para poder concentrarse en la que ha de ser su principal misión: embridar los precios en el 2 %, que es para lo que nació la institución. Su mandato fundacional.

Un temor ese, el de otra crisis de deuda, acrecentado en las últimas horas por un nuevo drama —la cuenta de los que van hace ya tiempo que se perdió— en la historia de la política italiana. Otra vez la tercera economía de la eurozona a las puertas de unas elecciones, con el fantasma del populismo de ultraderecha de Fratelli d'Italia sobrevolando el horizonte. Una crisis esta que viene a desalojar del Gobierno, ni más ni menos, que al mismísimo Mario Draghi, expresidente del BCE.  El mago que puso fin —o no, en opinión de los que creen que aquello se cerró en falso— a la locura de las primas de riesgo con su ya más que famoso conjuro: «Haremos todo lo que sea necesario para preservar el euro... y créanme, será suficiente». El próximo martes se cumplen diez años de aquello. Puede que haya llovido mucho desde entonces, pero no lo parece.

Las cicatrices de la Gran Recesión se reabren tras la pandemia

c. porteiro

«No se puede excluir una nueva crisis en la eurozona». La advertencia la hizo esta semana Sylviane Delcuve, economista del banco BNP Paribas Fortis, el más grande de la Unión Europea (UE) y el más expuesto a las pérdidas de la crisis de deuda que estalló hace 12 años. Más del 40 % de los bonos soberanos en sus balances procedían de los países que, por entonces, se llamaban de forma despectiva los «PIIGS» (acrónimo de cerdos): Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España.

Poco a poco, los recuerdos de aquella sacudida a los cimientos de la moneda única se han ido diluyendo, pero las cicatrices perduran: España —que conmemora los 10 años de su rescate bancario— acumula una deuda del 117 % de su producto interior bruto (PIB). Cuando estalló la crisis de deuda en la eurozona (2010), estaba en el umbral fijado por el Pacto de Estabilidad (60 %), pero la política errática de las autoridades europeas y Berlín propició que se disparara hasta el 101 % en solo cuatro años de castigos autoinfligidos. ¿Qué ha sido de sus compañeros «porcinos», según la flema británica? Portugal tiene que devolver el 127 % de la riqueza que produce en un solo año, menos, eso sí, que el 150 % de los italianos o el 186 % de los griegos. Solo una pequeña carga de esas mochilas se puede imputar a la pandemia, muestra de que las respuestas a sendas crisis han sido radicalmente opuestas.

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