La operación de bombardeo israelí sobre objetivos en Irán va a prolongarse, por lo que hasta que no finalice no conoceremos su verdadero alcance. El primer ministro Benjamin Netanyahu la ha querido vender ante sus compatriotas como la solución definitiva a la amenaza que para ellos representa el programa nuclear iraní, pero en realidad solo espera que lo entorpezca y lo retrase durante un tiempo. Desde luego, es el mayor ataque que ha sufrido Irán desde su guerra con Irak hace cuatro décadas, y la eliminación de varios científicos nucleares, junto con la de la cúpula militar, son golpes muy duros para Teherán; pero sus efectos no serán más que temporales. En términos más prácticos, la aviación israelí ha dañado la importante factoría de Natanz, que ya había atacado en otras ocasiones. No ha golpeado (al menos, de momento) la central nuclear de Bushehr (seguramente por el peligro de un escape radiactivo) ni las instalaciones clave de Fordow, que es donde se enriquece el uranio a un grado que permite su utilización militar. Y no lo ha hecho porque para eso necesitaría un tipo extraordinariamente sofisticado de bomba que pueda penetrar hasta el subsuelo de las montañas, donde se encuentran esas instalaciones secretas. Solo Estados Unidos dispone de ese tipo de bomba y hasta ahora no ha querido proporcionársela a Tel Aviv.
En lo político, quizás el aspecto más interesante de este ataque sea este de la relación entre Israel y Estados Unidos, que está cambiando sutilmente. Donald Trump tiene una actitud complicada y paradójica con respeto a Israel. Mientras que todos los presidentes anteriores estaban permanentemente dispuestos a ponerse del lado del aliado en cualquier circunstancia, también se esforzaban por controlar sus tendencias más agresivas y desestabilizadoras. Con Trump es al revés: lo que él ve con simpatía son, precisamente, esas tendencias agresivas, pero, fiel a su aislacionismo, no quiere comprometerse por completo. Hace poco, por ejemplo, le pareció bien cerrar un acuerdo con los hutíes del Yemen para que no atacasen barcos norteamericanos en el mar Rojo sin exigir que dejasen de lanzar misiles contra Israel. Para Netanyahu, esta actitud no es un problema, porque le deja las manos más libres que nunca antes. Esta es una de las razones por las que se ha atrevido a lanzar este ataque. Otra es que dentro de unos días iba a tener lugar una nueva ronda negociadora entre Washington y Teherán. Aunque la posibilidad de que hubiesen llegado a un acuerdo era casi nula, Netanyahu tenía razones para temer que Trump pudiese dar alguna garantía a Irán o, de repente, se entusiasmase con el papel de pacificador de Oriente Medio. Como Netanyahu ya sabe cómo manejar a Trump, se limitó a informarle del ataque para que no se sintiese humillado. La reacción ha sido la que Netanyahu esperaba: Trump no le amonesta como habrían hecho Bill Clinton o Joe Biden, tampoco no se compromete a ayudarle y probablemente se desentienda del asunto iraní durante un tiempo. Es lo que Israel siempre quiso de Washington: un aliado incuestionable, pero que no se entrometa; una amistad con derecho a roce.
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