Rusia tacha de «provocación» el envío de bombas de racimo de EE.UU. a Kiev
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España, Canadá y el Reino Unido se han sumado al rechazo a la medida
09 jul 2023 . Actualizado a las 09:54 h.Solo unas horas ha tardado Rusia en responder a la controvertida decisión del Gobierno de Joe Biden de suministrar bombas de racimo a Ucrania. Lo hizo a través de su embajador en Estados Unidos, Anatoli Antonov, que elevó la tensión entre ambas potencias al acusar a Washington de adoptar una medida que «acerca a la humanidad a una guerra mundial».
La advertencia no es nueva, pero el Kremlin sabe de la polémica generada por el envío de este arma prohibida por más de un centenar de países, y la aprovecha para aumentar ese malestar. El suministro de bombas de racimo —que formarán parte de un nuevo paquete de ayuda militar de EE.UU. a Ucrania valorado en 800 millones de dólares, unos 734 al cambio en euros— no ha sentado bien en la comunidad internacional y ya son varios los Estados que han evidenciado sus recelos.
Tras Alemania, este sábado España, Canadá y el Reino Unido se pronunciaron contra su uso, aunque han evitado cargar contra el Ejecutivo norteamericano que, curiosamente, comunicó que había acabado de destruir por completo su arsenal de armamento químico. «Determinadas armas y bombas no se pueden entregar en ningún caso», señaló la ministra de Defensa española, Margarita Robles.
Washington «ha ignorado las opiniones negativas de sus aliados sobre los peligros de su uso indiscriminado», comentó Antonov, que equiparó esa actitud con «la vista gorda ante las bajas civiles». Biden reconoció el viernes que el envío de esta arma —de enorme capacidad de destrucción contra posiciones militares pero también contra la población civil— había sido una «difícil» decisión.
«Es un gesto de desesperación», aseguró el embajador del Kremlin en EE UU. «Está tan obsesionado con la idea de derrotar a Rusia que no se da cuenta de la gravedad de sus acciones», siguió sobre un movimiento que consideró otra «provocación» hacia Moscú. Aunque esta, matizó Antonov, se encuentra «realmente fuera de escala».
No se sabe en qué cantidad llegarán las bombas de racimo a Ucrania —se habla de cientos de miles— ni cuándo, pero el anuncio de su envío se ha hecho en plena contraofensiva y con Kiev, según dijo Biden, «quedándose sin munición». Lo cierto es que esta arma —que contiene en su interior peligrosas submuniciones capaces de colarse por la rendija más mínima y estallar incluso años después de su lanzamiento— ya se utilizan en esta guerra y, además, por parte de ambos bandos.
Convención internacional
Ni Ucrania, ni Rusia, ni Estados Unidos se han unido a la Convención contra las Municiones de Racimo celebrada en Oslo en el 2008, que respalda más de un centenar de naciones como España, Francia, los Países Bajos, Italia, Australia o Sudáfrica en contra de su uso, desarrollo, producción, adquisición, almacenamiento y transferencia y que recogen las Naciones Unidas. Con su suministro, aseguró Maria Zajarova, portavoz de Exteriores de Rusia, EE.UU. «compartirá plenamente la responsabilidad de las muertes causadas por las explosiones, incluidas las de niños rusos y ucranianos». Se trata de «un intento cínico de prolongar la agonía de las actuales autoridades» de Kiev, dijo.
La decisión del Ejecutivo estadounidense ha suscitado un reguero de reacciones también entre los aliados, aunque mucho más comedidas. Ninguno ha querido señalar a Biden. El primer ministro británico, Rishi Sunak, declaró: «Seguiremos poniendo de nuestra parte para apoyar a Ucrania contra la invasión». Y a renglón seguido recordó que su país firmó el tratado internacional que prohíbe estas armas.
Quinientos días de guerra sin visos de final próximo
r. m. m.
La guerra de Ucrania alcanzó este sábado los quinientos días desde que el presidente ruso, Vladimir Putin, inició su invasión el 24 de febrero del 2022. Pese a que el conflicto está prácticamente estancado y sus consecuencias en vidas humanas y destrucción son ya enormes, no se vislumbra ni siquiera una tregua. Parece evidente que Putin no esperaba que su llamada «operación militar especial» para «desnazificar y desmilitarizar» Ucrania iba a durar tanto, causar tantas bajas en sus propias filas y acarrear un rosario de sanciones contra la economía de su país. La anexión de Crimea y su relativa victoria en el Dombás, en el 2014, que obligó a Kiev a plegarse a los lacerantes acuerdos de Minsk, propiciados por la entonces canciller alemana, Angela Merkel, allanaron al líder ruso su permanencia en el Kremlin tras las elecciones del 2018.
El cálculo del mandatario, según creen muchos analistas, era probablemente obtener de cara a los comicios presidenciales del 2024 otra gran victoria sometiendo a Ucrania a base de instalar en Kiev un régimen marioneta. Pero el Kremlin se topó con una resistencia numantina de los ucranianos, con un Ejército propio no suficientemente preparado para una operación de tal envergadura y con los países de Occidente dispuestos, si no a cortar por lo sano las veleidades de Putin, a ponerles freno.
Las primeras debilidades e insuficiencias de Moscú se pusieron de manifiesto casi nada más empezar, tras un mes sin conseguir tomar Kiev. El 25 de marzo del 2022, el Ministerio de Defensa ruso anunció que replegaba sus tropas del entorno de la capital para centrar los esfuerzos en «lograr la liberación del Dombás». El Ejército del Kremlin logró en los primeros días de la contienda poner bajo su control casi toda la región de Jersón, el sur de la de Zaporiyia y ganar terreno en Donetsk y Lugansk. Después Ucrania perdería Mariúpol en una de las batallas más brutales y sangrientas y también localidades como Sieverodonetsk, Lisichansk, Soledar y, el 20 de mayo, Bajmut en el choque más prolongado y letal. Pero Rusia también tuvo que ceder terreno en la región de Járkov y replegarse de la ciudad de Jersón. Sigue, además, sin lograr la captura total de la provincia de Donetsk, donde quedan urbes importantes, como Sloviansk y Kramatorsk, en manos de Kiev.
Actualmente está en curso la contraofensiva ucraniana, sin perspectiva de una negociación tras la decisión de Moscú de anexionarse el año pasado Jersón, Zaporiyia, Donetsk y Lugansk.