El alto precio de devolver la luz a los pueblos liberados de Ucrania: «Tres técnicos han muerto por llevarles electricidad»

Pablo Medina SHESTAKOVE/LA VOZ

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Varios operarios instalan un transformador en Shestakove, Ucrania.
Varios operarios instalan un transformador en Shestakove, Ucrania. Pablo Medina

Los operarios esquivan los bombardeos y las minas de Rusia para trabajar

08 dic 2022 . Actualizado a las 13:36 h.

«¿Por qué demonios habéis tardado tanto?» Alexandr está hecho una furia. Lleva nueve meses sin la electricidad que le permite calentar su casa, conservar alimentos en la nevera, tener agua corriente y wifi para poder hablar con sus familiares. Nueve meses de larga espera en los que tuvo que convivir con los invasores rusos que se hicieron con el control de su natal Shestakove al comienzo de la guerra y que, además, robaban los recursos que podían a sus pocos habitantes.

Por fin, con la pequeña aldea liberada, los técnicos han podido desplazarse hasta allí para instalar un transformador eléctrico que se conectará a unas torres para dar corriente a la mitad de un pueblo en el que residen entre 300 y 500 personas de las 3.000 originales de la localidad. No existen censos posteriores a las ocupaciones. Son los propios vecinos los que se cuentan entre ellos.

«Los bombardeos y las minas hacen la tarea complicada, es frecuente que nos encontremos con una de ambas antes o durante el trabajo. Nos faltan operarios», narra Alexei, un operario que trabaja en la conexión eléctrica. Ha llegado por la mañana junto a su equipo y las frías temperaturas complican el trabajo. Dispone de chaleco antibalas y cascos para trabajar debido a los riesgos que asumen los operarios para desempeñar su labor.

El trabajo no es fácil. Los técnicos no residen en la cercana Járkov, sino en Vovschank, que se encuentra a cinco kilómetros de la frontera con Rusia. Deben cruzar el río Donets en barca, enfrentarse a los bombardeos, trampas y disparos rusos para transportar el material necesario con el que operar para devolver la luz a los pueblos liberados. De ella depende la calefacción y el suministro de agua potable. Un ejercicio de riesgo para devolver cierta normalidad a unos pueblos abandonados.

Limpiar minas para operar

Además de a las adversidades del trayecto, los trabajadores deben enfrentarse también a la plaga de minas que dejaron los invasores en todas las zonas ocupadas. Si los pirotécnicos del Ejército no actúan antes de su llegada, les es imposible trabajar. 

«Hemos perdido a tres compañeros desde que empezamos a devolver a estos pueblos la electricidad que necesitan para el invierno», señala Alexei con tranquilidad, sabedor de que las necesidades de las localidades que se han librado de la presencia rusa han de ser satisfechas para la supervivencia de sus habitantes.

Shestakove servía de lugar de retiro rural para los habitantes de Járkov, pues se ubica en una extensión de tierra que, previa a la guerra, era muy tranquila. Dependía económicamente del negocio ganadero de una granja bovina, en el que 2.000 cabezas de ganado servían de sustento para varias familias. Ahora, los cadáveres de las vacas se pudren en sus celdas, víctimas de los bombardeos de las fuerzas de Putin, y el dinero ha dejado de fluir. 

No hay empleo y los generadores cuestan entre 700 y 1.000 euros. Ello empuja a que los vecinos del pueblo busquen recursos energéticos en la madera. Los bosques son la mejor opción para obtenerla, pero también son una selva de minas, lo que hace peligrar dicha tarea de recolección de materia prima. 

Halo Trust, una oenegé europea, ha mandado a Ucrania a voluntarios para la limpieza de minas en todo el territorio. Sin embargo, no son suficientes. «Tardan semanas y meses en dejar una zona segura», subraya Alexei.

Viviendas destruidas en Shestakove.
Viviendas destruidas en Shestakove. Pablo Medina

Agotamiento civil

Alexandr recorre el pueblo con marcha acelerada. Sigue indignado con la tardanza de los electricistas. «Estábamos sin gas, no podíamos calentarnos. Tenemos generadores, pero el combustible es caro», comenta indignado. Señala, además, que dependen de ayuda externa para sobrevivir. «Algunos servicios de correos vienen a llevar dinero y provisiones a los vecinos más mayores», aduce. Está agotado, y el invierno será otra losa con la que cargar.

Pero la clemencia es justa. Desde que Shestakove fue liberada, quedan tareas pendientes. Alexandr vive en una casa que ha sido castigada por los combates. La puerta de su garaje, su domicilio y los edificios adyacentes no han borrado las huellas de las pugnas por el control de la localidad.

Un surtido de agujeros de bala manchan la totalidad de su inmueble. «Al menos me he quedado con los cascos», cuenta mientras muestra dos protecciones para la cabeza arrebatadas a soldados rusos que datan de la Segunda Guerra Mundial. En una de ellas, se lee el apellido Ivanovich. «No sé quién es, pero que se joda», clama el vecino.

Pero lejos de los combates entre rusos y locales, a Alexandr le preocupa vivir en una situación de riesgo. Bien es cierto que cuenta con varios generadores y un apreciable montón de madera, pero se queja de que los pirotécnicos no han hecho su trabajo en la totalidad del pueblo. «Nos cayó un misil ruso en casa. No ha detonado, pero sigue en el suelo. No sé qué hacer para librarme de él. Tengo que calentar la casa y procurar que no explote», cierra.

La electricidad tras casi un año de ausencia dará una oportunidad a los habitantes de Shestakove para superar el invierno, pero las amenazas de los explosivos rusos marcarán la frontera de la supervivencia de sus habitantes. En su patria, en sus campos, en sus casas.