Marta Ruiz de Azcárate, experta en 'counselling' e inteligencia emocional: «El caos no significa desorden, sino un orden muy superior»
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Ella, que siempre había tenido mucha facilidad para conectar con los demás, se dio cuenta un día de que no reconocía a su propio marido. El reto era complicado, pero lo superó con éxito. Ahora, ha decidido compartir su método
08 feb 2023 . Actualizado a las 08:36 h.Cree que estamos sedientos de personas auténticas, sin doblez, que sepan ser y muestren su vulnerabilidad. Es decir, «que deberíamos fluir un poco más en la sociedad», señala Marta Ruiz de Azcárate (Cádiz, 1984), que acaba de publicar Cambiando el foco, un libro que nos enseña a «deshacernos de lo que nos impide mejorar y centrarnos en lo que realmente importa: nosotros». Más allá del título de libro, Cambiando el Foco es un proyecto que comenzó hace seis años tras una crisis personal, a través del cual esta andaluza con raíces gallegas ofrece acompañamientos en momentos de dificultad, de sufrimiento o de toma de decisiones. «Creo que la gente cada vez se está atreviendo más a ir a terapia, porque hay que ser valiente y humilde para abrir el corazón, para mirarlo uno mismo y dejar que otro lo vea», apunta esta especialista en inteligencia emocional.
—¿Este libro surge de una crisis de pareja?
—Sí, por una crisis muy grande en mi matrimonio, donde yo, que siempre he tenido mucha facilidad para el encuentro con los demás, a los siete años de casada, dije: «Dios mío, este chico es un extraño absoluto para mí y no responde a ningún patrón de comunicación que yo conozca». Fue muy difícil, empecé a reaprender a comunicarme con él, a ver las cosas de una manera distinta… Era un reto grande para mí.
—¿Qué hiciste para darle la vuelta a la tortilla? Porque ahora sois una familia feliz.
— Una familia humanamente feliz. Hay momentos en los que todo salta por los aires, pero luego hay muchos otros de encuentro. Hice un máster en inteligencia emocional, un máster de counselling, y muchas otras cosas. Me di cuenta de que podía hacer las cosas de una manera distinta, y es ahí donde yo cambié el foco. Aunque a mí me parecía fenomenal decir las cosas de la manera A, a lo mejor la otra persona necesitaba que se las dijera de la manera B. Poco a poco fui desarrollando mi propio estilo. Un día mi marido me dijo que tenía que darlo a conocer a los demás, y así surgió todo el proyecto de Cambiando el Foco, con el que ya llevo seis años.
—¿Y ese aprendizaje interior te llevó a realizar autocrítica?
—Me llevó a juzgar los actos, y no tanto a la otra persona. En un principio, yo había confundido que los actos y la persona eran lo mismo. Como rechazo los actos, rechazo a la persona, pero son cosas diferentes. Un ejemplo, una persona que roba. Aunque yo rechace el robo, si me paro a escuchar a la persona, seguramente no la rechazaré, porque tiene una historia vital que la ha llevado a ese robo, y una herida profunda que le está diciendo: «Roba», y se ve abocado a cometerlo, sin pararse a pensar que puede no hacerlo.
—¿Por qué deberíamos pensar que tenemos que cambiar el foco?
—Cuando uno no se encuentra a gusto consigo mismo, cuando hay muchas cosas que no encajan en su vida, no vive de manera apacible, consciente, no tiene esa paz interior, creo que hay que plantearse si uno está viviendo o sobreviviendo. Ahí es cuando hay que plantear un cambio de foco.
—¿El primer paso está en uno mismo?
—Exacto. Muchas veces la gente en la consulta me dice: «Es que el que tiene que cambiar es mi jefe, mi marido, mi amiga...». Y al final, se dan cuenta de que si cambia uno mismo, cambia todo. Lo único que puedo cambiar es a mí mismo, y eso, normalmente, da pie al otro a cambiar.
—Me llama mucho la atención que dices en el libro que Marie Kondo o La Ordenatriz hacen estragos en las casas. ¿El orden nos perjudica?
—No, el orden nos obsesiona. Un orden bien entendido, que admite vida… Por ejemplo, tú entras en mi casa y la ves ordenada, ahora ¿está milimétricamente ordenada? ¿No hay nada que sobre? ¿Hay cosas que falten? No. Es una casa con vida.
—De las que no salen en las revistas…
—Podría salir porque es bien bonita, pero no va a salir porque no es perfecta. Mi casa es vivida… El orden, la limpieza… son necesarios para una paz interior, para la estabilidad, para el equilibrio. Ahora bien, en este mundo en el que todo lo radicalizamos de una manera extrema, nos obsesionamos con el orden, y necesitamos que todo sea milimétrico, y eso nos lleva al control, a actuar por miedo, a otra parte. Una cosa es tener una casa limpia y ordenada, donde dé gusto estar, (pero eso es una casa con vida); y otra distinta es Marie Kondo, «que nada te sobre, que tengas solo las prendas necesarias en tu armario, que sepas combinarlas a la perfección, y nada de más…». Pues no, todo el mundo tiene el típico jersey que le trae recuerdos de su infancia, y no lo tira, no porque sea bonito, porque le recuerda, y ya está, no pasa nada. Si el orden compromete nuestra libertad, ufff….
—¿Cierto caos no es malo?
—No, porque el caos no significa desorden, significa que hay unas leyes que rigen ese caos, pero que nosotros, porque no hemos avanzado suficiente en la vida, no tenemos inteligencia o por lo que sea, no llegamos a conocerlas. No quiere decir que no haya orden, sino que es un orden muy superior a mí, entonces yo no llego a conocerlo.
—Ponme un ejemplo.
—Yo he vivido momentos de mucha incomprensión, de mucho desorden, de decir: «No entiendo qué está pasando», pero años más tarde le encontré un sentido, e incluso llegué a agradecer ese momento de caos y de desconcierto, porque gracias a eso ahora puedo ser quien soy.
—¿Las emociones hay que controlarlas?
—Para mí no, detrás del control hay una emoción muy clara y es el miedo. Yo necesito controlar algo porque no me fío. Las emociones hay que identificarlas, hay que conocerlas, en el sentido de saber a qué acción me predisponen, para tener información y decidir cómo actuar. Pero eso no es controlarlas. Yo no puedo evitar sentir tristeza mirando el sufrimiento del mundo. No lo puedo evitar, ¿cómo controlo eso? ¿Apago la televisión? Y aun así, soy conocedora de que hay sufrimiento en el mundo. Hay cosas que no se pueden evitar. Un excesivo control de las emociones, porque nos hayan enseñado de pequeñitos, nos lleva al hermetismo, a una persona muy rígida, que no interactúa bien con los demás, que no se permite ciertas cosas… El sufrimiento es mucho mayor.
—¿Dónde suele estar la causa para no llevar una vida plena y feliz?
—Diría que el foco estaría en dos cosas: en la falta de autoconocimiento, no saber quién soy en esencia, y esto nos lleva al otro, al miedo a ser quienes somos en el momento en el que estamos, y entonces nos ponemos muchas caretas, muchas máscaras, no vaya a ser que el otro descubra algo que encima yo desconozco y no me vaya a aceptar como soy. Hay que ser muy valiente para adentrarse ahí.
—¿La manera en la que vemos las cosas condiciona lo que nos pasa?
—Sí, nosotros tenemos unas experiencias vitales, un aprendizaje, una personalidad, y todo eso condiciona, que no determina, lo que nos pasa. Un hecho determinado, yo lo puedo ver como agresivo y tú como triste por haber tenido diferentes experiencias vitales. Si yo lo vivo como algo agresivo, me va a dar lugar a la ira que me predispone al ataque o a la autodefensa, pero puedo educar esa mirada, y verlo desde otro lado. La mirada con la que yo veo el mundo me condiciona cómo lo vivo, pero tengo la libertad para cambiarla, para no ver solo lo que falta o lo que me hace daño, sino para pensar que, aunque eso sea así, hay muchas otras cosas.
—Un «post» que escribiste sobre el duelo tuvo dos millones de reproducciones. ¿Despierta mucha curiosidad este tema?
—Yo creo que el duelo está prácticamente en todos los días de la vida, unos más pequeñitos y otros más grandes. El duelo es la pérdida de alguien o de algo, incluso de una ilusión o una expectativa. Yo me puedo levantar de la cama y decir: «Hoy va a ser un día maravilloso», y de repente salgo de mi habitación, piso las piezas de los Lego de mis hijos, porque ayer no las recogieron, y entonces ya: «Arggg». Ahí hay un pequeño duelo porque he empezado el día con mal pie. Pero hay muchísimos duelos, sobre todo lo veo en Instagram, de gente que quiere ser algo que no es. Reflejan una imagen suya que no es, viven en un duelo constante.
—Pero las redes son eso, ¿no?
—Hay mucho de eso, y de los otro también. Es muy difícil enseñar cien por cien la realidad de una casa, y además tampoco sería sano, porque hay una faceta de intimidad, pero también hay cuentas que intentan dar visibilidad a una convivencia normal y a una vida normal, aunque creo que abunda más lo otro, y eso nos indica que no sabemos ser quienes somos, que nos da miedo, que usamos filtros. Yo nunca he usado un filtro en Instagram.
—Es por esa búsqueda de la perfección...
—Sí, por eso lo que hablábamos del duelo. Eso es un duelo mal hecho, un duelo a esa idealización de lo que quiero ser para bajarme a lo concreto, a lo que soy.