Las farmacias, en la uci: «¡Mira qué desastre! No queda aquí ni una aspirina»
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Leandro va de botica en botica tratando de arreglar las puertas arrasadas por las riadas en los pueblos de la zona cero
07 nov 2024 . Actualizado a las 05:00 h.Quinientos metros puede ser una distancia corta. O larga. Eterna. Dos horas tardó en recorrerlos ayer por la mañana Leandro cuando iba de camino a Almusafes. Después de haber estado de aquí para allá desde las seis de la mañana, ese pueblo era la parada previa antes de atender la llamada desesperada del boticario de la farmacia Masiá, en pleno centro de Paiporta, un establecimiento que lleva paralizado más de una semana. Porque la dana dejó el local sin escaparates, con una puerta automática en la uci, otra que será complicado reparar, y dos coches arrastrados por la corriente que se llevó hasta el mostrador. «¡Mira qué desastre! No queda aquí ni una aspirina», comenta Leandro.
Pero el agua también abofeteó el corazón de los dueños de este servicio público porque, como explica Savanna, la mujer del boticario, «hubo muchos que aprovecharon para entrar a robar. Y hubo quien nos dijo que había visto a clientes que también se llevaron cosas». No lo entiende. No comprende que «haya quien pueda aprovechar una catástrofe como esta para llevarse cosas».
Porque la presencia policial en Valencia capital, Chirivella, Aldaya, Torrente, Alacuás, Alzira y Algemesí... no ha podido frenar los saqueos. No solo en farmacias. También en otros locales comerciales y en supermercados. Los datos oficiales hablan de que la Policía Nacional y la Guardia Civil han detenido a 175 personas, de las que treinta han ingresado en la cárcel.
Savanna parece serena. Pero está nerviosa. Muy desolada. «Dime qué necesitas», la calma Leandro, mientras revisa cómo han quedado las puertas y se adentra con una linterna en el almacén, donde todavía se ven las huellas del agua: «Ha habido muchos saqueos. Pero las farmacias son uno de los establecimientos donde se han cebado. Cómo alguien puede aprovechar este desastre para entrar a robar», cuenta Leandro. Lo sabe porque él y sus compañeros de Key Doors no han parado de responder llamadas de boticarios pidiendo ayuda. Algunos para que les trate de reparar lo que queda de los cierres. Otros para que les prepare presupuestos para unas puertas nuevas que poder entregar al seguro. O también los que solo quieren que les abra la verja para poder entrar.
Leandro revisa la mecánica. Mueve la cabeza y desliza un «puff...». Es tanto el trabajo que le queda por delante que tiene que marcar un orden. Pero las farmacias, para él, son una prioridad: «La gente necesita medicinas, es necesidad».
Tanto que la Dirección General de Farmacia le ha expedido un condominio «para poder circular por las carreteras que están cortadas al tráfico normal. Es que es fundamental abrirles las persianas, muchas están atascadas y no se puede entrar». El salvoconducto funciona, pero todavía hay tantas calles ahogadas por los escombros, envueltas en barro y estranguladas por los juncos del barranco, que hay veces en las que Leandro tiene que echarse a andar con la mochila a cuestas: «Ahí llevo una radial, un destornillador eléctrico, tres baterías...», dice. Y aunque tiene dos hernias discales, la carga al hombro y recorre las calles por las que no se puede transitar para poder llegar hasta la casa de los que lo han llamado.
Porque entre farmacia y farmacia, intercala los servicios en casas particulares y cuando ve una persiana o la puerta de un garaje que puede suponer un peligro se para a ayudar: «¡Mira esa puerta!, ¿Ves que está pendida de un único cable? En cualquier momento eso cae», dice al pasar frente a un garaje en el que una mujer mayor arrastra barro con un escobón.
Y así, caminando, se va abriendo paso por las calles llenas de barro, camiones de la UME que vienen y van, furgonetas de voluntarios, personas que hacen cola para recoger comida, soldados que retiran basura de garaje en garaje... Y llega a casa de Rosa, en una zona de chalés adosados que miran a los campos que forman la huerta. «A ver si me puedes arreglar la cerradura. No puedo salir de casa porque no puedo cerrar», dice esta mujer que vio cómo en segundos el agua inundaba los bajos de su hogar. Se refugió en la buhardilla. Y desde esa atalaya vio la furia del agua que se metió hasta en las cerraduras. La huella del desastre tardará tiempo en pasar.