Juan Ignacio Pérez, catedrático de Fisiología: «Nuestros antepasados tenían sexo porque les gustaba, no por tener descendencia»

ACTUALIDAD

Iñaki Aldaz, SINC

¿Sabías que la colonización de las ladillas en la zona púbica hace tres millones de años permitió saber que entonces ya habíamos perdido el pelo corporal?, ¿o que nuestro cerebro es mucho mayor que el de un «Australopithecus»? Te desvelamos cómo éramos en la caverna

15 ene 2024 . Actualizado a las 17:21 h.

Juan Ignacio Pérez Iglesias nos propone un viaje, a través de su libro Primates al este del edén, por la historia de nuestra propia evolución. Cómo nos hemos convertido en lo que somos ahora y si había muchas diferencias físicas con el homínido de hace millones de años. Algunas de las cosas por las que descubrimos aspectos de nuestra evolución son sorprendentes, y aunque anecdóticas, no nos dejan de llamar la atención. Por ejemplo, cómo apareció el color de la piel, cuándo hemos perdido el pelo corporal y el tamaño del cerebro de entonces.

—¿Está relacionado el color de la piel con la pérdida del pelo en el cuerpo?

—Sí, se supone que cuando pasan a ocupar un medio en el que hay mucha menos zona arbolada, y también porque necesitan refrigerarse mediante el sudor, pierden el pelaje corporal. Es uno de los rasgos humanos más característicos si nos comparamos con los chimpancés, que son nuestros primos. Ellos no necesitan refrigerarse como nosotros. Entonces, ahí se produjo gradualmente la pérdida del pelaje y esto expuso una superficie del cuerpo muy grande a la acción del sol. Entonces, una forma de proteger la piel es acumulando una sustancia, que es la melanina, que nos protege de los efectos del sol. Esto es muy especulativo todo, pero se argumenta a partir de la información que tenemos sobre cómo funcionamos nosotros, cómo funcionan los chimpancés y los problemas que hay si no se regula la temperatura corporal o si se producen daños en la piel por culpa del sol.

—¿Esa es la razón por la que en las zonas más cálidas el color de la piel es más oscura?

—Es en las zonas en las que el sol incide más, porque realmente no es solo un problema de temperatura, también es un problema del ángulo de incidencia del sol y de la altura a la que se vive. La gente que vive en lugares muy altos también tiene menos atmósfera encima y a su piel llega más intensidad lumínica. Por eso, en lugares muy altos también es relativamente normal, sobre todo, en zonas con mucha incidencia solar, que la piel sea más oscura.

—¿En qué época se data la pérdida del pelo corporal?

—Eso está sometido a debate, pero se puede decir que, probablemente, se produjo gradualmente y que empezó quizás hace cuatro millones de años. No sabríamos decir exactamente cuándo terminó y cuándo ya éramos primates desnudos, pero es posible que fuera hace un millón y medio de años. Para evaluar esto se ha estudiado la historia de los piojos y las ladillas.

—¿Cómo?

—Se puede saber más o menos cuándo se separaron unos de otros por el análisis genético y no tenemos los mismos piojos y ladillas que tienen los chimpancés y los gorilas. Y a partir de la información de qué parásito hay en cada uno de estos, más o menos, se puede llegar a una conclusión acerca de cuándo se produjo la pérdida del pelo corporal. Pero, como ya te digo, todo esto es muy especulativo porque, lógicamente, no podemos ir para atrás.

—¿Pero en qué sentido se puede establecer esta horquilla temporal a raíz de la presencia de estos parásitos?

—Los piojos son una especie que ya se llaman Pediculus humanus, para que no haya duda, y son los que todavía se encuentran en las cabezas, sobre todo, de los críos. Las ladillas son otra especie diferente, Pthirus pubis, y está en el vello púbico. El Pediculus humanus lo heredamos del antepasado que tenemos con los chimpancés. Por eso, lo tenemos, al menos, desde que formamos el mismo linaje con estos primates. Divergimos de ellos hace seis millones de años. El dato clave es que las ladillas, probablemente, las empezamos a tener hace tres millones de años y las compartimos con los gorilas. Es sorprendente porque nuestro parentesco con los gorilas es mucho más lejano que con los chimpancés. Lo que se supone es que hace unos tres millones de años ya teníamos bastante menos pelo o bastante poco. Así se entiende que en el pubis no quedasen piojos, que se establecieron en la cabeza, y que esa zona la colonizaron las ladillas. Es como si estuviéramos hablando de una especie que coloniza un medio ambiente determinado. Y el pelo es un ambiente para piojos y ladillas.

—¿Y por qué nos colonizaron las ladillas?

—Parece ser que el contagio por ladillas fue hace tres millones de años y, probablemente, tiene que ver con el hecho de que nuestros antepasados consumieran carne de gorila o utilizasen camas que hubieran utilizado los gorilas. Esto es lo más probable. Y las ladillas encontraron que en el pubis no tenían que competir con una especie que ya estuviera allí, y eso habría ocurrido porque los piojos se fueron quedando en la cabeza. Al quedarse el resto del cuerpo sin pelo, pues desaparecieron de allí. Es la explicación más lógica y la que tiene mayor consenso.

—¿Piojos y ladillas nunca convivieron juntos en el mismo hábitat? Es decir, cuando todavía había pelo corporal...

—Que nosotros sepamos, no. No hay ladillas donde hay piojos. Cada una de las especies está adaptada a un entorno diferente. Y de ahí se deduce lo anterior.

—En el libro tratas también la evolución del cerebro, ¿eso quiere decir que el homínido del que procedemos tenía la cabeza más pequeña que nosotros?

—Mucho más pequeña. Nuestros antepasados, que eran del género Australopithecus, tenían la cabeza del tamaño de un chimpancé. En los últimos tres o cuatro millones de años ha aumentado muchísimo el tamaño del encéfalo.

—¿Por qué se ha producido este cambio?

—Tenemos que hablar de dos cosas distintas. Una es que el cerebro es un órgano muy caro de mantener. Entonces, para que creciera el encéfalo, teníamos que tener mucha energía, es decir, alimento. Y esto tiene que ver, seguramente, con el momento en el que empezamos a cazar o a consumir carne, aunque fuera carroña. Y, por otro lado, es muy probable que la razón por la que el encéfalo creció mucho es porque tenemos una vida social muy compleja. El tener un encéfalo grande nos da más capacidad cognitiva porque tenemos más neuronas y más conexiones entre ellas. Y esto nos facilita mantener esas relaciones sociales más complejas. Hay un estudio que relaciona el tamaño de la corteza cerebral, que es la parte por así decirlo del encéfalo, con el tamaño del grupo social que tienen las especies.

—¿Cuantas más relaciones sociales, mayor corteza cerebral?

—Dentro de los homínidos, la especie humana es la que se relaciona con un mayor número de personas, y eso está relacionado con ese mayor grosor de la corteza cerebral. Los primates que se relacionan con grupos más pequeños tienen la corteza más delgada. Así que, seguramente, el aumento de la corteza cerebral tuvo que ver con eso. Pero también con la ventaja que da tener más capacidad cognitiva para buscarse la vida, conseguir alimento, defenderse de ataques de depredadores, etcétera... Al final, tener más capacidad cognitiva es una ventaja para muchas cosas.

—¿Y se puede saber si nuestro cerebro seguirá creciendo?

— Cualquier predicción que se haga sería errónea con toda seguridad. Pero, por otro lado, en los últimos cien mil años el tamaño del encéfalo ha disminuido.

—¿Y eso a qué se debe?

—Pues no está claro, pero si tenemos en cuenta que es un órgano muy caro de mantener, porque necesita mucha energía, a lo mejor es que hemos ganado en eficiencia en el uso de las neuronas. Lo que es cierto es que hemos perdido tamaño del encéfalo.

—También hablas de la reproducción, ¿nuestros antepasados podían mantener sexo por placer o era una función exclusivamente reproductiva?

—La razón por la que la práctica del sexo produce placer es porque es una forma de que lo practiquemos. En una población natural es esencial reproducirse, porque si no desaparece. Y para eso era muy importante que las relaciones sexuales produjeran placer. Esto no quiere decir que cuando una pareja de nuestros antepasados tenía relaciones sexuales, lo hiciera para tener descendencia. Lo más probable es que ni siquiera supiera que de esa forma iba a tener descendencia. Es algo que no se ha sabido hasta hace relativamente poco. De manera que lo hacían porque les gustaba. Fíjate, hay una especie de chimpancés con la que estamos emparentados, los bonobos, que tienen una actividad sexual intensísima. No diré que desenfrenada, pero muy intensa. Y, desde luego, las relaciones sexuales les gustan mucho, se lo pasan muy bien y es una manera de aliviar tensiones sociales.

—¿Crees que el ser humano de antes tenía una actividad parecida a la de los bonobos?

—Yo creo que tendríamos una actividad sexual parecida a la de los chimpancés normales, que también practican sexo por placer. Compartimos un antepasado y, en términos evolutivos, no son tantos años. Hay un dato que es muy relevante y es la cantidad de terminaciones nerviosas que tenemos, hombres y mujeres, en los órganos sexuales. Eso no surge de un día para otro. Y, lógicamente, quiere decir que la obtención del placer ha sido un elemento fundamental en nuestro linaje durante millones de años.