Los comerciantes de Jerusalén temen no poder alimentar a sus familias, ante la falta de ingresos en una ciudad vacía de visitantes
26 oct 2023 . Actualizado a las 05:00 h.«Se puede escuchar a la ciudad llorar». Moftu lleva cinco años viviendo en Israel desde que abandonó su Kenia natal. Es de los pocos turistas que pasea por las vetustas calles de Jerusalén, dominadas por el absoluto silencio y la creciente pobreza de sus habitantes. No es la primera vez que la visita, pero es la más triste: «Antes, podías pasear y hablar con todo el mundo. Ahora parece una ciudad ensombrecida. Ha pasado de ser la ciudad santa a la ciudad de la penuria», argumenta.
La visión de Moftu es general. La Ciudad Vieja vive horas bajas después de que el año pasado el país recibiera a 2,6 millones de personas, según el Ministerio de Turismo israelí. Con el ataque de Hamás, el bullicio del turismo, los comercios y los peregrinajes han prácticamente desaparecido. Judíos, cristianos, musulmanes y drusos luchan por poder dar de comer a sus hijos ante la incógnita de cuándo comenzará la operación terrestre de Netanyahu sobre la Franja de Gaza y cuánto durará.
«Aquí hay diferencias. Los tenderos más cercanos a la puerta de Jaffa, que da entrada a la Ciudad Vieja, ya tienen los comercios pagados, pero los que estamos más dentro de los barrios cristiano y musulmán pagamos alquiler, y lo hacemos por 1.200 dólares al mes (unos 1.130 euros). Antes trabajábamos para comer, ahora tenemos que pedir», dice Abdalá en su tienda de telas cerca de la iglesia del Santo Sepulcro. «Esta guerra es mala para todos. Los inocentes morirán y nosotros no tendremos cómo alimentar a nuestras familias», asegura.
Cualquier transeúnte que se planta en la zona es un saco de oro andante para los vendedores, pero los precios son disparatados. Los timos también están a la orden del día. «Un rosario de olivo cuesta 750 séqueles (unos 175 euros), pero si quieres te regalo otro», comenta uno de ellos. El barrio árabe vive la misma situación, aunque sus comerciantes también venden alimentos y ropa, además de artículos religiosos, tradicionales o instrumentos.
Los guías y las minorías se llevan la peor parte. Un armenio cristiano que trabajaba como guía intenta ahora sobrevivir como puede. «Vengo desde Belén todos los días para ver si me encuentro a alguien a quien pueda enseñar la ciudad. Tengo que llevar a mi hija al dentista y no puedo pagarlo», comenta, compungido.
Vacío espiritual
Con la guerra no solo parece que se haya ido la economía y la paz, sino también la espiritualidad. En la iglesia del Santo Sepulcro solo hay cuatro feligreses apostados frente al montículo del Calvario o Gólgota, el lugar donde la tradición sitúa la crucifixión de Jesús, pero ni rastro en la losa de la entrada donde lo embalsamaron y ni tan siquiera donde le dieron entierro. «Los cristianos pueden ir a otras iglesias más cercanas, pero nos importa más que llegue la paz a que lleguen peregrinos», comenta uno de los guardas del templo.
La Vía Dolorosa, la iglesia de la Visitación, la del Sepulcro de la Virgen…, todas vacías. Incluso bajando hacia el Muro de las Lamentaciones, las expectativas religiosas no mejoran. La explanada donde se ubica el muro que sostuvo el templo judío destruido por Tito apenas tiene afluencia. Los tours guiados no se han detenido, pero son pequeños grupos. «Todo el mundo tiene miedo y sigue en sus casas, nadie quiere dar un primer paso torpe que pueda empeorar la situación», comentaba el rabino Moshé cuando acudía al rezo.
Accesos controlados
La Explanada de las Mezquitas se ha sometido a un régimen muy controlado. Tan solo los musulmanes mayores de 50 años, mujeres del mismo credo y curiosos —de haberlos— pueden acceder a ella, pero los demás tienen el acceso restringido. Un guardia, al ser preguntado por las restricciones, responde: «¿Eres musulmán? ¿No? Entonces, bienvenido». Estas palabras también denotan que Israel no está especialmente preocupado en si se vulnera en el futuro el statu quo del tercer lugar más importante del islam. Ahora las prioridades son otras.
La mezquita de Al Aqsa es el epicentro de muchos choques entre la policía israelí y la población árabe musulmana que habita en Jerusalén, y los nervios están a flor de piel. Las ventanas de los domicilios también están cerradas, la vigilancia policial se ha extremado en los aledaños de la zona este y las inmediaciones del Muro. La ciudad, recogida sobre sí misma, es la que apena tanto a Moftu. Una ciudad que antes estaba llena de vida ha sido secuestrada por la pena y la desesperanza. Y lo pagan todas las razas y todos los credos.