Un equipo internacional ha analizado las interacciones entre especies para describir como los plantígrados han variado su hábitat en Europa
05 jun 2025 . Actualizado a las 08:35 h.Un estudio pionero, en el que ha participado el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), ha revelado que la distribución del oso pardo en Europa y Turquía está intrínsecamente ligada a la presencia de las especies que forman parte de su dieta. Esta investigación, publicada en la revista Global Change Biology, subraya la importancia de las interacciones entre especies para la conservación de los ecosistemas, un factor a menudo subestimado frente a los efectos directos del cambio global.
Hasta ahora, la mayoría de los estudios sobre cómo el cambio climático o los cambios en el uso del suelo afectan a las especies se habían centrado únicamente en factores directos como la temperatura o la lluvia, pero este trabajo ha puesto el foco en los efectos indirectos, analizando las complejas interacciones entre las especies.
Los investigadores han analizado una vasta cantidad de datos: más de tres millones de localizaciones de unos 3.000 osos de las 14 subpoblaciones europeas y turcas, que abarcan una gran diversidad de ambientes.
«Los osos mostraron una dieta muy variada. Detectamos 276 especies en su dieta», contextualiza Pablo M. Lucas, investigador de la Universidad de Sevilla y uno de los líderes del estudio. Los resultados mostraron una notable adaptabilidad dietética.
En lugares más cálidos, como las subpoblaciones de la Cordillera Cantábrica, Grecia o Turquía, los osos tienen una dieta más vegetariana. En zonas más frías como Escandinavia son más carnívoros. Esta plasticidad implica que el rol del oso en el ecosistema varía, oscilando entre el de un herbívoro y el de un depredador, dependiendo de su entorno y los recursos disponibles.
La energía del alimento también define el hábitat del oso. «Así hemos podido estudiar los efectos de las interacciones locales sobre una extensión continental. Observamos que el oso ocupa aquellos lugares donde más energía procedente de las especies de su dieta dispone», aclara Vincenzo Penteriani, investigador del MNCN-CSIC.
Un claro ejemplo se observa en la Cordillera Cantábrica, donde la presencia de robles y hayas (sus principales recursos alimenticios) aumenta la probabilidad de encontrar osos. Por el contrario, en otras subpoblaciones donde es más carnívoro, su presencia se explica mejor por la distribución de ungulados silvestres como jabalíes o ciervos.
Esta información es de vital importancia para predecir dónde vivirán las especies en el futuro y qué funciones cumplirán en los ecosistemas, especialmente en un contexto de cambio climático y transformación del uso del suelo.
«Los cambios en las distribuciones de las especies de las que se alimentan puede afectar a la posición del oso dentro de la cadena trófica y a la viabilidad de la especie a escala local», apunta Lucas. Este trabajo subraya la necesidad de conservar no solo a las especies individuales, sino también los ecosistemas completos donde viven y las complejas interacciones que los sustentan.
Los investigadores también señalan que otras especies, con características diferentes al oso pardo (dietas más especializadas, menor movilidad o requisitos ambientales muy específicos), podrían reaccionar de forma distinta a los cambios globales. Mejorar este conocimiento es fundamental para diseñar estrategias de conservación más efectivas y asegurar los servicios esenciales que la naturaleza nos brinda.
Este ambicioso estudio ha sido liderado por la Universidad de Sevilla, la Universidad La Sapienza de Roma y el Institute of Nature Conservation de Polonia, y ha contado con la colaboración de un equipo de 87 investigadores de 75 instituciones de 26 países, incluyendo destacadas instituciones españolas como el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) y la Estación Biológica de Doñana (EBD), ambos del CSIC.