Inés Martín Rodrigo, autora de «Una homosexualidad propia»: «Las mujeres homosexuales sufrimos doble discriminación»
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La escritora que recibió el Nadal 2022 empuña una reivindicación ante los que no entienden que las palabras pueden ser armas cargadas de pasado y homofobia
29 jun 2023 . Actualizado a las 20:06 h.Con una querencia especial por las palabras, una ausencia demoledora de madre desde los 14 años que la sumió en la depresión, hebras de memoria brillante y una naturalidad recién cortada, que no cede a la pereza por desmigar los matices de cada expresión desafortunada y cada estereotipo, pero también con alegría, esperanza y referentes amigos, defiende Inés Martín Rodrigo (Madrid, 1983), premio Nadal 2022 por Las formas del querer, Una homosexualidad propia. Y esta defensa es un ataque a ciertos comportamientos en lo social y en lo político, y un subrayador de derechos fundamentales «que no pueden perderse».
Cada capítulo de Una homosexualidad propia, un viaje personal que rompe las cadenas sociales aprendidas, lleva por título un portazo (Marimacho, Soy lesbiana, Salir del armario), un portazo que abre el cuarto de esta historia singular y colectiva, la de las mujeres que han tenido que descubrirse en silencio, en los márgenes, a escondidas, casi solas.
-Quizá todo empieza por una palabra que marcó tu infancia. ¿Esta historia empieza por «marimacho»?
-Sí, de hecho, el libro empieza así, con la palabra marimacho. Es una palabra con la que yo me veo obligada a relacionarme durante mi infancia y mi primera adolescencia, porque la oigo en numerosas ocasiones, únicamente debido a que yo fui una niña a la que no le gustaban cosas que se supone que eran de niñas. A medida que ha ido pasando el tiempo, me he ido dando cuenta del daño que esa palabra, que el lenguaje, puede llegar a hacernos. Por eso decidí comenzar el libro con esa palabra. También como advertencia. Un «ojo, la infancia es una de las etapas más frágiles». Tengamos cuidado con el lenguaje, seamos delicados, porque las palabras son tran frágiles como las personas a las que definen.
-Es grande el poder del lenguaje para herir, pero también para restañar heridas. El libro se hace corto, es un texto implacable en el que todo parece estar muy medido, pero ofrece también esa luz espontánea de vivencias y anécdotas propias. ¿Cómo has construido tu propio canon para ampliar el foco y defender una homosexualidad propia?
-Los referentes culturales son fundamentales en la construcción de la propia identidad. Buscamos vernos reflejados en los libros que leemos, en la música que escuchamos, en el arte, en las series y películas que vemos. Buscamos ver ese reflejo por algo fundamental; porque en el momento en el que nos vemos reflejados reconfrmamos nuestra existencia. Esto nos sirve para existir también. El problema es que a medida que yo fui creciendo y madurando fui definiendo mi identidad. Yo buscaba esos referentes, esas mujeres que esperaba que fueran como yo y no los encontraba, y eso frustra. Eso lo primero, y en segundo lugar, eso te condena a una invisibilidad que te empequeñece. Te empequeñece hasta casi hacerte inexistir (creo que me acabo de inventar ese verbo). Te condena a la no existencia y tú misma te vas convenciendo de manera injusta de que en esta sociedad no hay lugar para ti. Tuve la suerte de que, en ese proceso de no encontrarme en el canon mayoritario, injusto y limitador (no solo desde el punto de vista de la homosexualidad, sino también por la ausencia de la mujer, no hay más que ver la generación del 27 en España o el bum de Latinoamérica...), la suerte de encontrarme con una mujer especial, que al final se ha convertido en el gran referente de mi vida, que me fue desbrozando ese camino. Me fue abriendo el camino, enseñando y descubriendo a todos esos referentes culturales, literarios, cinematográficos, musicales... que ya estaban ahí.
-Si estaban ahí, ¿por qué era tan difícil encontrarlas?
-Era una presencia latente, había que buscarlas. ¿Qué reflexión se puede sacar de aquí? Qué triste es que cueste encontrar estas referencias. Es evidente que en la cultura mainstream, en la mayoritaria, esos personajes han permanecido en los márgenes, que es precisamente adonde se nos condena a las personas que, por nuestra orientación sexual, por la raza, por el género, por el sexo o la procedencia incluso, no encajamos en ese modelo mayoritario. Ya es hora de que pasemos a ocupar el centro, ¿verdad? Es una cuestión de justicia social, literaria y cultural.
-Muchas veces no somos siquiera conscientes de los prejuicios que tenemos o del perfil dominante. Hay quien se pregunta aún qué tiene que ver la orientación sexual de una persona o su sexo con que se valore más o menos su figura o la manera en la que se mira su literatura.
-Tiene mucho que ver, tiene todo que ver.
-¿Todavía se castiga a la mujer por ser mujer y lesbiana?
-Por supuesto, y es un juicio que a veces se hace de manera inconsciente. Llevamos muchísimo tiempo viviendo en una sociedad que es machista y que es heteropatriarcal, y las mujeres homosexuales sufrimos doble discriminación. Somos discriminadas por ser mujer y por ser homosexual. En ese sentido, yo he tenido que leer comentarios en redes sociales desde que se anunció la publicación de este libro (Una homosexualidad propia) del tipo: «Con lo bien que escribía...».
-No te sientes valiente por publicar este libro, escribes en él, pero no ha debido de ser una decisión fácil.
-No, no fue una decisión fácil, pero es fruto de mi compromiso, de mi conciencia social, muy marcada por mi educación. Como si a partir de publicar este libro fueran a relegarme a una categoría inferior o que mi literatura, a partir de este momento, estuviera marcada de manera irremediable por ese hecho... Sería triste, pero ese es un precio que estoy dispuesta a pagar. Es un riesgo que he asumido desde el principio, y los hechos de las últimas semanas, de los últimos días, en los que estamos viendo cómo se empiezan a cuestionar derechos que considerábamos que estaban garantizados, eso me reafirma en que este libro es necesario, en que este libro sirve para lo que siempre sirve la literatura, para generar reflexión y abrir debate. Este libro es solo un paso de los muchos que nos quedan por dar hacia la igualdad de derechos real y efectiva.
-En España se persigue la homofobia, no es como en otros países. ¿No es así realmente?
-Yo hacía estos días esta reflexión: está muy bien que se redoblen los esfuerzos por colocar banderas en edificios institucionales o en las solapas... pero, si te das cuenta, esas banderas al acabar esta semana van a desaparecer. Ya están empezando a desaparecer...
-Pero con las banderas pasa un poco lo mismo que con «los días de». No puede ser cosa de un día, debe ser todos los días. Esa militancia debe estar incorporada a lo cotidiano, a lo Susan Sontag o a lo Jodie Foster, ¿no? ¿Cómo valoraste tú hacer esta revelación, publicar este libro, que, según leo, no consideras una forma de activismo?
-No lo es; no es activismo, es compromiso, que es una distinción importante. Si este libro sirve, como está sirviendo ya, para que otras mujeres, u otros hombres, se vean reflejados, se sientan identificados con lo que yo cuento, que es una historia personal pero al tiempo universal... No sabes la cantidad de gente que me está dando las gracias. «Gracias por dar este paso, porque me siento menos sola, menos solo». Ojo, también personas heterosexuales. El relato es, al final, el relato de la construcción de una personalidad, en una España muy determinada. Respondiendo a tu pregunta, ¿cómo lo valoré? Me costó trabajo, porque había un temor, un miedo a ser juzgada, a ser discriminada, a sentir una vez más esa homofobia. Aunque no seamos conscientes de ella, está ahí, en el lenguaje, en las costumbres, en la manera de relacionarnos. Pero lo hablé en mi círculo más íntimo y decidí que era el momento. He tenido dos últimos años maravillosos, en los que se me han hecho regalos maravillosos, y era el momento de devolver todo eso. Era el momento de alzar la voz, de usar el pequeño altavoz que yo tengo para manifestar mi compromiso.
-En este libro hay grandes descubrimientos, como Annemarie Schwarzenbach. Y más de un ajuste de cuentas. Yo vi, por ejemplo, «Los chicos están bien» encantada de la vida. No pensé en el clásico final infeliz que persigue a la mujer lesbiana...
-Esa película es terrible... Fíjate en que el primer final feliz de una historia de amor entre mujeres sea cosa de Patricia Highsmith, Carol, obra de la reina del suspense... Qué preciosa paradoja, ¿no?
-Nada hay más efectivo que la naturalidad, adviertes en relación con Jodie Foster. ¿La naturalidad es la mejor campaña si se sostiene en el tiempo?
-Sí. La naturalidad, que no la normalidad... Qué peligrosa es la normalidad, que no es más que lo normativo, que nos vienen imponiendo desde hace muchísimo tiempo. En hablar y comportarnos con naturalidad está, sin ir más lejos, el ejemplo de Jodie Foster. Ella sufrió como pocas la presión de la prensa amarillista para salir del armario. Estoy totalmente en contra del outing, de esa presión porque uno salga del armario; cada uno debe ser libre de vivir dentro o fuera del armario, o como quiera. Partiendo de la base de que la expresión salir del armario me parece feísima. El discurso que Jodie Foster dio al recibir el premio Cecil B. DeMille es representativo. Decía: «Es que yo no tengo que salir del armario, porque nunca he estado dentro». Esa naturalidad maravillosa es la que yo echo en falta en muchos discursos sociales, culturales y políticos. Ahora, más que nunca lo personal es político. No queda más remedio de que lo sea.
-«Ver a una mujer», de Annmarie Schwarzenbach, es uno de los relatos que nos descubres, al igual que «Oculto sendero», de Elena Fortún. ¿Qué referentes literarios y cinematográficos han sido para ti definitivos?
-Todas esas mujeres a las que empiezo a descubrir a esta persona maravillosa que, como te decía, aparece en mi vida. Son mujeres valientes, indómitas, mujeres que vivieron una vida total y absolutamente libre. Desde Annmarie Schwarzenbach, escritora de origen suizo íntima amiga de los hijos de Thomas Mann, que incluso estuvo viajando por España. Fue una viajera, una pensadora, una gran mujer. En España, su obra la ha publicado la editorial Minúscula, una editorial exquisita, que tiene títulos como Muerte en Persia. Pero, sin duda, el que a mí más me conmovió fue Ver a una mujer, un librito muy corto en el que describe lo que siente ella al ver a una mujer en una estación de esquí. Esa capacidad para describir cómo se siente... yo me veo reflejada en ella. Empiezo a darme cuenta de que puedo sentirme así. Otro referente es Mary Oliver, una escritora estadounidense que falleció hace relativamente poco a la que la editorial Errata Naturae está recuperando en los últimos años. Hay dos libros maravillosos que ha recuperado Errata Naturae, que son La escritura indómita y Horas de invierno. Mary Oliver fue una mujer que vivió siempre de manera libre. Compartió durante 40 años su vida con el amor de su vida, que fue una fotógrafa. Ella procedía de una infancia muy dura, de abusos, y logró construirse junto a Molly Malone Cook. Por supuesto, Susan Sontag, qué maravilla de mujer... inclasificable, que no se dejó atrapar por ninguna etiqueta, que no dejaba que la redujeran ni la constriñeran.
«Mi deseo de escribir está conectado con mi homosexualidad [...] Ser queer me hace sentir más vulnerable», dijo Sontag y recuerda Inés Martín Rodrigo en este cuarto propio que ha construido en un libro, un cuarto propio habitado por muchos otros cuartos propios hechos con piedra, papel y las palabras justas.