Fiel a su estilo, la postura de Donald Trump respecto a la campaña de Israel contra Irán ha sido incoherente. Él era contrario a la operación, y trató de disuadir a los israelíes. Ahora la celebra casi más que ellos e incluso coquetea con la idea de unirse para rematar la faena. La cuestión es si realmente piensa hacerlo o si se trata de una de sus famosas tácticas negociadoras para meter presión a Irán. La respuesta es que lo lógico es empezar por suponer lo segundo. Trump ve arrinconados a los ayatolás, que se han dirigido a él para pedirle que medie una tregua, y pretendería aprovecharlo para apuntarse un éxito personal. Su oferta es que Irán desmantele su programa nuclear bajo la supervisión internacional y se conforme con enriquecer uranio fuera de sus fronteras, hasta un grado que nunca le permitiría fabricar armas. Es difícil que Irán acceda, pero no imposible. Los israelíes se han hecho dueños de buena parte del espacio aéreo iraní y pueden seguir destruyendo sus infraestructuras a voluntad. La capacidad de respuesta iraní ha sido mucho menor de lo esperado y cada día es más débil. La Guardia Revolucionaria, que sería el mayor obstáculo para una capitulación como esa, está descabezada y debilitada. Si Irán acepta el trato, Trump habrá triunfado donde fracasaron Obama y Biden. Si no acepta, nada le obliga a ejecutar una amenaza tan vaga como la que ha proferido; especialmente considerando que entre su electorado no hay ningún entusiasmo por una guerra en el extranjero.
Pero, como sucede tantas veces, la dinámica de los acontecimientos puede empujar las cosas en la otra dirección. Los israelíes se encuentran en una situación un tanto paradójica: las cosas les han salido mejor de lo que esperaban, por lo que ahora les sabe a poco. Solo pretendían retrasar unos años el programa nuclear iraní, que (según ellos) ya estaba a dos semanas de producir su primer artefacto atómico. Esto ya lo han logrado, vaciando de paso los almacenes de misiles con los que Irán les amenazaba. Lo único que necesitarían de los norteamericanos, en principio, sería su famosa «superbomba» GBU-57, que es la única que podría destruir la base subterránea clave en Fordow. Pero últimamente han surgido muchas dudas acerca de si ese explosivo sería suficiente, o incluso si la destrucción de Fordow acabaría para siempre con el programa nuclear iraní o simplemente lo retrasaría otros cuantos años más. De modo que en la cúpula militar y política israelí empieza a abrirse paso un objetivo más ambicioso: provocar el hundimiento del régimen.
De hecho, algunos de los ataques de los últimos días, como el llevado a cabo contra la televisión pública iraní, apuntan en esa dirección. Ayer mismo, el ministro de Defensa israelí lo decía de manera explícita. No era el plan original, y entraña todos los riesgos de la improvisación; pero si el Pentágono ve que los israelíes pueden tener éxito, podría surgir en la Casa Blanca la tentación, casi la necesidad estratégica, de sumarse a la operación para poder controlar mejor sus consecuencias.
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