Túnez, inicio y final de la Primavera Árabe

Ricard G. Samaranch TÚNEZ / E. LA VOZ

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Protestas en Túnez.
Protestas en Túnez. ZOUBEIR SOUISSI | REUTERS

Las legislativas del próximo día 17 consolidan la deriva autocrática que dilapidó la transición democrática

12 dic 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Como si de una obra de teatro circular se tratara, las esperanzas democráticas nacidas de la llamada Primavera Árabe han terminado en el mismo lugar en el que todo comenzó: Túnez. Fue la huida apresurada del dictador tunecino Ben Alí, atemorizado por la ola de protestas, la que inspiró a los activistas de toda la región árabe a salir a las calles para exigir a sus gobernantes más libertad, democracia y justicia social. Y ha sido también este pequeño país magrebí el último en bajar el telón de su transición democrática con la aprobación a finales de julio de una nueva Constitución con tintes autocráticos apadrinada por su omnipotente presidente, Kais Said. El 17 de diciembre, tendrán lugar unas elecciones legislativas para consolidar la nueva arquitectura institucional del país, que la oposición ya ha anunciado que boicoteará.

Según los expertos, el nuevo sistema político es «hiperpresidencialista» y codifica los plenos poderes que Said asumió el pasado verano haciendo una interpretación dudosa e interesada del artículo 80 de la Constitución que ahora ha abolido, y que era referido al estado de emergencia. «La concentración de poderes en manos del presidente es muy significativa, y no existe ningún mecanismo real de control [de sus acciones]... El presidente puede decidirlo virtualmente todo» sostiene Zaid al Alí, asesor en procesos constitucionales del Instituto para la Democracia y el Análisis Económico (IDEA). Por ejemplo, la nueva ley fundamental, que Said no consensuó con ningún actor político o social, no recoge ningún mecanismo para que el Parlamento pueda cesar al presidente.

La nueva Constitución fue aprobada en un referendo con una baja participación oficial de solo el 31 %, aunque de estos un 94 % se decantó por el sí. La oposición denunció fraude en la votación, y teme que elecciones legislativas que sean limpias. «El presidente cambió la composición de la Junta Electoral, y ya no es independiente. Yo creo que la cifra real de participación en el referendo apenas llegó al 10 %. El pueblo no ha avalado una Constitución que es fruto de un golpe de Estado, y en cuya redacción no han participado ni los partidos políticos, ni la sociedad civil», espeta Ahmed Nejib Chebbi, el veterano líder del Frente de Salvación Nacional, la plataforma que agrupa los principales partidos de la oposición.

Golpe constitucional

Said, un político independiente de 64 años, fue elegido presidente en el 2019 con más del 70 % de los votos. No es fácil colgarle una etiqueta ideológica, ya que es a la vez conservador en cuestiones morales y rupturista en términos políticos que suele utilizar un discurso populista. Con fama de íntegro y austero, durante la campaña electoral prometió librar al país de una clase política «corrupta» a la que responsabiliza de no haber mejorado el nivel de vida de los tunecinos durante diez años de transición. Ahora bien, nadie imaginaba hace tres años que Said llevaría a cabo un «golpe constitucional», es decir, que declararía el estado de emergencia para disolver el Parlamento, cesar al primer ministro, y arrogarse plenos poderes para gobernar por decreto.

Tras el golpe, Said gozó de una enorme popularidad entre una población que ansiaba cambios radicales. Con el paso de los meses, su apoyo se ha ido erosionando, pero aún conserva una base sólida. «Los políticos son unos mentirosos que solo miran por sus intereses. Said, en cambio, es un hombre honesto», comenta Kamel, un veterano taxista. En el centro de sus críticas, Ennahda, el histórico partido islamista tunecino que ha participado en mayor o menor grado en la decena de Gobiernos posrevolucionarios.

Durante una década, pareció que Túnez era un alumno aventajado en la asignatura de la transición democrática. Con relativa rapidez fue capaz de cumplir satisfactoriamente todos los indicadores que miden el éxito de una transición: realizó elecciones libres y democráticas a finales del 2011, aprobó una Constitución con un amplio consenso y se produjo una alternancia pacífica del poder. Sin embargo, debajo de esta capa de normalidad democrática iba fermentando un profundo malestar que se expresaba en una creciente abstención en los procesos electorales y en los intentos migratorios de miles de jóvenes.

«La transición fue exitosa en el ámbito político, pero fracasó en el económico», comenta el politólogo Youssef Cherif. Además de exigir libertad y dignidad, durante la Revolución las masas pedían justicia social y más trabajo. No obstante, la inestabilidad, la mala gestión y los ataques yihadistas contra intereses turísticos se tradujeron en un crecimiento anémico. Y en lugar de reducirse, el desempleo oficial pasó del 13 % al 18 %. Pero en algunas regiones, el paro juvenil se eleva a más del 40 %.

Tras el inicio de la guerra en Ucrania, la crisis económica se ha agravado, y ya escasean algunos productos básicos como el azúcar. El Gobierno confía que la situación mejore tras haber llegado a un acuerdo con el FMI para recibir un crédito de cerca de 2.000 millones. «El país vive una crisis económica y política sin precedentes. Aunque no ha desatado una represión feroz, Said podría prohibir los partidos en cualquier momento. Pero creo que no podrá consolidar su dictadura. Antes habrá una implosión social», vaticina Chebbi, que fue uno de los más destacados opositores al régimen de Ben Alí. Con una nueva Constitución y un respaldo menguante a su autocrático presidente, Túnez se adentra en una aventura política de final incierto.