Amaya de Miguel, fundadora de Relájate y Educa: «La paciencia está sobrevalorada, no resuelve conflictos»

ACTUALIDAD

Amaya de Miguel, conferenciante internacional, fundadora de la escuela de padres y madres Relájate y Educa.
Amaya de Miguel, conferenciante internacional, fundadora de la escuela de padres y madres Relájate y Educa.

¿Qué harías si tu hijo pequeño explota y te habla mal o si no se quiere vestir? Las propuestas de esta «profe» de padres, madre de tres niños, te van a sorprender

22 may 2023 . Actualizado a las 22:10 h.

Igual para que un niño se vista hay que empezar por los pies. Que un niño no se quiera vestir tienen una solución diferente en Relájate y Educa, escuela para madres y padres con el objetivo de rebajar el ruido y mantener la calma que ha fundado Amaya de Miguel.

Ni los gritos ni los castigos ni los discursos ni los chantajes funcionan a la larga con los niños, advierte la mentora. «Muchos de mis alumnos no han tenido la infancia que ellos querrían para sus hijos, porque han sido tratados con dureza o con pocas expresiones de afecto, y no lo saben hacer. Esta es una preocupación habitual entre los padres que nos consultan», señala la madre de tres que nos entrena en la «disciplina juguetona». Las cosas que más dificultan el día a día con los hijos son «las pantallas, los deberes, las peleas entre hermanos y las faltas de autocontrol de los niños. La buena noticia es que todo esto se puede trabajar y se puede mejorar», asegura Amaya de Miguel.

—Sobran manuales, pero en el día a día aprietan los conflictos y las dudas. ¿En qué fallamos más hoy, que disponemos de tanta información?

—Hay una gran cantidad de información porque hay una demanda. Ha habido un cambio fuerte en los modelos. La manera de relacionarnos padres e hijos está cambiando. El modelo que las generaciones anteriores usaron con nosotros no nos interesa. Además de información, hoy hay mucha más formación. Es mucho más beneficioso para el niño educar desde el vínculo. Nos cuesta porque es un cambio fuerte. Es un modelo que no hemos mamado. Es como aprender un idioma nuevo.

—Da la impresión de que hemos ganado cercanía con los hijos, pero a costa de perder esa seguridad que daban los padres hace 50 años...

—Una de las cosas que más trabajamos en Relájate y Educa es cómo dar seguridad a nuestros hijos. Somos los adultos los que conducimos el autobús. Somos nosotros los que sabemos hacia dónde vamos, qué hay que hacer en una rotonda, cuál es el límite de velocidad. Los niños van detrás con el cinturón puesto... y quieren ir al baño, tienen hambre, se pelean. Debemos estar pendientes de sus necesidades, pero somos nosotros los que manejamos el autobús, con seguridad interna y dándoles seguridad a ellos. Usar un método basado en la conexión con el hijo, en la inteligencia emocional, no tiene por qué oponerse a la seguridad ni a la firmeza.

—La firmeza es clave, señalas. A menudo nos caemos de un lado: el de la permisividad o el de la rigidez. Y de pronto nos encontramos con que no sabemos dónde están nuestros hijos o bien con ellos al volante del autobús. ¿Tendemos a irnos a los extremos?

—Hay muchos modelos de paternidad y de maternidad, pero, a grandes rasgos, simplificando, solemos hablar de tres: el modelo permisivo, que tiene algo de abandono de mis funciones como padre o madre. Aquí los padres no ejercen como padres, porque quieren evitar el conflicto, ser amigos o colegas del niño, o porque no saben hacerlo. Otro modelo que tampoco queremos es el autoritario, el del puñetazo en la mesa, el del «Esto se hace porque lo digo yo y si no te doy una bofetada». Entre ambos está la asertividad: se trata de poder dar esa seguridad que comentamos a los niños, de ser firme desde la conexión. Marco las pautas porque, como madre, sé cuáles son nuestras necesidades (que no son deseos; deseo comer un bollo, pero la necesidad es comer bien). La conexión debe ser el centro de las relaciones familiares. En esta conexión hay ingredientes como la empatía, entender en qué momento del desarrollo está el niño y cuáles son sus necesidades internas. Esto hace que los niños tengan seguridad, que se sientan arropados, que puedan ser ellos mismos... y no quienes yo desearía que fueran con mis expectativas. Así les damos seguridad, reducimos el conflicto, conseguimos que el ambiente en casa sea mucho más agradable. Las claves son conexión y firmeza.

—Da la sensación de que en las madres se penaliza el descanso, el no estar haciendo nada. ¿Las madres nos dejamos a nosotras para el final?

—En muchas de mis clases, pregunto: «En la lista de cosas que tienes en la cabeza, ¿qué lugar ocupas tú?». Las madres suelen decirme que no están en esa lista. Siempre digo: «Esto hay que cambiarlo. Tú tienes que ser la primera. Tienes que ocuparte de ti y estar bien. Lo primero, por ti. Lo segundo, por los demás. Y lo tercero, para ser un modelo para tus hijos». A mí me gustaría que en el futuro si mis hijos quieren echarse la siesta, se la echen sin sensación de culpa. Como esas madres que no pueden ir al gimnasio o quedar con alguien porque les parece que están cometiendo un crimen... Las madres y los padres debemos estar los primeros en la lista, tenemos que recuperar pequeños placeres y encontrar tiempo para nosotros. Pero no va a ser el tiempo que teníamos antes de nuestros hijos.

—Hay quien se resiste a cambiar de vida, quien sigue llevando (como puede) su vida de antes, de bares y conciertos, pero con niños.

—Es una fase distinta, nueva, no puedes ir a un concierto todos los fines de semana... Pero buscas soluciones. Igual puedes quedar los sábados con tu pareja en la cocina para bailar.

—¿Se puede educar sin gritos?

—Yo educo sin gritos a diario. Eso no significa que no grites nunca, pero a lo mejor gritas tres veces al año. Si gritas, tienes que cambiar lo anterior, lo que te lleva al grito. A lo mejor tienes que cambiar tus horarios, vuestras rutinas, la manera en la que te comunicas con tus hijos; y no solo la fase del grito. La clave es trabajar las situaciones que nos descolocan.

—¿Cuál es la diferencia entre ser asertivo y ser permisivo?

—Ser asertivo es decir las cosas con firmeza, claridad, pero sin machacar. Un clásico: enfrente del cole, tienda de chuches. Y todos los días, tu hijo: «Mamá, cómprame». A mí se me encoge el corazón y, aunque prefiero que mi hijo no coma el bollo, cedo y se lo compro. Ahí estamos siendo permisivos, estamos poniendo al niño al volante. El autoritario: «No te lo voy a comprar, ¡y deja de llorar ya!». Una persona asertiva: «Sé que quieres un bollo, pero no es bueno comer bollos todos los días. Vamos a hacer una cosa: los viernes a la salida del cole te compro uno, solo el viernes».

—¿Cómo educar sin ceder a la presión social y sin quedarse aislado?

—Es algo que tiene que ver con poner en el centro nuestros valores y actuar acorde a ellos. Hay que descubrir qué es lo bueno para ti, para tu familia. No hacerlo genera conflicto interno. Porque no llevas la vida que quieres llevar, no eres la persona que quieres ser... Siempre digo: «Educa desde la valentía». Para eso tienes que saber cuál es tu faro e ir hacia él.

—«La paciencia está sobrevalorada», adviertes, ¿por qué?

—La paciencia es una ayuda. Con niños hay que tener una buena dosis de paciencia, pero la paciencia no resuelve una situación. La paciencia lo que hace es aguantar-aguantar-aguantar una situación que tenemos que modificar. Igual tenemos que cambiar nuestro sistema, nuestros horarios... Si solo nos apoyamos en la paciencia, no estamos creciendo. La paciencia tiene doble cara: soy paciente hasta el día en que no puedo más y entonces se produce la explosión.

—Receta para que se vistan solos.

—Si usas la paciencia: «Anda, venga, vístete... y venga, ya te visto yo». Al final, le pegas cinco gritos. En Relájate y Educa, ¿cómo lo hacemos? Primero revisamos que los horarios están bien. Quizá no duerme lo suficiente (y tengamos que adelantar la cena y acostarle a las ocho). A lo mejor, no se quiere vestir porque tiene un hermano pequeño al que vistes. Habla con él, busca ese contacto emocional y luego usa el juego. Con la ropa, muchos de mis alumnos hacen esto: «Yo te visto». Cogemos los pantalones y se los ponemos en la cabeza, la camiseta en los pies, el niño se ríe... Y, al final, te dice: «¡Mamá, que no se pone así!». Y termina, muchas veces, vistiéndose. Mucho mejor que «o te vistes o te vas en pijama al cole» o que el «ya te visto yo».

—¿Qué hacemos cuando nos hablan mal, con insultos o a gritos?

—Una de las cosas que hacemos es buscar «la voz bonita», la voz bonita del niño o de la niña. Te pones a buscar en los cajones, le levantas la camiseta o en los bolsillos, le haces cosquillas, «es que estoy buscando y no la encuentro, ¿dónde está?». La niña te dice: «¿Pero qué buscas, mamá?». «Tu voz bonita, no la encuentro, seguro que te la has dejado en el cole». Solo esto sirve para cambiar su estado de ánimo. Cuando nuestros hijos nos dicen: «¡Cállate, déjame en paz!», les solemos corregir igual que ellos: «¡No me hables así, ni se te ocurra!». Debo tratar de reducir su malestar, no aumentarlo, para luego poder decirle que no me puede tratar así.