En las trincheras de Járkov: «El invierno también es nuestro aliado, estamos preparados»
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El Ejército ucraniano se ve provisto de más recursos que la población, que lucha por encontrar calor
11 ene 2023 . Actualizado a las 17:33 h.«Desde esta trinchera tenemos las posiciones ideales para disparar con armamento pesado a los vehículos enemigos si intentan cruzar la carretera. Es imposible que pasen por el camino». Mykaylo pasea por la trinchera en la que ha sido destinado a las afueras de Járkov. Pese a que hace meses que los rusos se retiraron de gran parte de la región, desconfían del silencio que se ha adueñado del sitio. El comandante del pelotón, Boris, cree que las fuerzas de Putin «pueden estar tentadas para atacar» con la llegada del invierno. «Es su mito favorito, pero estamos preparados. La nieve también es nuestra aliada», cuenta convencido. Por ello, deben preparar la excavación para los meses de frío y duro castigo que les espera.
Son la primera línea de defensa de la ciudad y llevan desde el mes de julio instalados en el largo agujero que les protege del fuego enemigo. Un fuego que se intensifica en el Dombás, pero que no sirve de excusa para esta unidad. Han de velar por la seguridad de la ciudad.
Las primeras nieves ya han llegado a la urbe del nordeste ucraniano e inundan el suelo de la trinchera cuando se derriten. «Tenemos que cavar agujeros para que actúen de sumidero si llueve, pero también ponemos telas para que no pase la nieve», cuenta Andrej, un recluta de la localidad que se unió al Ejército al inicio de la invasión rusa.
Las medidas son parcialmente eficientes. Los listones de madera proyectados en el suelo para caminar se hunden en los charcos que cubren. Y entre el agua, ocasionalmente nadan algunas alimañas. Ratas y ratones de campo, que debieran ser el alimento de Smoky, el gato de la compañía. Pero el felino pasa más tiempo junto a la estufa o en brazo de los militares que cazando roedores.
Porque los resguardos para el frío están bien ubicados. En toda la colina donde se despliega la trinchera hay accesos al subsuelo donde los soldados pueden ducharse con agua caliente, un refugio antiaéreo con su propio calentador y saunas improvisadas. «Hay leña de sobra, desayunamos comida caliente y permanecemos siempre bien resguardados. No podemos permitirnos el lujo de enfermar con la victoria tan cerca», añade Serguéi, un entrenador de boxeo de la localidad de Dnipró enrolado en el Ejército.
Casi todo lo que necesitan los soldados está bajo tierra. Las camas se resguardan bajo un búnker subterráneo cuya temperatura pasa el umbral de lo agradable gracias a pequeños hornillos de gas. En cada cama cuelga todo lo necesario para prepararse en caso de ataque: chaleco, uniforme y Kalashnikov. En algunos hoyos excavados en la pared guardan minas antitanque, misiles y granadas. En otra excavación, la despensa. Conservas, patatas, y todo alimento que aguante largas temporadas sin consumirse.
Pendientes de Catar
En las últimas noches, la trinchera ha sufrido tan solo un ataque ruso. Dos misiles impactaron en la posición de Boris y sus hombres, pero coinciden en que no es lo habitual. Las fuerzas invasoras atacan con mayor frecuencia los pueblos limítrofes con la frontera. Por eso, como cada mañana, la unidad ucraniana se reúne en una pequeña cabina de madera alrededor de una larga mesa para jugar al backgammon, beber café y fumar.
Algunos de ellos preparan la televisión para ver los partidos del Mundial de Catar. Llevaban meses aguantando la artillería y el fuego enemigo, y tras la retirada parcial, quieren tomarse un respiro. Más aún cuando el foco del conflicto permanece en las localidades de Jersón, Donetsk y Lugansk. Y el servicio de internet Starlink, convertido en bien de primera necesidad, llega a todos los puntos del país. Un salvavidas para los tiempos muertos.
«Nos encanta el deporte. Esto nos sirve de distracción mientras no estamos ocupados organizando comida, vaciando letrinas o vigilando el camino», asegura Serguéi. Recuerda, mientras manipula los cables que van al televisor, sus años de entrenamientos a jóvenes promesas del boxeo en Crimea, deseoso de que Ucrania retome todo su territorio para volver a adiestrarlos. «Quiero promocionar por Europa a mis campeones, mi corazón ya forma parte de ella. Y empezaré por llevarlos a España», confirma con una sonrisa tímida.
Adversidad civil
Pese a que en las trincheras el calor está asegurado, la población civil se desespera por intentar encontrar recursos o formas de combatir las bajas temperaturas de este invierno. Son casi un millón y medio los habitantes de esta ciudad, y en barrios como Saltivka, al norte de la ciudad, van a contrarreloj. Desde el comienzo de la invasión, el 70 % de las viviendas de esta barriada fueron dañadas por misiles. Y pese al gran éxodo que se produjo en febrero, siguen viviendo 100.000 de las 200.000 personas que antes poblaban este vecindario, según cifras oficiales.
Los estragos de la artillería rusa no han desaparecido. Los estigmas de los proyectiles aún son visibles: fachadas derruidas y asaltadas por los copos de nieve, cristales y ventanales rotos, puertas que salieron disparadas y aún no se han colocado… y en el interior de esos edificios, sigue residiendo la gente que decidió que sus vidas y sus casas eran intocables.
Las autoridades de Járkov planean instalar «puntos de calor» para los que dispongan de menos recursos, aunque se limitarán a desplegarlos en las calles. «No sé cómo vamos a pasar las noches, no tenemos madera ni gas para calentarnos, y tampoco dinero para comprar generadores», comenta Oleg, un vecino de Saltivka que nunca abandonó su casa. A su avanzada edad, se desespera por anticiparse a las consecuencias de los ataques rusos, sabedor de que sus circunstancias son graves. «Intentaré que me den cualquier cosa, pero no creo que venga nadie por aquí. Esto está abandonado», asegura.
Oleg señala lo evidente. Basta un paseo para reconocer la ausencia de actividad. No hay niños jugando en los parques que cubre la nieve, los comercios llevan destartalados largo tiempo, y apenas hay gente caminando por sus calles. El silencio arrecia en la localidad. Ausente de vida, se ha convertido en una vecindad condenada a la supervivencia.
El pueblo ucraniano está acostumbrado a las heladas y el frío. Forma parte del país y de su folklore tanto como forma parte de Rusia. Nadie cree que el «General Invierno» vaya a acostarse con la «Madre Patria» de Putin. Pero ahora es una amenaza. Los militares estarán mejor que los civiles. Y creen que deben estarlo porque, de lo contrario, los esfuerzos por ganar la guerra habrán sido en vano. Unos resistirán en las trincheras, otros intentarán sobrevivir en sus casas. Aunque no se dispare ni un arma.