Irene Olivares es la mujer más alta de España: «Mido 1,95, y he sufrido un horror»

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Irene Olivares
Irene Olivares

A los 12 años dio el gran estirón y desde entonces sus medidas son de récord. Le viene de familia, pero ella ha superado a todos sus hermanos. «En clase siempre era la más alta, mucho más que el profesor», dice Irene que sueña con un mundo a medida

12 may 2025 . Actualizado a las 17:46 h.

Oficialmente Irene Olivares es la mujer más alta de España. Mide 1,95 y desde que tiene uso de razón siempre vio el mundo con otra perspectiva. Desde chiquitita se salía de la media, aunque ella dice que cuando cumplió los 12 fue justo el momento de dar el gran estirón: «En las fotos de clase que nos hacíamos como recuerdo del curso siempre era la más alta, mucho más que el profesor». A los 12, Irene ya tenía el 1,95 que mide ahora, y esa altura —explica esta mujer de 36 años— le viene también de familia, porque ya sus abuelos eran muy altos. Su madre mide 1,80 y sus padre roza los 2 metros, aunque ahora —matiza— «ya ha menguado un poquillo».

De los hermanos, Irene también es la más alta de los cuatro que son: «Mi hermana mide 1,82, y mis hermanos 1,94 y 1,92. Yo los supero a todos». Por dar datos que sumen más curiosidades, si cogemos una cinta métrica, las piernas de Irene llegan al 1,36, sus manos miden 21 centímetros y calza un 44 de pie.

«Aunque pueda parecer que hoy en día hay mucha más variedad, la moda, en cuestión de zapatos, ya te digo por experiencia que se reduce al blanco y al negro. Por eso he creado mi propia firma con mi nombre, Irene Olivares, en busca de deportivas más chulas que tengan una horma más femenina para quienes tengan una buena pisada», apunta Irene, que nació en Moguer, un pueblo de Huelva, del que tuvo que salir hace unos años por la presión que sentía. En la actualidad reside en Murcia y su vida ha girado lo suficiente como para que el sufrimiento que padeció de pequeña se haya esfumado, aunque ella no lo olvida. «Ahora me he hecho influencer y tiktoker con la intención de ayudar a todos aquellos que, por cualquier circunstancia, pero especialmente por la altura, estén padeciendo bullying». Irene lo recuerda con horror. «Cuando los niños ven algo diferente, te van a hacer daño, y antiguamente, el bullying no existía, el profesor lo máximo que te decía si te quejabas era: ‘No le eches cuentas’, pero a mí me escupían saliva, me tiraban piedras, no tenía amigas, y eso a una niña pequeña le hace mucho daño. Yo no tenía culpa de ser tan alta y lo único que quería era que me aceptasen y sentirme querida», apunta Irene, que no puede dejar de emocionarse al pensar en aquella época. «Me insultaban, me llamaban ‘‘momia”, y eso que yo era morena y hablaba por los codos, esa era la palabra que tengo grabada», recuerda.

«Tengo en la cabeza también a otro niño muy delgadito y muy nervioso —relata— que el pobrecito de lo mal que lo pasaba en clase le decía a la profe que se estaba haciendo pipí y ella, en lugar de entenderlo, le soltaba: ‘Pues te aguantas’. Y luego la criatura se meaba y aún encima la maestra lo ponía en el rincón porque se había hecho pis. Era un doble rechazo».

«Cuando fui creciendo —continúa Irene— en el instituto la cosa fue a peor y el acoso llegó a ser mucho más fuerte. Todos me rechazaban, no tenía amigas y me acuerdo de que comía el bocadillo encima del váter para que no se me vieran los pies. Si salía a la calle, los chavales me pegaban, y tampoco en casa es que lo entendiesen. Fue un tiempo muy complicado, muy duro. Yo sé que entonces no quería estar en el mundo y que me decía a mí misma: ‘Si me muero ahora, ¿quién va a ir a mi entierro?», cuenta con angustia.

Por eso ahora Irene está enfocada en ayudar a todo aquel que se sienta rechazado. Y eso que ella sigue padeciendo todo tipo de problemas físicos. «Es que nada está a mi medida —se ríe—. A mí me encanta la cocina, y me puedo echar cinco o seis horas cocinando, pero acabo muerta, con un dolor de espalda que ni te imaginas... Con las sillas es más de lo mismo. Cuando viajo en avión, en tren, o si voy al cine, tengo que ponerme en las escaleras de emergencia porque no hay manera de acomodarme». Irene, que vive de alquiler, sueña con tener algún día su propia casa y colocar todo a su medida, los estantes de la cocina, los marcos de las puertas, porque es de las que toca el techo con la mano sin ningún esfuerzo.

«MI NOVIO ES BAJITO»

¿Y a la hora de ligar, mirar por encima a todos te ha dado visión panorámica para elegir?, le pregunto. Y ella se ríe, porque sabe que jamás pasa desapercibida. Se le ve de lejos, lo quiera o no. «Ahora estoy enamoradísima, ¡con lo bajito que es él...!», se echa a reír. ¿Qué entiendes por bajito?, le digo. Y ella responde: «1,78». «Yo soy mucho más alta que mi novio, pero le gusto así, a él le encanta que tenga esta altura, siempre me lo dice, y a mí me gusta él. Yo no he buscado que fuese más alto ni más bajo, eso no me ha importado nunca, de hecho, solo puedo imaginarme a su lado, no he ido a por un perfil de hombre determinado ni nada por el estilo. Mi novio es lo mejor que me ha pasado en la vida, estoy muy enamorá», afirma Irene, que por fin se ha encontrado a sí misma después de años de trabajo interior.

«Hoy estoy muy contenta, no me cambiaría por nadie, y la altura no me preocupa en absoluto. Eso sí, en España ha sido un problema encontrar trabajo en el mundo de la moda, porque en pasarela todas las chicas son iguales, no quieren que haya diferencias de altura, y si te fijas bien, las modelos que desfilan todas son de 1,76 o 1,77. Cuando salen parecen un carrusel, todas igualitas», señala.

En la República Dominicana, sin embargo, Irene pudo desarrollarse profesionalmente, y allí posó como modelo fotográfica para grandes firmas comerciales e hizo también pasarela. Incluso hace unos años tomó la iniciativa de presentarse a un concurso y llegó a ser Miss Intercontinental España, uno de los certámenes de belleza más importantes de nuestro país.

Irene ahora está centrada en su trabajo en redes, donde son múltiples los vídeos en los que se la ve destacando su altura, incluso luciendo taconazos porque a día de hoy es todo confianza.

«Desde que salí de mi pueblo, a los 22 años, soy otra. Allí era imposible hacer una vida normal. Ponía un pie en la calle y ya oía a alguien que me decía: ‘Eres más larga que una meá’. Fue una época horrorosa que me destrozó por completo», confiesa echando la vista a un tiempo que quiere olvidar.

Con todo, ella tiene claro que si algún día tiene hijos, los prepararía de alguna manera para enfrentar esa genética que se impone en su familia. «Yo creo que lo primero que haría sería meterlos en artes marciales para que supieran defenderse por si alguien les intentase pegar o hacer daño», apunta sabiendo que lo más probable es que la gente los señalase.

«Es cierto que hoy hay mucha más sensibilidad, pero aun así, nunca sabes cómo pueden estar haciéndole daño a un niño. Yo, de chiquitilla, era incapaz de responder con una palabra. Mi madre me decía que, si se metían conmigo, les pegase una guantá, porque tenía cuerpo para eso y mucho más, pero jamás pude defenderme de los ataques constantes y de los desprecios de mis compañeros de colegio», concluye Irene que, a punto de cumplir los 37, no necesita ninguna aprobación: «Me apruebo yo sola».