El hombre que revolucionó la cirugía plástica durante la Gran Guerra

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El cirujano Harold Gillies (segundo por la izquierda) posa en una sala de operaciones en 1924 con su equipo y un paciente, probablemente un marino danés herido en la explosión del Geysir.
El cirujano Harold Gillies (segundo por la izquierda) posa en una sala de operaciones en 1924 con su equipo y un paciente, probablemente un marino danés herido en la explosión del Geysir. .

Lindsey Fitzharris cuenta la historia de Gillies en «El reconstructor de caras»

04 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

«La guerra y todos sus horrores todavía eran inimaginables aquella tarde en la que Harold Delf Gillies y su esposa paseaban por Convent Garden». Así comienza la estadounidense Lindsey Fitzharris (1982) El reconstructor de caras, su particular relato sobre el doctor Gillies, un pionero en la cirugía plástica moderna que cambiaría el transcurso de esta rama con sus innovadoras técnicas y una visión multidisciplinar empleadas durante la Primera Guerra Mundial.

Aunque pueda parecer una novela, los hechos que Fitzharris recoge en su libro son verídicos. Prueba de ello son las numerosas notas al pie de página que remiten a las fuentes utilizadas por esta escritora y periodista. En las cerca de 300 páginas de la versión española, editada por Capitán Swing (2024), la norteamericana advierte de que esto no se trata ni de una biografía ni de un relato pormenorizado de la Gran Guerra y la cirugía plástica. Esta es la historia de un hombre que se atrevió a tratar a personas cuyas caras habían sido desfiguradas y mutiladas, brindándoles una segunda oportunidad.

Fitzharris, quien además es historiadora médica con un doctorado por la Universidad de Oxford y presentadora de The Curious Life and Death of… en el Smithsonian Channel, señala que «un reto para cualquier escritor de no ficción es no abrumar al lector con demasiados detalles, algo fácil en lo que caer al tratar los eventos que tuvieron lugar entre 1914 y 1918». Por eso, cuenta, tomó la decisión de mostrar en su libro «los casos que mejor ilustraban los retos que Gillies y su equipo tuvieron que afrontar y las historias de hombres que habían escrito sobre sus propias experiencias, ya que quería asegurarme de que podía usar sus propias palabras».

El resultado es un viaje a la Europa de la Primera Guerra Mundial, pero no siempre al campo de batalla. Lugares como Aldershot, donde se encontraba el Cambridge Military Hospital en el que Gillies operaba, también son escenarios clave de esta historia.

Aunque el término cirugía plástica se acuñó en 1798, los avances de Gillies dieron una nueva dimensión a esta disciplina. Antes, explica Fitzharris, el material utilizado acostumbraba a ser tejido blando o piel de una persona, así que las intervenciones se limitaban a áreas pequeñas como la nariz o las orejas.

La artista Anna Coleman Ladd moldea una máscara para un soldado que ha sufrido una herida facial.
La artista Anna Coleman Ladd moldea una máscara para un soldado que ha sufrido una herida facial. .

Con la guerra civil estadounidense, la necesidad de reconstruir caras fue más apremiante. De todas formas, no fue hasta la Primera Guerra Mundial, con cientos de miles de soldados mutilados, quemados y gaseados, cuando esta especialidad dio un gran paso adelante. El elevado número de pacientes fue lo que permitió testar estos avances «a una escala masiva».

La ciencia de la destrucción

La evolución de las armas fue la causa del aumento de las lesiones faciales. Fitzharris cita a una enfermera para ilustrar lo que significó entonces: «La ciencia de la salud quedó desconcertada ante la ciencia de la destrucción». Por eso, la medicina se vio obligada a avanzar a pasos agigantados. Y no lo hizo sola. Otras disciplinas, como el arte, fueron aliadas inesperadas. Artistas como Anna Coleman creaban máscaras que servían posteriormente para fabricar piezas prostéticas de cobre galvanizado para los soldados que volvían del frente, muchos de los cuales no podían o no querían someterse a operaciones. «Sin su esfuerzo, muchos hombres habrían vivido aislados», recalca Fitzharris.

«Este era un momento en el que perder un miembro te convertía en un héroe y perder la cara, en un monstruo»

En El reconstructor de caras, se puede leer un fragmento que ejemplifica cómo se veía a los heridos: «En otras circunstancias, una alegre pandilla de soldados habría sido una imagen agradable pero, heridos como estaban, solo eran un descarnado recordatorio de la violencia que se libraba en el frente». Lindsey Fitzharris destaca el hecho de que estos hombres estaban obligados a sentarse en bancos pintados de azul si salían del recinto hospitalario. «De esta forma, el resto de personas sabrían que no debían mirarles a la cara», apunta.

En estos tiempos, recalca, «perder un miembro te convertía en un héroe y perder la cara, en un monstruo». Mientras que no tener una pierna generaba «simpatía y respeto», el hecho de tener la cara desfigurada generaba sentimientos de «repugnancia y asco». Así lo mostraban los periódicos de una época en la que la «desfiguración facial muy grave» fue una de las pocas lesiones que la British War Office consideraba merecedora de una pensión completa, junto con la pérdida de varios miembros, la parálisis total y la «locura», «o lo que hoy llamaríamos trastorno por estrés postraumático».

El brutal cambio, apunta la escritora, no era un shock solo para los soldados. Familiares y amigos también tenían que aceptar sus lesiones. En ocasiones, «las prometidas rompían sus compromisos y los niños huían al ver a sus padres». Fitzharris recuerda que, si bien la historia de Gillies es la columna que vertebra este relato, los soldados que sufrieron las desfiguraciones son su «corazón latiente». Por ese motivo, la escritora decidió incluir fotografías que, aun siendo muy explícitas, son la viva imagen de los horrores de la guerra. El motivo que le llevó a contar esta historia fue el explorar «qué significa ser humano y qué nos pasa cuando nos roban algo tan esencial como es la identidad».

«Es importante que no pongamos a estos hombres en un banco azul metafórico y que se vean sus caras y que sus historias se conozcan. Solo espero que este libro les haga justicia», concluye.