Una locura de familia: «Con ocho hijos, casi nueve, vivimos más tranquilos que muchos padres con uno»

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Ana y Jesús con sus hijos: Hugo, de 10 años; Víctor, de 9: Diego; de 8; Héctor, de 6; Laura, de 5; Mateo, de 4; Marco, de 2, y Martina, de 9 meses
Ana y Jesús con sus hijos: Hugo, de 10 años; Víctor, de 9: Diego; de 8; Héctor, de 6; Laura, de 5; Mateo, de 4; Marco, de 2, y Martina, de 9 meses

Los García Iglesias se han hecho famosos en TikTok contando cómo se organiza una familia numerosa, pero Ana y Jesús jamás pensaron que tendrían tantos críos, todo fue fluyendo, y así han sumado ocho en diez años. Ahora viene de camino otro bebé

20 feb 2023 . Actualizado a las 17:57 h.

Ana Iglesias tiene 39 años y su marido, Jesús García, 44. Entre sus planes nunca estuvo construir una familia tan amplia, pero un hijo les ha llevado a otro y ahora son Una locura de familia, como se denominan en las redes sociales. En ellas se puede ver su día a día y todas sus curiosidades: cuánto gastan en leche a la semana (si sigues leyendo te lo cuento más adelante), cómo se organizan con la limpieza, o cómo se las ingenian para marcharse una semana a la playa, porque sí, con 8 hijos pequeños es tarea imposible alojarse en un hotel.

Ana ahora está embarazada de diez semanas del noveno y todavía no sabe qué espera. Su primer hijo le llegó a los 28 años, pero antes de Hugo, el mayor, que ahora tiene 10 años, ella sufrió un aborto. A partir de ese momento tardó unos meses en quedarse embarazada y desde entonces no ha parado. En casi diez años, ha tenido ocho hijos, va camino del noveno, y ha tenido otro aborto, el segundo, previo al nacimiento de Martina, su hija pequeña. Así que en casa de los García Iglesias los niños suman aún pocos años entre todos. Hugo tiene 10; después va Víctor, de 9; Diego, de 8; Héctor, de 6; Laura, de 5; Mateo, de 4; Marco, de 2; y Martina, de 9 meses. Todos han sido partos «sencillos y naturales», explica Ana, aunque reconoce que a los 39 no se siente igual que con el primer embarazo. «Estoy más cansada, noto la edad, no es lo mismo y, claro, ahora también somos más en la familia». «¿Has pensado en tener más hijos?» es la primera pregunta que le hago, y pese a dudar un poco, se atreve a hacer un pronóstico: «Yo creo que puede ser que este sea el último, no quiero asegurarlo, porque puedo cambiar de opinión, pero casi estoy convencida. Cumplo 40 años y a partir de aquí empieza a haber riesgo. Con eso no digo que no se puedan tener hijos a esa edad; yo, si no tuviese ninguno, aunque tuviese 40, lo intentaría, pero como ya vamos a tener nueve, son suficientes, no veo necesidad».

«Fue saliendo así»

«Nosotros cuando empezamos juntos no pensábamos que íbamos a tener esta cantidad de hijos. Lo hemos ido decidiendo a medida que fueron naciendo. Si a mí de pequeña me hubieses preguntado cuántos hijos quería tener de mayor, te hubiera dicho dos; y mi marido, tres, pero fue saliendo así». Ninguno de los dos proceden de familias muy numerosas, Ana tiene un hermano y Jesús tres, ni responden al prototipo de familia religiosa. Sin embargo, Ana sí cree que influyó en su amplia familia que los primeros hijos fueran todos varones. «No te voy a negar que cuando tenía tres y me quedé embarazada, yo quería la niña, pero no fue solamente eso, porque entonces cuando llegó Laura me podía haber plantado. A la cuarta llegó Antón, y a la quinta, la niña. Y a partir de ahí fue un ‘no me importaría tener otro’; ‘sí, quiero otro’. Aunque tampoco tenía el calendario delante y planificaba a ver si me quedaba embarazada, simplemente dejé que viniesen, si querían venir», relata.

Cuando nació su primer hijo, Ana y Jesús tenían un perfil —dice ella— «normal». Eran empleados de banca, con un salario medio, los dos habían estudiado carrera y tenían un máster, pero con ningún sueldo estratosférico. A medida que fueron teniendo más hijos sí se vieron en la necesidad de aumentar su economía, «para poder darles también algún capricho, o pagar las excursiones del colegio, y no estar mirando la cuenta todo el tiempo». «Nosotros queríamos tener alguna comodidad, como poder salir con ellos a comer fuera alguna vez, o llevarlos al cine, o poder irnos en alguna ocasión de vacaciones». Solo cubrir las necesidades básicas en una casa de diez personas supone un enorme gasto. En comida ellos se dejan al mes unos 1.400 euros. Por eso, Ana y Jesús decidieron montar un negocio, y como a ella le gustaba el mundo de los bebés, se especializó en todo lo relacionado con la puericultura. Él siguió trabajando por cuenta ajena, pero ella se dedicó a la tienda, aunque con otra persona que la ayudaba, porque con tantos hijos, si uno se ponía enfermo, ella quería poder estar en casa para atenderlos. Así mejoraron económicamente.

«Nosotros no éramos una familia rica, sin embargo ahora, si tuviésemos dos hijos, ya te digo que millonaria no sería, pero viviría muy, muy bien. Pero, claro, si solo tuviese dos hijos, probablemente hubiera seguido en aquella vida y no me hubiese esforzado tanto. Nuestro nivel económico ahora mismo es igual al de una familia con dos hijos de clase media». En estos momentos viven en un chalé a las afueras de Madrid, por el que pagan una hipoteca, pero antes tuvieron un piso de tres dormitorios en el que tenían capacidad para seis hijos. Cuando necesitaron una habitación más lo valoraron y por el precio de un piso de cuatro dormitorios en el norte de Madrid se compraron un chalé más espacioso en las afueras.

«Hasta el tercer hijo yo no tenía idea de que íbamos a ser tantos, cuando llegó el cuarto me di cuenta de que era superdivertido porque estás siempre acompañada. Vamos al parque y ya no hacen falta niños, porque lo llenan ellos; la conexión que tienen todos es maravillosa. Cuando los miro de camino al cole cómo van todos juntos me encanta. Es superguay tener una familia tan grande, se apoyan muchísimo, a partir del cuarto empieza a ser muy divertido», relata Ana. «No es lo mismo irte con un amigo de vacaciones que con diez, tienes más gente para compartir; a lo mejor no te gusta jugar hoy con este y juegas con el otro», indica. ¿Has perdido alguna vez algún niño en el parque?, le digo. «¡Sí!, casualmente cuando viene más gente con nosotros hay más posibilidades. Por ejemplo, en las vacaciones. Cuando han venido los abuelos, tendemos a confiarnos, crees que están con ellos y dejas de echarles el ojo. Así se nos ha perdido alguno», cuenta. ¡Pero los habéis recuperado! «Ja, ja, sí, cuando vamos a un parque de atracciones o a sitios de mucha gente les apuntamos el teléfono o les ponemos una pegatina con los datos», señala Ana, que les ha enseñado una norma: «Si os perdéis, no os mováis del sitio».

¿Eres una persona paciente o es más tu marido? «¡Mi marido!», responde tajante. «Reconozco que en alguna ocasión la situación se nos va de las manos porque es lógico: tienes a cuatro niños llorando a la vez, porque a lo mejor les has dicho que no a algo, y, claro, lloran para salirse con la suya. Pero no les podemos decir que sí a todo para que se callen; en ese momento se te hace duro. Los llantos de los niños generan mucho estrés, y cuando es así, me salgo fuera de la habitación, procuro irme, porque si no, pierdo los nervios», confiesa.

Ana se define como una madre que está en contra de la sobreprotección, que intenta que sus hijos sean lo más autónomos posible: «Sé que mucha gente ahora está muy a favor de la crianza respetuosa, pero eso, en mi caso, no es viable. No puedo estar esperando a que un niño se calce cuando le dé la gana, no puedo esperar una hora a que tome la decisión. Yo, en ese caso, cojo al niño en brazos, lo monto en el coche y ya se irá calzando. Me tengo que ir porque si no, no llegan al colegio los demás», relata.

Ana les ha dado pecho a todos hasta casi el año, pero cuenta que ella ya no es la persona rígida que con el primer bebé medía todo con cuidado. «Recuerdo que si la temperatura del agua no era la adecuada para bañar a mi primer hijo, vaciaba la bañera y la volvía a llenar. ¡Le he dado importancia a cosas que no la tenían! Al primero lo tuve siempre en la cuna porque en las clases de preparación al parto me dijeron que no lo metiera en la cama jamás, y si me tenía que tirar dos horas sin dormir, me las pasaba con él paseando. Con ocho eso no me sucede, y no pasa nada por meterlos en la cama, estoy segura de que a los 18 ninguno va a venir, ja, ja», se ríe.

No pasa nada si se caen

Cada madre y cada padre deben ir a su ritmo, aconseja, y ella, por ejemplo, procura que vayan comiendo solos en cuanto pueden y le resta importancia a cosas que, en su opinión, no la tienen. «Vivo más tranquila que muchos padres con un solo hijo, claro, porque si un hijo mío se cae al suelo, yo le digo: ‘No pasa nada, levántate’. Si van ocho personas mayores a ver a un niño que se cae, entonces él toma conciencia de que eso es muy serio, y se hace el protagonista y llora». «Yo creo que eso es sobreprotegerlos, tampoco estoy obsesionada con que coman todo al mediodía. Ahora sé que ningún niño se va a morir de hambre teniendo comida alrededor. ¿Quieres comer? Bien, ¿no quieres? No te fuerzo. Yo hago un plato de comida, si hay lentejas, hay lentejas. No te voy a hacer una dieta aparte, no hago veinte menús», especifica. Ana cuenta con mucha gracia cómo es ese momento en que está friendo filetes para todos, porque para comer caliente, ese proceso puede alargarse de tal modo que cuando le sirve al último, ya ha acabado el primero de comer. «No estamos para tonterías», concluye, pero me la imagino con la sartén y esa infinita bandeja de croquetas.

«Yo no quiero niños a los que tengan que sujetar a cada paso, sino hijos que tengan herramientas para resolver los problemas», aclara esta madre, que asegura que lo que peor lleva son los grupos de WhatsApp de padres. Para soportar el peso de la logística escolar, su marido y ella se han repartido a su hijos, pero insiste en su fórmula: «Son los niños los responsables de lo que tienen que hacer».

Ahora tienen ayuda doméstica en casa (unas horas a la semana), pero no siempre ha sido así, por eso han implicado también a sus críos en la limpieza: los mayores ayudan a aspirar, a barrer, y a pasar el polvo; y los pequeños recogen los platos de la mesa. «Intentamos que recojan ellos lo que ellos han tirado», concluye Ana, que reconoce que tampoco irse de vacaciones es sencillo. Se han comprado un minibús, se han sacado el carné, y los hoteles no les dan facilidades; de hecho, para entrar todos les han exigido la presencia de tres adultos para dividir a los niños en tres dormitorios. Por eso los García Iglesias este año se irán de apartamento una semanita, contando el gasto que supone. «Si vamos a comer fuera es casi una cena de empresa», se carcajea Ana, que sabe lo complicado que es mover a tantos. A eso hay que sumar las miradas y las críticas: «Mucha gente no nos entiende, yo solo pido respeto». Por cierto, en su casa gastan 74 litros de leche en tres semanas.