¿Puede todavía renunciar Joe Biden?

Miguel Murado
Miguel-Anxo Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

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Joe Biden, en el debate
Joe Biden, en el debate Marco Bello | REUTERS

28 jun 2024 . Actualizado a las 17:14 h.

Suele decirse que los debates televisados tienen poca influencia en las campañas electorales y seguramente sea cierto. Sin embargo, el debate de la noche del jueves entre los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos podría convertirse en la más clamorosa de las excepciones si provoca, como creen algunos, la sustitución de Joe Biden por otro candidato demócrata. No hace falta insistir en lo catastrófico de su intervención. Lejos de despejar las dudas sobre la conveniencia de volver a ser presidente, las ha suscitado respecto a la conveniencia de seguir siéndolo incluso ahora. Por primera vez se escucha a cuadros medios del partido hablar abiertamente de la posibilidad de reemplazarle por otro candidato antes de que sea demasiado tarde. Pero, ¿es ya demasiado tarde?

Técnicamente, no. Biden podría anunciar su retirada y esto convertiría la convención demócrata de agosto en un congreso abierto en el que se podría nominar a otro candidato. Pero la cosa no es tan sencilla. Para empezar, Biden tiene que estar de acuerdo. Si se niega, no hay ningún mecanismo para hacerle renunciar. Incluso si él acepta, las reglas del partido solo lo permiten en caso de «muerte o incapacidad». Lo que quiere decir que, excluida la primera opción, un hombre notoriamente tozudo y orgulloso como Biden tendría que reconocer su incapacidad física o mental para ser presidente, no solo candidato. Esto convertiría en presidenta a Kamala Harris, la cual, estratosféricamente impopular, seguramente presionaría al partido para que la nominase. El resultado podría ser peor que con Biden. Lo que enlaza con otro peligro: una posible «guerra civil» dentro del partido, que no dispone de reglas precisas acerca de cómo proceder en una situación así. Ni siquiera existen ya figuras de prestigio que puedan tutelar el proceso, que podría convertirse en un caos y acabar en litigios en los tribunales. Pero quizás el mayor obstáculo sea, simplemente, la inercia. Las razones para sustituir a Biden están ahí desde hace meses. Si no se ha hecho hasta ahora es, en gran parte, porque la campaña de un político, muy especialmente en Estados Unidos, es una empresa. Quienes trabajan en ella saben que otro candidato traería a su propio equipo y muchos perderían su trabajo. Es una maquinaria que ya está en marcha, engrasada con fondos a nombre de Biden. Frenarla en seco es tan difícil que hay que considerarlo improbable.

En todo caso, tendríamos que saberlo pronto. Lo peor que podría hacer Biden es esperar a la convención de agosto para renunciar. Si finalmente se decide, debería comunicarlo en pocos días, para dar tiempo al partido a preparar la transición, quizás elaborando nuevas reglas para evitar fricciones. Incluso si todo saliese bien y un candidato lograse el apoyo del partido sin resquebrajarlo quedaría la tarea de hacerlo conocido, algo esencial en un sistema presidencialista, y confiar en que se le quite a tiempo la cara de plan B. Por eso la maniobra es improbable, porque la inercia suele imponerse a la esperanza, sobre todo cuando la esperanza es poca.